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MAGG MYRANDA

El transporte público. La combi. Los pasajeros completos. Todos los asientos ocupados. Los cuatro asaltantes. Los tres hombres y la mujer que “aparentemente” no se conocen. la autopista México-Puebla. El arma. Las groserías. Los cuatro asaltantes de pie. Los gritos. El miedo. A ver tu brasier, puta. El manoseo. Mi teléfono. No te hagas pendejo, hijo de tu puta madre. Su teléfono. Los teléfonos. La chica que SE NIEGA. LAS GROSERÍAS. LAS AMENAZAS. LA CHICA QUE SE NIEGA. LAS GROSERÍAS. EL DISPARO AL AIRE. EL MIEDO. LAS AMENAZAS. LOS GOLPES. LA IMPOTENCIA. LAS GROSERÍAS. EL LLANTO. LA CHICA EN EL SUELO. EL MIEDO. LAS AMENAZAS. MÁTALA. EL LLANTO. SU TELÉFONO. SU BOLSA. LOS CUATRO ASALTANTES. EL PUENTE DONDE SE BAJAN. LA CHICA SENTADA. EL LLANTO. EL MIEDO. LA IMPOTENCIA. EL CORAJE. LA IMPOTENCIA. LA INSEGURIDAD. EL ESTADO DE MÉXICO. MÉXICO.

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MAGG MYRANDA

Esteban, el hijo menor de Laura, es el vivo retrato de su padre (el casi legendario conejo Archibaldo). Cuando viene de caza con nosotros es prácticamente imposible distinguirlo de los otros conejos, y es así como ha recibido, varias veces, peligrosas heridas. Ahora optamos por colocarle un par de cartones redondos, uno en el pecho y otro en la espalda. Estos cartones tienen dibujados varios círculos concéntricos de distintos colores, como los cartones que suelen utilizarse para la práctica del  tiro al blanco. De este modo confiamos en que la próxima vez no habremos de errar el tiro.

— Caza de Conejos. Mario Levrero, 1973. 
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MAGG MYRANDA

Bruno Latour


Cuando un grupo de científicos descubrieron que el faraón Ramsés II murió de tuberculosis, Latour se burló de esto, y se preguntó “¿Cómo pudo fallecer a causa de un bacilo que Robert Koch descubrió en 1882?”

La tuberculosis es producida por el bacillo de Koch, descubierto en 1882, y Ramsés murió en el año de 1213 antes de la era vulgar o cristiana.

Por mera lógica, lo único que se puede descubrir es algo que ya existía. Pero Latour es tan idiota que confunde el descubrimiento de algo, con la invención, y confunde el nombre de las cosas, con las cosas. Si Latour entrara a un bar y pidiera una cerveza, le daría lo mismo que le llevaran una, o que simplemente escribieran “cerveza” en un papel y se lo dieran.

La circulación de la sangre fue descubierta en el siglo XVI, por Harvey y Servet; según Latour, es probable que la sangre no circulara en nuestros cuerpos antes de esa fecha.

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La Mosca

MAGG MYRANDA

—Pues sí que está usted cómodo aquí —dijo el viejo señor Woodifield con su voz de flauta. Miraba desde el fondo del gran butacón de cuero verde, junto a la mesa de su amigo el jefe, como lo haría un bebé desde su cochecito. Su conversación había terminado; ya era hora de marchar. Pero no quería irse. Desde que se había retirado, desde su… Apoplejía, la mujer y las chicas lo tenían encerrado en casa todos los días de la semana excepto los martes. El martes lo vestían y lo cepillaban, y lo dejaban volver a la ciudad a pasar el día. Aunque, la verdad, la mujer y las hijas no podían imaginarse qué hacía allí. Suponían que incordiar a los amigos… Bueno, es posible. Sin embargo, nos aferramos a nuestros últimos placeres como se aferra el árbol a sus últimas hojas. De manera que ahí estaba el viejo Woodifield, fumándose un puro y observando casi con avidez al jefe, que se arrellanaba en su sillón, corpulento, rosado, cinco años mayor que él y todavía en plena forma, todavía llevando el timón. Daba gusto verlo.

Con melancolía, con admiración, la vieja voz añadió:


—Se está cómodo aquí, ¡palabra que sí!

—Sí, es bastante cómodo —asintió el jefe mientras pasaba las hojas del Financial Times con un abrecartas. De hecho estaba orgulloso de su despacho; le gustaba que se lo admiraran, sobre todo si el admirador era el viejo Woodifield. Le infundía un sentimiento de satisfacción sólida y profunda estar plantado ahí en medio, bien a la vista de aquella figura frágil, de aquel anciano envuelto en una bufanda.

—Lo he renovado hace poco —explicó, como lo había explicado durante las últimas, ¿cuántas?, semanas—. Alfombra nueva —y señaló la alfombra de un rojo vivo con un dibujo de grandes aros blancos—. Muebles nuevos —y apuntaba con la cabeza hacia la sólida estantería y la mesa con patas como de caramelo retorcido—. ¡Calefacción eléctrica! —con ademanes casi eufóricos indicó las cinco salchichas transparentes y anacaradas que tan suavemente refulgían en la placa inclinada de cobre.

Pero no señaló al viejo Woodifield la fotografía que había sobre la mesa. Era el retrato de un muchacho serio, vestido de uniforme, que estaba de pie en uno de esos parques espectrales de estudio fotográfico, con un fondo de nubarrones tormentosos. No era nueva. Estaba ahí desde hacía más de seis anos.

—Había algo que quería decirle —dijo el viejo Woodifield, y los ojos se le nublaban al recordar—. ¿Qué era? Lo tenía en la cabeza cuando salí de casa esta mañana. —Las manos le empezaron a temblar y unas manchas rojizas aparecieron por encima de su barba.

Pobre hombre, está en las últimas, pensó el jefe. Y sintiéndose bondadoso, le guiñó el ojo al viejo y dijo bromeando:

—Ya sé. Tengo aquí unas gotas de algo que le sentará bien antes de salir otra vez al frío. Es una maravilla. No le haría daño ni a un niño.

Extrajo una llave de la cadena de su reloj, abrió un armario en la parte baja de su escritorio y sacó una botella oscura y rechoncha.

—Ésta es la medicina —exclamó—. Y el hombre de quien la adquirí me dijo en el más estricto secreto que procedía directamente de las bodegas del castillo de Windsor.

Al viejo Woodifield se le abrió la boca cuando lo vio. Su cara no hubiese expresado mayor asombro si el jefe hubiera sacado un conejo.

—¿Es whisky, no? —dijo débilmente.

El jefe giró la botella y cariñosamente le enseñó la etiqueta. En efecto, era whisky.

—Sabe —dijo el viejo, mirando al jefe con admiración— en casa no me dejan ni tocarlo—. Y parecía que iba a echarse a llorar.

—Ah, ahí es donde nosotros sabemos un poco más que las señoras —dijo el jefe, doblándose como un junco sobre la mesa para alcanzar dos vasos que estaban junto a la botella del agua, y sirviendo un generoso dedo en cada uno—. Bébaselo, le sentará bien. Y no le ponga agua. Sería un sacrilegio estropear algo así. ¡Ah! —Se tomó el suyo de un trago; luego se sacó el pañuelo, se secó apresuradamente los bigotes y le hizo un guiño al viejo Woodifield, que aún saboreaba el suyo.

El viejo tragó, permaneció silencioso un momento, y luego dijo débilmente:

—¡Qué fuerte!

Pero lo reconfortó; subió poco a poco hasta su entumecido cerebro… Y recordó.

—Eso era —dijo, levantándose con esfuerzo de la butaca—. Supuse que le gustaría saberlo. Las chicas estuvieron en Bélgica la semana pasada para ver la tumba del pobre Reggie, y dio la casualidad que pasaron por delante de la de su chico. Por lo visto quedan bastante cerca la una de la otra.

El viejo Woodifield hizo una pausa, pero el jefe no contestó. Sólo un ligero temblor en el párpado demostró que estaba escuchando.

—Las chicas estaban encantadas de lo bien cuidado que está todo aquello -dijo la vieja voz—. Lo tienen muy bonito. No estaría mejor si estuvieran en casa. ¿Usted no ha estado nunca, verdad?

—¡No, no! —Por varias razones el jefe no había ido.

—Hay kilómetros enteros de tumbas —dijo con voz trémula el viejo Woodifield— y todo está tan bien cuidado que parece un jardín. Todas las tumbas tienen flores. Y los caminos son muy anchos. —Por su voz se notaba cuánto le gustaban los caminos anchos.

Hubo otro silencio. Luego el anciano se animó sobremanera.

—¿Sabe usted lo que les hicieron pagar a las chicas en el hotel por un bote de confitura? —dijo—. ¡Diez francos! A eso yo le llamo un robo. Dice Gertrude que era un bote pequeño, no más grande que una moneda de media corona. No había tomado más que una cucharada y le cobraron diez francos. Gertrude se llevó el bote para darles una lección. Hizo bien; eso es querer hacer negocio con nuestros sentimientos. Piensan que porque hemos ido allí a echar una ojeada estamos dispuestos a pagar cualquier precio por las cosas. Eso es. —Y se volvió, dirigiéndose hacia la puerta.

—¡Tiene razón, tiene razón! —dijo el jefe. aunque en realidad no tenía idea de sobre qué tenía razón. Dio la vuelta a su escritorio y siguiendo los pasos lentos del viejo lo acompañó hasta la puerta y se despidió de él. Woodifield se había marchado.

Durante un largo momento el jefe permaneció allí, con la mirada perdida, mientras el ordenanza de pelo canoso, que lo estaba observando, entraba y salía de su garita como un perro que espera que lo saquen a pasear.

De pronto:

—No veré a nadie durante media hora, Macey —dijo el jefe—. ¿Ha entendido? A nadie en absoluto.

—Bien, señor.

La puerta se cerró, los pasos pesados y firmes volvieron a cruzar la alfombra chillona, el fornido cuerpo se dejó caer en el sillón de muelles y echándose hacia delante, el jefe se cubrió la cara con las manos. Quería, se había propuesto, había dispuesto que iba a llorar…

Le había causado una tremenda conmoción el comentario del viejo Woodifield sobre la sepultura del muchacho. Fue exactamente como si la tierra se hubiera abierto y lo hubiera visto allí tumbado, con las chicas de Woodifield mirándolo. Porque era extraño. Aunque habían pasado más de seis años, el jefe nunca había pensado en el muchacho excepto como un cuerpo que yacía sin cambio, sin mancha, uniformado, dormido para siempre. «¡Mi hijo!», gimió el jefe. Pero las lágrimas todavía no acudían. Antes, durante los primeros meses, incluso durante los primeros años después de su muerte, bastaba con pronunciar esas palabras para que lo invadiera una pena inmensa que sólo un violento episodio de llanto podía aliviar. El paso del tiempo, había afirmado entonces, y así lo había asegurado a todo el mundo, nunca cambiaría nada. Puede que otros hombres se recuperaran, puede que otros lograran aceptar su pérdida, pero él no. ¿Cómo iba a ser posible? Su muchacho era hijo único. Desde su nacimiento el jefe se había dedicado a levantar este negocio para él; no tenía sentido alguno si no era para el muchacho. La vida misma había llegado a no tener ningún otro sentido. ¿Cómo diablos hubiera podido trabajar como un esclavo, sacrificarse y seguir adelante durante todos aquellos años sin tener siempre presente la promesa de ver a su hijo ocupando su sillón y continuando donde él había abandonado?

Y esa promesa había estado tan cerca de cumplirse. El chico había estado en la oficina aprendiendo el oficio durante un año antes de la guerra. Cada mañana habían salido de casa juntos; habían regresado en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones había recibido por ser su padre! No era de extrañar; se desenvolvía maravillosamente. En cuanto a su popularidad con el personal, todos los empleados, hasta el viejo Macey, no se cansaban de alabarlo. Y no era en absoluto un mimado. No, él siempre con su carácter despierto y natural, con la palabra adecuada para cada persona, con aquel aire juvenil y su costumbre de decir: «¡Sencillamente espléndido!».

Pero todo eso había terminado, como si nunca hubiera existido. Había llegado el día en que Macey le había entregado el telegrama con el que todo su mundo se había venido abajo. «Sentimos profundamente informarle que…» Y había abandonado la oficina destrozado, con su vida en ruinas.

Hacía seis años, seis años… ¡Qué rápido pasaba el tiempo! Parecía que había sido ayer. El jefe retiró las manos de la cara; se sentía confuso. Algo parecía que no funcionaba. No estaba sintiéndose como quería sentirse. Decidió levantarse y mirar la foto del chico. Pero no era una de sus fotografías favoritas; la expresión no era natural. Era fría, casi severa. El chico nunca había sido así.

En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.

Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.

Es un diablillo valiente —pensó el jefe—, y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de… Pero una vez más la mosca había terminado su laboriosa tarea y al jefe casi le faltó tiempo para recargar la pluma, y descargar otra vez la gota oscura de lleno sobre el recién aseado cuerpo. ¿Qué pasaría esta vez? Siguió un doloroso instante de incertidumbre. Pero ¡atención!, las patitas delanteras volvían a moverse; el jefe sintió una oleada de alivio. Se inclinó sobre la mosca y le dijo con ternura: «Ah, astuta cabroncita». Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para ayudarla en el proceso de secado. Pero a pesar de todo, ahora había algo de tímido y débil en sus esfuerzos, y el jefe decidió que ésta tendría que ser la última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero.

Lo fue. La última gota cayó en el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió. Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían.

—Vamos —dijo el jefe—. ¡Espabila! —Y la removió con la pluma, pero en vano. No pasó nada, ni pasaría. La mosca estaba muerta.

El jefe levantó el cadáver con la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. Pero lo invadió un sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó. Se inclinó hacia delante y tocó el timbre para llamar a Macey.

—Tráigame un secante limpio —dijo con severidad— y dese prisa. —Y mientras el viejo perro se alejaba con un paso silencioso, empezó a preguntarse en qué había estado pensando antes. ¿Qué era? Era… Sacó el pañuelo y se lo pasó por delante del cuello de la camisa. Aunque le fuera la vida en ello no se podía acordar.


© Katherine Mansfield, 1922.


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MAGG MYRANDA

Hay quienes se unen a nuestro equipo de caza no por interés en los conejos, sino en los pájaros. En efecto: quien ame el canto de los pájaros, encontrará en el bosque una tal variedad y una tal especial calidad en los cantos que quedará maravillado. Son estas personas las que más sufren cuando se enteran, tarde o temprano, de que hay poquísimos pájaros en este bosque, y los que hay casi no cantan o cantan mal o sin ganas; un canto opaco, sin brillo ni energía. Quienes cantan son las arañas, esa clase de arañas enormes y peligrosas que hacen sus nidos en las copas de los árboles y se valen de su canto para atraer víctimas. El amante del canto de los pájaros, hombre de sangre dulce, es la víctima favorita de estas arañas.

— Caza de Conejos. Mario Levrero, 1973.
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“Álbum” Cuento de Alberto Chimal.

MAGG MYRANDA

mujerialeza:

La cara de su madre. La muñeca que arrojó por la ventana. El libro que quemó. La pecera que vació en la sala. La muñeca a la que arrancó las piernas. Su primer psiquiatra. El tazón con el que golpeó a su madre. Su niñera poco antes de marcharse. Su abuela materna poco antes de marcharse. Su padre poco antes de marcharse. La cara de su madre. El gato al que metió en el horno. Su segundo psiquiatra. Su primer kinder. El niño al que pateó. Su tercer psiquiatra. La trenza cortada de su compañera. El rincón en el que estuvo castigada. La cara cortada de su compañera. Su cuarto psiquiatra. Su segundo kinder. El perro al que destripó. La silla a la que fue atada. El brazo en cabestrillo de su madre. El brazo en cabestrillo de su maestra. El brazo en cabestrillo de su quinto psiquiatra. Su tercer kinder. El niño que la golpeó. Un trozo de la oreja del niño que la golpeó. Su cuarto kinder. La denuncia en su contra. El bolso de su madre. El director de la primaria que no quiso admitirla. La cara de su madre. El director de la segunda primaria que no quiso admitirla. La tarjeta de débito de su madre. El director de la primaria que aceptó admitirla. La niña a la que trató de ahogar en un excusado. La niña a la que empujó por las escaleras. La carta en su contra de los padres de sus compañeros. La cara de su madre. Un hombro desnudo de su madre. El director de la segunda primaria que aceptó admitirla. El suéter de su compañero desaparecido. El cuerpo de su compañero desaparecido. La cara de su madre. La patrulla que fue a buscarla. La cara de su madre. El autobús que abordó con su madre. El primer motel donde durmió con su madre. El incendio del primer motel donde durmió con su madre. El boletín con la foto de su madre. La cara de su madre. El segundo motel donde durmió con su madre. El bebé que resistió tres días en el cuarto donde durmió con su madre. La cara de su madre. El tercer motel donde durmió. El teléfono que su madre trató de usar. La cara de su madre. Un ojo de su madre. La lengua de su madre. El otro ojo de su madre. El coche del hombre que la recogió en la carretera. La primera comentarista que habló de ella en la televisión. El coche del segundo hombre que la recogió en la carretera.

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Los Perros de Tíndalos

MAGG MYRANDA

Me alegro de que hayas venido —dijo Chalmers.

Estaba sentado junto a la ventana, muy pálido. Junto a uno de sus brazos ardían dos velas casi derretidas que proyectaban una enfermiza luz ambarina sobre su nariz larga y su breve mentón. En el apartamento de Chalmers no había absolutamente nada moderno. Su propietario tenía el alma medieval y prefería los manuscritos iluminados a los automóviles, y las gárgolas de piedra a los aparatos de radio y a las máquinas de calcular. Quitó, en mi obsequio, los libros y papeles que se amontonaban en un diván y, al atravesar la estancia para sentarme me sorprendió ver en su mesa las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo junto con unas extrañas figuras geométricas que Chalmers había trazado en unos finos papeles amarillos.

—Me sorprende esta coexistencia de Einstein con John Dee —dije al apartar la mirada de las ecuaciones matemáticas y descubrir los extraños volúmenes que constituían la pequeña biblioteca de mi amigo.

En las estanterías de ébano convivían Plotino y Emmanuel Mascópoulos, Santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy. Las butacas, la mesa, el escritorio estaban cubiertos de libros y folletos sobre brujería medieval y magia negra, así como de textos sobre todas las cosas hermosas y audaces que rechaza nuestro mundo moderno. Chalmers me ofreció, sonriendo, un cigarrillo ruso y dijo:
—Estamos llegando ahora a la conclusión de que los antiguos alquimistas y brujos tenían razón en un setenta y cinco por ciento, y los biólogos y los materialistas modernos están equivocados en un noventa por ciento.
—Usted siempre se ha tomado un poco a broma la ciencia de hoy —repuse, con un leve gesto de impaciencia.
—No —contestó—. Sólo me he burlado de su dogmatismo. Siempre he sido un rebelde, un campeón de la originalidad y de las causas perdidas. No te extrañe, pues, que haya decidido repudiar las conclusiones de los biólogos contemporáneos.
—¿Y qué me dice usted de Einstein? —pregunté.
—¡Un sacerdote de las matemáticas trascendentes! —murmuró con respeto—. Un profundo místico, un explorador de reinos inmensos cuya misma existencia sólo ahora se empieza a sospechar.
—Entonces no desprecia usted la ciencia por completo.
—¡Claro que no! Lo que no me inspira confianza es el positivismo de estos últimos cincuenta años, ni tampoco las ideas de Haeckel ni de Darwin ni de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente cuando ha intentado explicar el origen y el destino del hombre.
—Déles usted un margen de tiempo.
Los ojos de Chalmers despidieron chispas:
—Amigo mío —murmuró—. Acabas de hacer un juego de palabras verdaderamente sublime. ¡Deles usted un margen de tiempo! Yo se lo daría encantado, pero precisamente cuando les hablas de tiempo, los modernos biólogos se echan a reír. Poseen la llave, pero se niegan a utilizarla. ¿Qué sabemos del tiempo? Einstein lo considera relativo y cree que se puede interpretar en función del espacio, de un espacio curvo. Pero no hay que quedarse ahí detenido. Cuando las matemáticas dejan de prestarnos su apoyo, ¿acaso no se puede seguir adelante a base de… Intuición?
—Ese es un terreno muy resbaladizo. El verdadero investigador evita siempre caer en esa trampa. Por eso avanza tan despacio la ciencia moderna. Sólo admite lo que es susceptible de demostración. Pero usted…
—Yo, ¿sabes lo que haría? Tomar hachís, opio, todas las drogas. Yo imitaría a los sabios orientales y acaso así consiguiera…
—¿Consiguiera qué?
—Conocer la cuarta dimensión.
—¡Eso es pura teosofía, una estupidez!
—Puede que sí, pero estoy persuadido de que las drogas consiguen aumentar el alcance de la conciencia humana. William James está de acuerdo sobre este particular. Además, he descubierto una nueva.
—¿Una nueva droga?
—Fue utilizada hace siglos por los alquimistas chinos, pero apenas se conoce en Occidente. Posee ciertas propiedades ocultas verdaderamente asombrosas. Gracias a esta droga y a mis conocimientos matemáticos, creo que puedo remontar el curso del tiempo.
—No comprendo qué quiere usted decir.
—El tiempo no es más que nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión espacial. El tiempo y el movimiento son otras tantas ilusiones. Todo lo que ha existido desde el origen del universo existe ahora también. Lo que sucedió hace milenios sigue sucediendo en otra dimensión del espacio. Lo que sucederá dentro de milenios sucede ya. Si no lo podemos percibir es porque tampoco podemos penetrar en la dimensión espacial donde sucede. Los seres humanos, tal como los conocemos, no son sino partes infinitesimales de un todo inmenso. Cada uno de nosotros está unido a toda la vida que le ha precedido en nuestro planeta. Todos nuestros antepasados forman parte de nosotros. De ellos sólo nos separa el tiempo, y el tiempo es una ilusión.
—Creo que empiezo a comprender —murmuré.
—Basta con que tengas una vaga idea del asunto para poderme ayudar. Lo que pretendo es arrancar de mis ojos el velo de la ilusión que los cubre y ver el principio y el fin.
—¿Y usted cree que esta nueva droga le serviría de algo?
—Estoy convencido de ello. Y pretendo que me ayudes. Quiero tomarla inmediatamente. No puedo esperar. Tengo que ver… —sus ojos lanzaron extraños destellos—. Voy a viajar en el tiempo. Voy a retroceder en el tiempo.

Chalmers se levantó y tomó de encima de la chimenea una cajita cuadrada.
—Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tse y, bajo su influencia logró contemplar el Tao. Tao es la fuerza más misteriosa del mundo. Rodea y penetra todas las cosas y contiene en sí la totalidad del universo visible y todo lo que denominamos realidad. El que logre contemplar el misterio del Tao sabrá todo lo que fue y todo lo que será.
—Fantasías —comenté.
—Tao es como un enorme animal reclinado e inmóvil que contiene en sí todos los mundos, el pasado, el presente, el porvenir. A través de una hendidura que llamamos tiempo percibimos sectores de ese monstruo terrible. Mediante esta droga voy a ensanchar la hendidura. Contemplaré así el rostro mismo de la vida; veré la bestia entera, inmensa y agazapada.
—¿Y cuál será mi misión?
—Escuchar, amigo mío. Escuchar y anotar lo que escuche. Y si me alejo demasiado hacia el pasado, me tendrás que sacudir violentamente para traerme de nuevo a la realidad. Si vieras que estoy sufriendo dolores físicos intensos, me debes hacer regresar al instante.
—Chalmers —dije—. Este experimento no me gusta nada. Va a correr usted un peligro terrible. No creo en la cuarta dimensión y mucho menos en el Tao. Tampoco apruebo el uso de drogas desconocidas.
—Para mí no es desconocida —repuso-. Conozco sus efectos sobre el animal humano y también sus peligros. La droga en sí no es peligrosa. Yo lo único que temo es extraviarme en el abismo del tiempo, porque has de saber que mi intención es colaborar activamente con la droga. Antes de tomarla me concentraré en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado en este papel —me enseñó el diagrama que tenía sobre las rodillas—. Y así prepararé mi espíritu para el viaje transtemporal. Primero me aproximaré todo lo posible a la cuarta dimensión mediante el solo esfuerzo de mi propio ego, y luego tomaré la droga que me dará el poder oculto de percepción. Antes de penetrar en el mundo onírico del misticismo oriental dispondré de toda la ayuda matemática que pueda ofrecerme la ciencia. La droga abrirá las puertas de la percepción y las matemáticas me permitirán comprender intelectualmente lo que así perciba. Así mis conocimientos matemáticos y mi aproximación consciente a la cuarta dimensión complementarán la pura acción de la droga. En mis sueños ya he conseguido captar muchas veces la cuarta dimensión en forma intuitiva y emocional, pero en estado de vigilia no he sido después nunca capaz de recordar el resplandor oculto que me era revelado momentáneamente en sueños. Creo, sin embargo, que con tu ayuda podré hacerlo esta vez. Tu anotarás todo lo que diga durante mi trance, por muy extraño e incoherente que te parezca. A mi regreso espero poder proporcionarte la clave de todo lo que no hayas entendido. No estoy seguro de mi éxito, pero, si lo tengo —sus ojos volvieron a despedir un extraño fulgor —. ¡El tiempo ya no existirá para mí!

De pronto, se sentó.
—Voy a hacer el experimento ahora mismo. Ponte, por favor, junto a la ventana y no dejes de vigilarme. ¿Tienes pluma?
Asentí hoscamente y saqué mi pluma Waterman verde claro del bolsillo superior de la chaqueta.
—¿Y has traído algo donde escribir, Frank?
De mala gana saqué una agenda.
—Insisto enérgicamente una vez más en que no apruebo este experimento —gruñó—. Va a correr usted un peligro terrible.
—¡No seas niño! —agitó un dedo ante mí—. Estoy decidido a hacerlo a pesar de todo lo que me digas, y además a hacerlo ahora mismo. Por favor, estate en silencio mientras medito sobre estos diagramas.

Puso los dibujos ante sí y se concentró intensamente en ellos. En el silencio oí cómo el reloj de la chimenea iba desgranando segundos. Una angustia indefinida me oprimía el pecho. De pronto, el reloj se paró. En ese momento, Chalmers introdujo la droga en su boca y la tragó. Rápidamente me aproximé a él, pero con la mirada me advirtió que no le interrumpiera.
—El reloj se ha parado —murmuró—. Las fuerzas que lo gobiernan aprueban mi experimento. El tiempo se detuvo y yo tomé la droga. ¡Dios mío, haz que no me extravíe!

Cerró los párpados y se extendió en el sofá. Su rostro estaba exangüe, y respiraba con dificultad. Era evidente que la droga estaba actuando extraordinariamente de prisa.
—Comienzan las tinieblas —murmuró—. Anótalo. Todo se está poniendo oscuro y se van desdibujando los objetos familiares de la habitación. Aún los veo, pero borrosos, y se están desdibujando rápidamente.

Sacudí la pluma estilográfica, pues la tinta fluía mal, y seguí tomando veloces notas taquigráficas.
—Abandono la habitación. Las paredes se disuelven como niebla. Ya no veo ninguno de los objetos, pero todavía te veo la cara. Supongo que estarás escribiendo. Creo que estoy a punto de dar el gran salto a través del espacio, o acaso del tiempo. No lo sé. Todo es confuso, incierto.

Permaneció en silencio durante algún tiempo, con la barbilla apoyada en el pecho. De pronto, se puso rígido y abrió los ojos.
—¡Dios mío! —exclamó—. Veo.

Se hallaba todo contraído, tenso, mirando fijamente la pared que había frente a él. Pero yo sabía que su mirada la atravesaba y que los objetos de la habitación no existían para él.
—¡Chalmers! ¡Chalmers! ¿Le despierto?
—¡De ninguna manera! —aulló—. ¡Veo todo! Ante mí veo los billones de vidas que me han precedido en este planeta. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, danzan, cantan. Se sientan en torno a la hoguera primitiva, en desiertos grises, e intentan elevarse en el aire a bordo de monoplanos. Cruzan los mares en toscas barcas de troncos y en enormes buques de vapor. Pintan bisontes y elefantes en las paredes de cuevas lúgubres y cubren lienzos enormes con formas y colores del futuro. Veo a los emigrantes procedentes de la Atlántida y Lemuria. Veo a las razas ancestrales: a los enanos negros que invaden Asia y a los hombres de Neanderthal, de cabeza inclinada y piernas torcidas, que se extienden por Europa. Veo a los aqueos colonizando las islas griegas y contemplo los rudimentos de la naciente cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Me hallo en tierra italiana. Participo en el rapto de las sabinas. Camino con las legiones imperiales. Tiemblo de respeto y de pavor cuando flamean los gigantescos estandartes y el suelo trepida bajo el paso de los hastati victoriosos. Paso en una litera de oro y marfil arrastrada por negros toros de Tebas y ante mí se postrernan mil esclavos y las mujeres, cubiertas de flores, exclaman: “¡Ave César!”. Yo les sonrío y saludo a la multitud. Soy esclavo en una galera berberisca. Veo cómo, piedra a piedra, se va levantando una catedral. Contemplo durante meses, durante años, cómo van colocando en su sitio cada uno de los sillares. Estoy crucificado, cabeza abajo, en los perfumados jardines de Nerón y veo, con ironía y desprecio, cómo funcionan las cámaras de tortura de la Inquisición. ¡Es un espectáculo divertido!

…Penetro en los más sagrados santuarios. Entro en el Templo de Venus. Me arrodillo, en adoración, ante la Magna Mater y arrojo monedas al regazo de las prostitutas sagradas que, con el rostro velado, esperan en los Jardines de Babilonia. Penetro en un teatro inglés de la época isabelina y, en medio de una multitud maloliente, aplaudo El Mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas callejuelas de Florencia. Mientras contemplo, arrobado, a la joven Beatriz, la orla de su vestido roza mis sandalias. Soy sacerdote de Isis y mis poderes mágicos asombran al mundo. A mis pies se arrodilla Simón Mago, implorando mi ayuda, y el Faraón tiembla ante mi sola presencia. En la India hablo con los Maestros y huyo horrorizado, pues sus revelaciones son como sal en una herida sangrante. Todo lo percibo simultáneamente. Todo lo percibo a la vez y desde todos los ángulos posibles. Formo parte de los billones de vidas que me han precedido. Existo en todos los seres humanos y todos los seres humanos existen en mí. En un instante veo a la vez toda la historia del hombre, el pasado y el presente. Mediante un pequeño esfuerzo soy capaz de contemplar pasados cada vez más lejanos. Ahora me remonto hacia el mismo origen, a través de curvas y ángulos extraños. A mi alrededor se multiplican los ángulos y las curvas. Hay grandes sectores de tiempo que los percibo a través de curvas. Existe un tiempo curvo y un tiempo angular. Los moradores del tiempo curvo no pueden penetrar en el tiempo angular. Todo es muy extraño.

…Sigo retrocediendo cada vez más. De la tierra ya ha desaparecido el hombre. Veo reptiles gigantescos agazapados bajo enormes palmeras y nadando en pútridas aguas negras. Ya han desaparecido los reptiles. Ya no hay animales terrestres, pero veo perfectamente bajo las aguas formas sombrías que se mueven lentamente entre las algas. Las formas que veo son cada vez más simples. Ahora los únicos seres vivos son células. A mi alrededor hay cada vez más ángulos, ángulos totalmente ajenos a la geometría humana. Tengo un miedo horrible. En la creación existen abismos en los que nunca ha penetrado el hombre…

Seguí sin perderle de vista. Chalmers se había levantado y gesticulaba como pidiendo ayuda. Al poco volvió a hablar:
—Atravieso ángulos ajenos al espacio terrestre. Me aproximo al horror supremo.
—¡Chalmers! —exclamé—. ¿Quiere usted que intervenga?
Se llevó la mano al rostro, como para no ver una visión indeciblemente espantosa. Pero dijo trabajosamente:
—¡Todavía no! Quiero seguir adelante… Quiero ver… lo que hay… aún más allá…
Tenía la frente cubierta de sudor frío y movía los hombros de modo espasmódico. Su rostro espantado era de color gris ceniciento.
—Más allá de la vida existen cosas que no logro distinguir. Pero se mueven lentamente a través de ángulos alucinantes.
En ese momento percibí por primera vez en la estancia un olor bestial e indescriptible, nauseabundo, insoportable. Me lancé a la ventana y la abrí de par en par. Cuando volví al lado de Chalmers y vi su expresión, estuve a punto de desmayarme.
—¡Me han olido! —lanzó un alarido—. ¡Lentamente se dan la vuelta hacia mí!

Todo el cuerpo le temblaba horriblemente. Durante un momento agitó los brazos en el aire, como buscando un asidero, y luego le cedieron las piernas. Cayó al suelo, donde permaneció boca abajo, sollozando, gimiendo. En silencio contemplé cómo se arrastraba por el suelo. En aquellos momentos, mi amigo no era un ser humano. Enseñaba los dientes y en las comisuras de la boca se le formó una espuma blanquecina.
—¡Chalmers! —grité—. ¡Chalmers, basta ya! Basta ya, ¿me oye?
Como en respuesta de mi llamada, comenzó a emitir unos sonidos roncos y convulsivos, semejantes a ladridos, y a caminar en círculo a cuatro patas por el suelo. Me incliné y le cogí por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente, y él intentó morderme la muñeca. Me sentía enfermo de horror, pero no le solté, pues temía que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia.
—¡Chalmers! —murmuré—. Basta ya. Está usted en su habitación. Nada malo le puede suceder. ¿Comprende?

A fuerza de sacudirle y de hablarle, logré que la expresión de locura fuera desapareciendo de su rostro. Tembloroso y convulsivo, quedó como un grotesco montón de carne en el centro de la alfombra china. Le ayudé a caminar hasta el sofá y a tumbarse en él. Su rostro estaba contraído de dolor y me di cuenta de que seguía luchando sordamente contra recuerdos espantosos.
—Whisky —murmuró—. Está ahí, en el mueblecito, junto a la ventana, en el cajón superior de la izquierda.
Cuando le alcancé la botella, la asió con tal fuerza que los nudillos se le pusieron azules.
—Casi me cogen —dijo entrecortadamente.
Bebió el estimulante a grandes tragos irregulares y poco a poco le fue volviendo el color a la cara.
—Esa droga —dije—. Es el diablo en persona.
—No era la droga —gimió.

Su mirada ya no era de loco. Ahora daba impresión de un profundo desaliento.
—Me han olido a través del tiempo —susurró—. He llegado demasiado lejos.
—¿Cómo eran? —pregunté para seguirle la corriente.
Se inclinó hacia mí y me agarró el brazo hasta hacerme daño. Otra vez fue dominado por horribles temblores.
—¡No hay palabras para describirlos! —murmuró roncamente—. Han sido vagamente simbolizados en el Mito de la Caída y en cierta forma obscena que a veces aparece grabada en algunas tablillas arcaicas. Los griegos le daban un nombre que ocultaba la impureza esencial de esos seres. La manzana, el árbol y la serpiente son símbolos del misterio más atroz.

Al cabo de unos momentos su voz se convirtió en un aullido:
—¡Frank! ¡Frank! ¡En el comienzo se consumó un acto terrible e inmencionable! Antes del tiempo, el acto, y después del acto…
Comenzó a andar histéricamente por la estancia.
—Las consecuencias del acto se mueven a través de ángulos en los oscuros recodos del tiempo. ¡Tienen hambre y sed!
—Chalmers —intenté razonar—. ¡Estamos en el tercer decenio del siglo XX!
Pero él siguió ululando:
—¡Tienen hambre y sed! ¡Los Perros de Tíndalos!
—Chalmers, ¿quiere usted que llame a un médico?
—Ningún médico puede ayudarme. Son horrores del alma y, sin embargo -ocultó la cara entre las manos-, son reales, Frank. Los vi durante un momento horrible. Durante un instante he llegado a estar al otro lado. Me encontré en una ribera lívida, más allá del tiempo y del espacio. Había una luz espantosa que no era luz y un silencio hecho de aullidos, y allí los vi. En sus cuerpos flacos y famélicos se concentra todo el Mal del universo. En realidad no estoy seguro de que tuvieran cuerpo: sólo los vi un instante. Pero los he oído respirar. Durante un momento indescriptible sentí su aliento en mi cara. Se volvieron hacia mi y huí dando alaridos. En un solo instante huí a través de millones de siglos. Pero me han olido. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica. Hemos escapado momentáneamente del aura impura que los rodea. Tienen sed de todo lo que hay limpio en nosotros, de todo lo que emergió inmaculado de aquel acto. En nosotros hay elementos que no participaron en el acto y ellos los aborrecen. Pero no te imagines que son literal y prosaicamente malos. En el plano donde habitan no existen el bien y el mal tal como nosotros los concebimos. Son lo que, en el principio quedó desprovisto de pureza para siempre jamás. Al cometer el acto, se convirtieron en cuerpos de muerte, en receptáculo de toda impureza. Pero no son malos en el sentido que nosotros damos a esta palabra, porque en las esferas en que se mueven no existe pensamiento ni moral ni bueno ni malo. Allí sólo existen lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa en ángulos; lo puro, en curvas. El hombre, o mejor dicho, lo que hay en él de puro, procede de lo curvo. No te rías. Hablo completamente en serio.

Me levanté para irme. Mientras iba hacia la puerta, dije:
—Me da usted mucha pena, Chalmers. Pero no estoy dispuesto a oírle delirar. Le enviaré a mi médico. Es un hombre de edad, muy comprensivo, y no se ofenderá aunque usted lo mande al diablo. Pero confío en que siga usted las indicaciones que le dé. Se pasa usted una semana descansando en buen sanatorio y verá qué bien le sienta.

Mientras bajaba las escaleras le oí reír. Era una risa tan desprovista de alegría que me hizo llorar.


II.

Cuando Chalmers me telefoneó a la mañana siguiente, mi primer impulso fue colgar inmediatamente el receptor. Me llamaba para pedirme algo tan insólito, y tan anormalmente alterada estaba su voz, que temí por mi propia cordura si seguía adelante con este asunto. Pero no pude dejar de percibir la sinceridad de su angustia, y cuando se le quebró la voz y comenzó a sollozar, decidí acceder a su petición.
—De acuerdo —dije—. Ahora mismo voy y le llevo la escayola.

De camino hacia casa de Chalmers, me detuve en una droguería y adquirí diez kilos de escayola.
Al entrar en el cuarto de mi amigo, le vi agazapado junto a la ventana, contemplando la pared de enfrente con ojos enfebrecidos por el terror. Cuando me vio entrar, se puso en pie y me arrebató el paquete de la escayola con una avidez que me puso los pelos de punta. Había sacado todos los muebles de la estancia, la cual presentaba ahora un aspecto absolutamente desolado.
—¡Aún podemos salvarnos! —exclamó—. Pero tenemos que actuar rápidamente. Frank, hay una escalera plegable en el vestíbulo. Tráela inmediatamente. Y ve a buscar también un cubo de agua.
—¿Para qué? —murmuré atónito.

Se volvió vivamente hacia mí y vi un relámpago de ira en sus ojos.
—¿Para qué va a ser, so bobo? ¡Para hacer la masa con la escayola! —gritó, fuera de sí-. Para hacer la masa que nos salvará el cuerpo y el alma de una contaminación indecible. Para hacer la masa que salvará al mundo de un peligro… ¡Frank, tenemos que cerrarles las puertas!
—¿A quiénes? —pregunté.
—¡A los Perros de Tíndalos! —exclamó—. Sólo pueden llegar hasta nosotros a través de ángulos. ¡Eliminemos todos los ángulos de la habitación! Voy a poner escayola en todos los ángulos, en todos los rincones, en todas las hendiduras. ¡La habitación quedará como el interior de una esfera!

Habría sido inútil discutir con él. Le llevé la escalera. Chalmers mezcló la escayola con el agua y estuvimos trabajando durante tres horas. Tapamos las cuatro esquinas de la pared y también las intersecciones de ésta con el suelo y el techo. Por último, redondeamos los duros ángulos de la ventana.
—Ahora me quedaré en esta habitación hasta que se vayan —dijo Chalmers cuando hubimos dado fin a la tarea—. Al darse cuenta de que el olor que siguen les obliga a atravesar curvas, se volverán. Se volverán, hambrientos, frustrados, insatisfechos, al plano de impureza de donde proceden, anterior al tiempo y más allá del espacio.

Sonrió afablemente y encendió un cigarrillo.
—Te agradezco mucho que hayas venido.
—¿Sigue usted sin querer ver a un médico? —rogué.
—Quizá mañana —repuso—. Ahora tengo que vigilar y esperar.
—¿Esperar qué? —apremié.
Chalmers sonrió débilmente.
—Tú crees que estoy loco —dijo—. me doy cuenta perfectamente. Eres inteligente, pero también eres muy prosaico y no puedes concebir la existencia de ninguna entidad independiente de toda energía y de toda materia. Pero, mi querido amigo, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que la energía y la materia son las barreras que el tiempo y el espacio imponen a nuestra percepción? Sabiendo, como yo sé, que el tiempo y el espacio son lo mismo y que son engañosos porque ambos no son sino manifestaciones imperfectas de una realidad superior, no tiene sentido buscar en el mundo visible ninguna explicación del misterio y del terror del ser.
Me levanté y me fui hacia la puerta.
—Perdona —exclamó—. No he querido ofenderte. Tienes una gran inteligencia, pero yo tengo una inteligencia sobrehumana. Es natural que yo sea consciente de tus limitaciones.
—Telefonéeme si me necesita —dije, y bajé las escaleras de dos en dos—. «Ahora sí que le envío a mi médico —me iba diciendo a mí mismo—. Está loco de remate y sabe Dios lo que puede pasar si no se ocupa alguien inmediatamente de él».


III.

Resumen de dos artículos publicados en la Patridgeville Gazette del 3 de julio de 1928:


TEMBLOR DE TIERRA EN EL CENTRO DE LA CIUDAD
A los dos de la madrugada de hoy, un violento terremoto ha hecho temblar los barrios céntricos de la ciudad, rompiendo varias ventanas en Central Square y causando graves daños en el tendido eléctrico y en las instalaciones de la red tranviaria. En los barrios periféricos también fue observado el fenómeno resultando completamente derruido el campanario de la iglesia baptista de Angell Hill, que había sido diseñado por Christopher Wren en 1717. Los bomberos luchan por apagar el incendio que se ha declarado en las naves de la fábrica de neumáticos. El alcalde ha prometido abrir un expediente a fin de determinar responsabilidades si las hubiere.



ESCRITOR OCULTISTA ASESINADO POR VISITANTE DESCONOCIDO
Horrible Crimen en Central Square. Un misterio impenetrable envuelve la muerte de Halpin Chalmers. A las nueve horas del día de hoy fue hallado el cuerpo sin vida de Halpin Chalmers, escritor y periodista, en una habitación vacía situada encima de la Joyería Smithwich & Isaacs, en el número 24 de Central Square. La investigación judicial puso de manifiesto que dicha habitación había sido alquilada amueblada al señor Chalmers el día 1 de mayo último y que el propio inquilino se había deshecho de los muebles hace quince días. El señor Chalmers era autor de varios libros sobre temas de ocultismo. Pertenecía a la Asociación Bibliográfica y anteriormente había residido en Brooklyn (Nueva York).


A las siete de la mañana, el señor L. E. Hancock, inquilino del apartamento situado frente al del Chalmers en el edificio de Smithwich & Isaacs, sintió un olor especial al abrir la puerta para dejar entrar a su gato y recoger la edición matinal de la Patridgeville Gazette. El olor, según afirma, era extremadamente acre y nauseabundo, y tan intenso en las proximidades de la puerta de Chalmers que tuvo que taparse la nariz cuando se aventuró por dicha zona del rellano. Estaba a punto de regresar a su propio apartamento cuando se le ocurrió que acaso Chalmers se hubiera olvidado de apagar el gas de su cocina. Considerablemente alarmado por esta posibilidad, decidió investigar lo sucedido y, comoquiera que nadie contestase sus repetidas llamados a la puerta de Chalmers, avisó al encargado del edificio. Este último abrió la puerta mediante una llave maestra y ambos penetraron en la habitación de Chalmers. La estancia estaba totalmente desprovista de mobiliario y Hancock asegura que, al ver lo que había en el suelo, se sintió enfermo, teniendo que permanecer el encargado y él asomados un rato a la ventana sin mirar atrás.

Chalmers yacía boca arriba en el centro de la habitación. Estaba completamente desnudo y tenía el pecho y los brazos cubiertos de una especie de gelatina azulada. La cabeza, totalmente separada del tronco, reposaba sobre el pecho y sus facciones aparecían horriblemente retorcidas y mutiladas. No había ni rastro de sangre. La habitación presentaba un aspecto insólito. Todas las aristas habían sido cubiertas de escayola, que en algunos sectores se había agrietado y en otros, desprendido. Los fragmentos de escayola caídos habían sido agrupados en torno al cadáver, formando un triángulo perfecto.

Junto al cuerpo se hallaron varias hojas de papel amarillo casi enteramente consumidas por el fuego. En ellas había dibujado varios símbolos fantásticos y extrañas figuras geométricas y podían leerse diversas frases escritas apresuradamente a mano. Dichas frases, sin embargo, son tan absurdas que no proporcionan la menor pista sobre el posible autor del crimen. He aquí algunas de tales frases: «Vigilo y espero. Estoy sentado junto a la ventana y vigilo las paredes y el techo. No creo que lleguen hasta aquí, pero debo tener cuidado con los Doels porque acaso puedan ayudarles a pasar.

También los ayudarán los Sátiros y éstos pueden avanzar a través de los círculos purpúreos. Los griegos sabían cómo impedirlo. Es lamentable que hayamos olvidado tantas cosas…»

En otro papel, en el más quemado de los siete u ocho fragmentos recogidos por el Sargento Detective Douglas (de la Policía de Patridgeville), había garrapateado lo siguiente:

«¡La escayola se cae! La ha agrietado una vibración terrible. ¡Un terremoto parece! No podía preverlo. Se va yendo la luz de la habitación. Telefonear a Frank. ¿Pero llegará a tiempo? Debo intentarlo. Recitaré la fórmula de Einstein. ¿Voy a Romper! ¡Están pasando! ¡Consiguen atravesar! Sale humo de las esquinas de la pared sus lenguas…

A juicio del Sargento Detective Douglas, Chalmers ha muerto envenenado por algún desconocido producto químico. La policía ha enviado muestras de la extraña gelatina azul que cubría el cuerpo de Chalmers al Laboratorio Químico de Patridgeville y confía en que el informe correspondiente arroje alguna luz sobre este crimen, el más misterioso de los últimos años. Se sabe que Chalmers tuvo un visitante la noche anterior al terremoto, pues su vecino oyó sin lugar a dudas, al pasar ante su puerta, rumor de conversación. El principal sospechoso es, pues, este desconocido visitante, cuya identidad la Policía se esfuerza afanosamente por averiguar.


IV.

Informe del doctor James Morton, químico y bacteriólogo:


Señor Juez de Instrucción: la sustancia semilíquida que usted me remitió para su estudio es la más extraña que he analizado en mi vida. Presenta ciertas analogías con el protoplasma, pero en ella no se encuentran ni aun indicios de enzimas. Las enzimas son catalizadores de las reacciones químicas que se producen en el seno de la célula viva. Cuando las células mueren, las enzimas las desintegran mediante hidrólisis. Sin enzimas, el protoplasma poseería una vitalidad prácticamente infinita, es decir, sería inmortal. Las enzimas, por así decir, son los elementos negativos del organismo unicelular, que constituye la base de la vida, y, en opinión de los biólogos, sin ellas no puede existir materia viva. Y, sin embargo, tales cuerpos indispensables se hallan ausentes de la gelatina viva que usted me remitió. ¿Se da usted cuenta del significado que puede tener este descubrimiento para la ciencia?


V.

Fragmento de un manuscrito titulado «Los que velan en silencio», original del fallecido Halpin Chalmers:

…¿Y si existiese otra forma de vida paralela a la que conocemos, pero carente de los elementos que destruyen la nuestra? ¿Y si en otra dimensión existe una fuerza diferente de la que genera nuestra vida? ¿Y si esta fuerza emite una energía, que, procedente de su dimensión desconocida, consigue alcanzar nuestro espacio-tiempo y crear en él una nueva forma de vida celular? Cierto es que no se puede demostrar que tal forma nueva de vida exista en nuestro universo, pero yo he visto sus manifestaciones y he hablado con ellas. De noche, en mi habitación, he hablado con los Doels. Y en mis sueños he contemplado a su Creador. Lo he visto en lejanas riberas, más allá del tiempo y la materia. Se mueve a través de curvas extrañas y de ángulos alucinantes. Algún día viajaré en el tiempo y me enfrentaré con él cara a cara.


© Frank Belknap Long, 1929.

G
MAGG MYRANDA

Pienso que no hay persona más perfecta e increíble que la que está frente a mi. Me cuida. Me procura. Me quiere. Ya no me siento sola. No lo estoy, él está conmigo, me lo dice todo el tiempo.

Pero ya no me volveré a cortar el cabello. A él no le gustó. Pero hizo la observación porque me quiere y quiere lo mejor para mi.

¿Por qué no eres fan de los Ramones? Mi mejor amiga es fan, es increíble, ojalá escucharas buena música; ojalá fueras tan interesante como ella.    

Te estás haciendo la víctima. Yo siempre te he tratado bien. 

¿Por qué vas a tantas fiestas? ¿Por qué regresas al día siguiente? ¿Te acostaste con alguien? ¿Ya te viste en un espejo? ¿Te gusta que la gente te vea despeinada, cansada, desarreglada?

Se te ve el bra, pareces zorra.

¿Por qué dices groserías? Las niñas que dicen groserías se ven mal.

Oye, ¿por qué me regalaste el tomo 3 de The Watchmen si no tengo el 2? Me vas a tener que comprar el anterior entonces.

Ponte medias.

¿Pedirte perdón? ¿Pero por qué?

Para ti no tengo tiempo. Ni siquiera para responderte un mensaje. 

Sé que son las 4 de la mañana, pero estoy afuera de tu casa y no me voy a ir hasta que salgas. 

¿Por qué hablas tan fuerte? Me desesperas. Seguro también desesperas a los demás. Todos en la pizzería se nos quedaron viendo. Por favor, cállate.

¿Por qué te enojas?

Oye, ya sé que son las tres de la mañana, pero no he terminado mi ensayo sobre Louis Althusser, ¿Me ayudas a terminarlo?

No debí aventarte tus copias en la cara, pero tú tienes la culpa por hacerme enojar.

¿Por qué me bloqueas? Yo te quiero. A mi manera, pero te quiero.

¿Compraste boletos para ir a ver a los Foo Fighters y después los tuviste que revender sólo porque te hice sentir mal? Wow, tú sí que eres estúpida, me pudiste haber dicho antes, el enojo nunca me dura tanto tiempo. 

La playera que me regalaste me queda grande, ¿la puedes cambiar?

No me gustó cómo te vestiste hoy. 

No me aprovecho. No te trato mal, estás exagerando.

No escribas. No eres tan buena. En la cama eres mejor.

¿Cómo te voy a acompañar al banco a las 11 de la noche? Tengo cosas que hacer mañana, para qué no te organizas. Es tu problema, por eso yo nunca te pido favores.

Oye, ¿tienes 200 pesos que me prestes? Si quieres te acompaño al banco a sacarlos.

Yo no te hago nada, tú tienes la culpa.

No hay nadie en mi casa, ven.

Oye, ¿te enojaste porque me besé a aquella chica enfrente de ti? Estaba guapa, ¿no?

¿Por qué lloras? Nadie quiere a la gente dramática.

Salgo con otra niña, es increíble, es hermosa. Inteligente, la mujer más inteligente que haya conocido hasta ahora.

No me hace sentir mal el hacerte sentir mal. No siento nada. 

¿Que por qué me metí con aquella chica si era una lépera? Porque ya tenía ganas de cogerme a una flaca. 

¿Estás saliendo con alguien más? Seguro te coge y te deja.

Te maquillaste mucho, mi novia casi no se pinta. Y mírate esas uñas. Qué asco, despíntatelas.

Oye, te ves muy bien en tu foto, ¿cuándo puedo ir a verte? Hablar, ¿para qué? Podemos hacer otras cosas.

¿Sabes por qué nadie quiere estar contigo? Porque eres odiosa.

Cuando tú quieras, nunca.  Cuando yo quiera, siempre.

No sé por qué buscas refugio en mi. Tienes más amigos. Ellos pueden escucharte, yo no. 

No me eches la culpa de tus inseguridades. Ya eras así desde antes de que nos conociéramos. 



Del amor y la autoestima. Puede que no conozca muy bien el primer concepto, pero sé que funciona como pretexto perfecto para pisotearte el segundo.

G

Las 50 más reproducidas del 2017

MAGG MYRANDA

Spoiler Alert: Desde el 2009 no había tenido un conteo tan naco. 


50. Slush Puppy – King Krule
49. Salamandra – Miguel Bosé
48. La Cafetera – The New Raemon 
47. Tú, Garfunkel – The New Raemon
46. Point of No Reply – The Horrors
45. See You Again (ft. Kali Uchis) – Tyler, The Creator
44. She is Falling in Love – Clan of Xymox
43. Inestable – Supersubmarina
42. Eisbaer – Grauzone
41. Jarred – Kiasmos
40. The Ballad of Keenan Milton – Devendra Banhart
39. XXX (ft. U2) – Kendrick Lamar
38. Alive – Daft Punk
37. Garage Palace (ft. Little Simz) – Gorillaz 
36. Never Enough – Jessy Lanza
35. Feet Don’t Fail Me – QOTSA
34. Sucedáneos – The New Raemon
33. Tarzan Boy – Baltimora
32. Czech One – King Krule
31. What a Feeling – Irene Cara
30. White Light – Shura
29. Stand the Pain – And One
28. E–Doser – Popof
27. Vitamin (Live) – Kraftkwerk
26. Extrema Debilidad – Supersubmarina
25. YOU’RE THE ONE (ft. Syd) – Kaytranada
24. Jaque Mate – Simpson Ahuevo
23. Hundir la Flota – The New Raemon
22. Andromeda (ft. DRAM) – Gorillaz
21. Glamazon – RuPaul
20. Just Dance (ft. Colby O’Donis) – Lady Gaga
19. Maniac – Michael Sembello
18. Sabiduría Popular – The Pinker Tones
17. Picasso Leaning – Tasha The Amazon
16. Running Up That Hill – Placebo
15. Read U Wrote U (ft. The cast of RuPaul’s Drag Race All Stars Season 2) – RuPaul (Ellis Miah Mix)
14. Mis Disculpas – Residente
13. I’m so Excited – The Pointer Sisters (12” Remix)
12. I’ve Got to Use my Imagination – Gladys Knight & The Pips
11. Compulsion (ft. Jaime Irrepressible) – Röyksopp 
10. Sexkeit – And One
9. PRIDE – Kendrick Lamar
8. Fuera Complejos – The New Raemon
7. Ascension (ft. Vince Staples) – Gorillaz (Nic Fanciulli Remix)
6. Dum Surfer – King Krule
5. Monoton – She Past Away
4. Submission (ft. Danny Brown, Kelela) – Gorillaz
3. Sissy That Walk – RuPaul
2. Chantaje (ft. Maluma) – Shakira
1. Pam Pam – Wisin & Yandel

G

La Fe de Nuestros Padres

MAGG MYRANDA

En las calles de Hanoi se encontró frente a un vendedor ambulante sin piernas que iba sobre un carrito de madera y llamaba con gritos chillones a todos los transeúntes. Chien disminuyó la marcha escuchó, pero no se detuvo. Los asuntos del Ministerio de Artefactos Culturales ocupaban su mente y distraían su atención: era como si estuviera solo, y no lo rodearan los que iban en bicicletas y ciclomotores y motos a reacción. Y, asimismo, era como si el vendedor sin piernas no existiera.

—Camarada—lo llamó sin embargo, y persiguió hábilmente a Chien con su carrito, propulsado por una batería a helio—. Tengo una amplia variedad de remedios vegetales y testimonios de miles de clientes satisfechos. Descríbeme tu enfermedad y podré ayudarte.

—Está bien—dijo Chien, deteniéndose—, pero no estoy enfermo.

“Excepto—pensó— de la enfermedad crónica de los empleados del Comité Central: el oportunismo profesional poniendo a prueba en forma constante las puertas de toda posición oficial, incluyendo la mía.”

—Por ejemplo puedo curar las afecciones radiactivas—canturreó el vendedor ambulante, persiguiéndolo aún—. O aumentar, si es necesario, la potencia sexual. Puedo hacer retroceder los procesos cancerígenos, incluso los temibles melanomas, lo que podríamos llamar cánceres negros.—Alzando una bandeja de botellas, pequeños recipientes de aluminio y distintas clases de polvos en recipientes de plástico, el vendedor canturreó—: Si un rival insiste en tratar de usurpar tu ventajosa posición burocrática, puedo darte un ungüento que bajo su apariencia de bálsamo cutáneo es una toxina increíblemente efectiva. Y mis precios son bajos, camarada. Y como atención especial a alguien de aspecto tan distinguido como el tuyo, te aceptaré en pago los dólares inflacionarios de posguerra en billetes, que tienen fama de moneda internacional pero en realidad no valen mucho más que el papel higiénico.

—Vete al infierno—dijo Chien, y le hizo señas a un taxi sobre colchón de aire que pasaba en ese momento.

Ya se había atrasado tres minutos y medio para su primera cita del día, y en el Ministerio sus diversos superiores de opulento trasero estarían haciendo rápidas anotaciones mentales, al igual que sus subordinados, que las harían en proporción aún mayor.

El vendedor dijo con calma:
—Pero, camarada, debes comprarme.
—¿Por qué?—preguntó Chien. Sentía indignación.

—Porque soy un veterano de guerra, camarada. Luché en la Colosal Guerra Final de Liberación Nacional con el Frente Democrático Unido del Pueblo contra los Imperialistas. Perdí mis extremidades inferiores en la batalla de San Francisco.— Ahora su tono era triunfante y socarrón—. Es la ley. Si te niegas a comprar las mercancías ofrecidas por un veterano, te arriesgas a que te multen o que te envíen a la cárcel…, además de la deshonra.

Con gesto cansado, Chien indicó al taxi que siguiera.

—Concedido—dijo—. Está bien, debo comprarte.—Dio un rápido vistazo a la pobre exhibición de remedios vegetales, buscando uno al azar—. Éste—decidió, señalando un paquetito de la última hilera y envuelto en papel.

El vendedor ambulante se rió.

—Eso es un espermaticida, camarada. Lo compran las mujeres que no pueden aspirar a La Píldora por razones políticas. Te sería poco útil. En realidad no te sería nada útil, porque eres un caballero.

—La ley no exige que te compre algo útil—dijo Chien en tono cortante—. Sólo que debo comprarte algo. Me llevaré ése.

Metió la mano en su chaqueta acolchada, buscando la billetera, henchida por los billetes inflacionarios de posguerra con los que le pagaban cuatro veces a la semana, en su calidad de servidor del gobierno.

—Cuéntame tus problemas—dijo el vendedor.

Chien lo miró asombrado. Atónito ante la invasión de su vida privada… por alguien que no era del gobierno.

—Está bien, camarada—dijo el vendedor, al ver su expresión—. No te sondearé. Perdona. Pero como doctor, como curador naturista, lo indicado es que sepa todo lo posible.—Lo examinó, con sus delgados rasgos sombríos—. ¿Miras la televisión mucho más de lo normal?—preguntó de pronto.

Tomado por sorpresa, Chien dijo:

—Todas las noches. Menos los viernes, cuando voy al club a practicar el enlace de novillos, ese arte esotérico importado del Oeste.

Era su única gratificación. Aparte de eso, se dedicaba por completo a las actividades del Partido.

El vendedor se estiró y eligió un paquetito de papel gris.

—Sesenta dólares de intercambio—declaró—. Con garantía total. Si no cumple con los efectos prometidos, devuelves la porción sobrante y se te reintegra todo el dinero, sin rencor.

—¿Y cuáles son los efectos prometidos?—dijo Chien, sarcástico.

—Descansa los ojos fatigados por soportar los absurdos monólogos oficiales—dijo el vendedor—. Es un preparado tranquilizante. Tómalo cuando te encuentres expuesto a los secos y extensos sermones de costumbre que…

Chien le dio el dinero, aceptó el paquete, y siguió su camino. “La ordenanza que ha establecido a los veteranos de guerra como clase privilegiada es una mafia— pensó—. Hacen presa en nosotros, los más jóvenes, como aves de rapiña.”

El paquetito gris quedó olvidado en el bolsillo de su chaqueta mientras entraba al imponente edificio de posguerra del Ministerio de Artefactos Culturales, y a su propia oficina, bastante majestuosa, para comenzar su día de trabajo.

En la oficina lo esperaba un caucásico adulto, corpulento, vestido con un traje de seda Hong Kong marrón, cruzado, con chaleco. Junto al desconocido caucásico estaba su propio superior inmediato, Ssu-Ma T so-pin. T so-pin hizo las presentaciones en cantonés, un dialecto que dominaba bastante mal.

—Señor Tung Chien, le presento al señor Darius Pethel. El señor Pethel será el director de un nuevo establecimiento ideológico y cultural que se va a inaugurar en San Francisco, California. El señor Pethel ha dedicado una vida rica y plena al apoyo de la lucha del pueblo por destronar a los países del bloque imperialista mediante la utilización de instrumentos pedagógicos. De ahí su alta posición.

Se estrecharon la mano.

—¿Té?—le preguntó Chien.

Apretó el botón del hibachi infrarrojo y en un instante el agua comenzó a burbujear en el adornado recipiente de carámica de origen japonés. Cuando se sentó ante su escritorio, vio que la fiel señorita Hsi había preparado la hoja de información (confidencial) sobre el camarada Pethel. Le dio un vistazo mientras simulaba efectuar un trabajo de rutina.

—El Benefactor Absoluto del Pueblo se ha entrevistado personalmente con el señor Pethel, y confía en él—dijo Tso-pin—. Eso es algo fuera de lo común. La escuela de San Francisco aparentará enseñar las filosofías taoístas comunes pero, desde luego, en realidad mantendrá abierto para nosotros un canal de comunicación con el sector joven intelectual y liberal de los Estados Unidos occidentales. Aún hay muchos vivos, desde San Diego a Sacramento; calculamos que unos diez mil. La escuela aceptará dos mil. El enrolamiento será obligatorio para los que seleccionemos. Usted estará relacionado en forma importante con los programas del señor Pethel. Ejem, el agua del té está hirviendo.

—Gracias—murmuró Chien, dejando caer la bolsita de té Lipton en el agua.

Tso-pin prosiguió:

—Aunque el señor Pethel supervisará la confección de los cursos educativos presentados por la escuela a su cuerpo de estudiantes, todos los exámenes escritos serán enviados a su oficina para que usted efectúe un estudio experto, cuidadoso, ideológico de ellos. En otras palabras, señor Chien, determinará cuál de los dos mil estudiantes es confiable, quiénes responden realmente a la programación y quiénes no.

—Ahora serviré el té—dijo Chien, haciéndolo ceremoniosamente.

—Hay algo de lo que debemos darnos cuenta—dijo Pethel en un cantonés retumbante aún peor que el de Tso-pin—. Una vez perdida la guerra contra nosotros, la juventud norteamericana ha desarrollado una aptitud notable para disimular.

Dijo la última palabra en inglés. Como no la entendía, Chien se volvió interrogante hacia su superior.

—Mentir—explicó Tso-pin.

—Pronunciar las consignas correctas en lo superficial, pero creerlas falsas interiormente—dijo Pethel. Los exámenes escritos de este grupo se parecerán mucho a los de los auténticos…

—¿Quiere decir que los exámenes escritos de dos mil estudiantes pasarán por mi oficina?—preguntó Chien. No podía creerlo—. Eso es un trabajo absorbente; no tengo tiempo para nada que se parezca.—Estaba espantado—. Dar aprobación o negativa crítica oficial a un grupo astuto como el que usted prevé…—gesticuló—. Me cago en…—inició en inglés.

Parpadeando ante el brutal insulto occidental, Tso-pin dijo:

—Usted tiene un equipo. Además, puede incorporar otros ayudantes. El presupuesto del Ministerio, aumentado este año, lo permitirá. Y recuerde: el mismo Benefactor Absoluto del Pueblo eligió al señor Pethel.

Ahora su tono era ominoso, aunque sólo sutilmente. Lo necesario para penetrar en la histeria de Chien y debilitarla hasta que se transformara en sumisión. Al menos momentánea. Para subrayar su afirmación, Tso-pin caminó hasta el fondo de la oficina; se detuvo ante el tridi-retrato tamaño natural del Benefactor Absoluto. Luego puso en funcionamiento el pasacinta montado tras el retrato. El rostro del Benefactor Absoluto se movió y brotó de él una homilía familiar, modulada en acentos más que familiares.

—Luchen por la paz, hijos míos—entonó con suavidad, con firmeza.

—Ajá—dijo Chien, aún perturbado, pero ocultándolo.

Era posible que una de las computadoras del Ministerio pudiese clasificar los exámenes escritos; podía emplearse una estructura de sí-no-quizá, junto a un preanálisis del esquema de corrección (o incorrección) ideológica. El asunto podía transformarse en rutina. Probablemente.

—He traído cierto material y me gustaría que usted lo analice, señor Chien—dijo Darius Pethel. Corrió el cierre de un desagradable y anticuado portafolio de plástico—. Dos ensayos de examen —dijo mientras le pasaba los documentos a Chien—. Esto nos permitirá saber si usted está capacitado para el trabajo.—Se volvió hacia Tso-pin. Sus miradas se encontraron—. Tengo entendido que si usted tiene éxito en la empresa será nombrado viceconsejero del Ministerio, y su Excelencia el Benefactor Absoluto del Pueblo le otorgará personalmente la medalla Kisterigian.

Pethel y Tso-pin le brindaron una sonrisa de cauteloso acuerdo.

—La medalla Kisterigian—repitió Chien como un eco. Aceptó los exámenes escritos, les dio un vistazo mostrando una tranquila indiferencia. Pero en su interior el corazón vibraba con tensión mal disimulada—. ¿Por qué estos dos? Quiero decir: ¿qué tengo que buscar en ellos, señor?

—Uno es obra de un progresista dedicado, un miembro leal del partido, cuyas convicciones han sido investigadas a fondo—dijo Pethel—. El otro es un joven stilyagi de quien se sospecha que sostiene degeneradas criptoideas imperialistas de pequeño burgués. Le corresponde decidir, señor, a quién pertenece cada trabajo.

Leyó el título del primer ensayo:

DOCTRINAS DEL BENEFACTOR ABSOLUTO ANTICIPADAS EN LA POESÍA DE BAHA AD-DIN ZUHAYR. DEL SIGLO TRECE. ARABIA.

Al hojear las primeras páginas, Chien vio una estrofa que le era familiar; se llamaba Muerte y la había conocido durante la mayor parte de su vida adulta, educada.

Fallará una vez, fallará dos veces,
sólo elige una entre muchas horas;
para él no hay profundidad ni altura,
es todo una llanura en donde busca flores.

—Poderoso—dijo Chien—. Este poema.

—El autor utiliza el poema para referirse a la sabiduría ancestral desplegada por el Benefactor Absoluto en nuestras vidas cotidianas, de modo que ningún individuo esté seguro—dijo Pethel al notar que los labios de Chien se movían releyendo la estrofa—. Todo somos mortales, y sólo la causa suprapersonal, históricamente esencial, sobrevive. Y así debe ser. ¿Estaría usted de acuerdo con él? ¿Con este estudiante, quiero decir? O…—Pethel hizo una pausa— ¿Quizás esté, en realidad, satirizando las proclamas de nuestro Benefactor Absoluto?

Precavido, Chien dijo:
—Permítame examinar el otro texto. —No necesita más información. Decida. Vacilante, Chien dijo:

—Yo… nunca había pensado en este poema de ese modo.—Se sentía irritado—. De todos modos, no es de Baha ad-Din Zuhayl forma parte de la recopilación las Mil y una noches. Sin embargo, es del siglo trece; lo admito.

Leyó con rapidez el texto que acompañaba al poema. Parecía ser un párrafo rutinario, poco inspirado, de clisés partidistas que él sabía de memoria. El ciego monstruo imperialista que segaba y absorbía (metáfora mixta) la aspiración humana, los cálculos del grupo anti-Partido aún en existencia en los Estados Unidos del Este… Se sentía sordamente aburrido, y tan poco inspirado como el estudiante del examen. Debemos perseverar, declaraba el texto. Eliminar los restos del Pentágono en las montañas Catskills, dominar a Tennessee y sobre todo el bolsón de reaccionarios empecinados de las colinas rojas de Oklahoma. Suspiró.

—Creo que debemos permitir que el señor Chien pueda considerar este difícil material cómodamente—dijo Tso-pin. Luego se dirigió a Chien—: Tiene permiso para llevarlo a su departamento, esta noche, y juzgarlos en sus horas libres.

Efectuó una reverencia entre burlona y solícita. Fuera o no un insulto, había librado a Chien del anzuelo, y Chien se lo agradecía.

—Son ustedes muy bondadosos al permitirme cumplir con esta nueva y estimulante labor en mis horas libres. De estar vivo, Mikoyan los aprobaría— murmuró.

“Bastardos—se dijo, incluyendo en el insulto tanto a su superior como al caucásico Pethel—. Arrojándome un clavo ardiente como éste, y en mis horas libres. Es obvio que el PC de Estados Unidos tiene problemas. Sus academias de adoctrinamiento no cumplen su trabajo con la excéntrica y muy terca juventud yanqui. Y se han ido 0asando este clavo ardiente de uno a otro hasta que llegó a mí.”

“Gracias por nada”, pensó con amargura.

Aquella noche, en su departamento pequeño pero bien equipado, leyó el otro examen, escrito esta vez por una tal Marion Culper, y descubrió que también tenía que ver con la poesía. Era obvio que se trataba de un curso de poesía. Siempre le había resultado desagradable la utilización de la poesía (o de cualquier arte) con propósitos sociales. De todos modos, sentado en su cómodo sillón especial enderezador de columna, imitación de cuero, encendió un enorme cigarro corona Cuesta Rey Número Uno del Mercado Inglés y empezó a leer.

La autora del ensayo, la señorita Culper, había elegido como texto las líneas finales de la famosa Canción para el día de Santa Cecilia, de un poema de John Dryden, poeta inglés del siglo XVII:

… Así, cuando la última y temible hora esta gastada procesión devore,
la trompeta se oirá en lo alto,
los muertos vivirán, los vivos morirán,
y la Música destemplará el cielo.

Bueno, esto es increíble, pensó Chien, cáusticamente. ¡Se supone que debemos creer que Dryden anticipó la caída del capitalismo? ¿Eso quiso decir al escribir "gastada procesión”?

Se inclinó para tomar el cigarro y descubrió que se había apagado. Tanteó en los bolsillos buscando su encendedor japonés, se detuvo…

¡Tuuiiii! se oyó por el televisor al otro lado de la sala de estar.

—Ajá—dijo Chien—. El Líder va a hablarnos. El Benefactor Absoluto del Pueblo. Lo hará desde Pekín, donde ha vivido durante los últimos noventa años. ¿O cien? O, como a veces nos gusta pensar en él, el Asno…

—Que los diez mil capullos de la abyecta pobreza autoasumida florezcan en vuestro jardín espiritual—dijo el locutor del canal televisivo.

Chien se detuvo con un gruñido y ejecutó la reverencia de respuesta obligatoria. Cada televisor estaba equipado con mecanismos de control que informaban a la Polseg, la Policía de Seguridad, si el propietario estaba haciendo la reverencia y/o mirando.

Un rostro claramente definido se manifestó en la pantalla: los rasgos amplios, lisos, saludables del líder del PC oriental, de ciento veinte años de edad, gobernante desde muchos…, demasiados años. Chien le sacó la lengua mentalmente y volvió a sentarse en el sillón de imitación de cuero, ahora frente al televisor.

—Mis pensamientos están concentrados en ustedes, hijos míos —dijo el Benefactor Absoluto con sus tonos ricos y lentos—. Y sobre todo en el señor Tung Chien, de Hanoi, que tiene una difícil tarea por delante, una tarea que enriquece al pueblo del Oriente Democrático, además de la Costa Oeste Americana. Debemos pensar todos juntos en este hombre noble y dedicado, y en el trabajo que enfrenta, y yo mismo he decidido emplear algunos momentos de mi tiempo para honrarlo y alentarlo. ¿Me está oyendo, señor Chien?

—Sí, Su Excelencia—dijo Chien, y consideró las posibilidades de que el Líder del Partido lo hubiera elegido a él en esta noche en especial.

Las posibilidades eran tan escasas que experimentó un cinismo anormal en un camarada. Le sonaba poco convincente. Lo más probable era que la transmisión se emitiera sólo a su edificio de departamentos… o al menos sólo a aquella ciudad. También podría ser un trabajo de sincronización labial hecho en la TV de Hanoi. Incorporado. Sea como fuere, se le exigía que escuchara y mirara… y absorbiera. Lo hizo, gracias a toda una vida de práctica. Exteriormente parecía prestar una atención inflexible. En su fuero interno aún cavilaba sobre los dos exámenes escritos, preguntándose cuál era el correcto: ¿dónde terminaba el devoto entusiasmo por el Partido y comenzaba la sátira sardónica? Era difícil determinarlo…, lo cual explicaba, desde luego, por qué habían descargado la labor en su regazo.

Volvió a tantear los bolsillos en busca del encendedor… y encontró el sobrecito gris que le había vendido el mercachifle veterano de guerra. Recordó lo que le había costado. Dinero tirado, pensó. ¿Y qué era lo que hacía este remedio? Nada. Dio vuelta al envoltorio y vio, en la parte de atrás, un texto en letras muy pequeñas. Comenzó a desdoblar el paquete con cuidado. Las palabras lo habían atrapado… para eso estaban preparadas, por supuesto.

¿Fracasando como miembro del Partido y ser humano? ¿Temeroso de volverse obsoleto y ser arrojado al montón de cenizas de la historia por

Paseó la vista con rapidez sobre el texto, ignorando sus afirmaciones, buscando datos para saber qué había comprado.

Entretanto, la voz del Benefactor Absoluto seguía zumbando.

Rapé. El paquetito contenía rapé. Innumerables granitos negros, como pólvora, de los que subía un atrayente aroma que le cosquilleó la nariz. Descubrió que el nombre de esa mezcla en particular era Princess Special. Y era muy agradable. En una época había tomado rapé (durante un tiempo, fumar tabaco había estado prohibido por razones sanitarias) en sus días de estudiante en la Universidad de Pekín; estaba de moda, sobre todo las mezclas afrodisíacas preparadas en Chungking. ¿Sería ésta como aquéllas? Al rapé se le podía agregar casi cualquier sustancia aromática, desde esencia de naranja hasta excremento de bebé pulverizado… o al menos eso parecían algunas, sobre todo una mezcla inglesa llamada High Dry Toast que por sí sola habría bastado para poner punto final a su costumbre de inhalar tabaco.

En la pantalla televisiva el Benefactor Absoluto seguía retumbando monótono, mientras Chien aspiraba el polvo con cautela y leía el prospecto: curaba todo, desde llegar tarde al trabajo hasta enamorarse de mujeres con pasado político dudoso. Interesante. Pero típico de los prospectos…

Sonó el timbre.

Se levantó y caminó hasta la puerta, sabiendo perfectamente lo que iba a encontrar. Como no podía ser de otra manera, allí estaba Mou Kuei, el guardia del edificio, pequeño y torvo y dispuesto a cumplir con su deber; se había colocado la faja en el brazo y el casco metálico, para mostrar que estaba de servicio.

—Señor Chien, camarada trabajador del Partido. He recibido una llamada de la autoridad televisiva. Usted no está mirando su pantalla y en vez de eso juguetea con un paquete de contenido dudoso.—Extrajo un anotador y un bolígrafo—. Dos marcas rojas, y se le ordena en forma sumaria que a partir de ese momento descanse en una posición cómoda y sin tensiones ante su pantalla, y brinde al Líder su excelsa atención. Esta noche sus palabras se dirigen a usted en especial, señor. A usted.

—Lo dudo—se oyó decir Chien.
Parpadeando, Kuei dijo:
—¿Qué quiere usted decir?
—El Líder gobierna ocho mil millones de camaradas. No va a elegirme a mí. Se sentía furioso; la exactitud del reproche del guardia lo fastidiaba.

Kuei dijo:

—Lo oí claramente con mis propios oídos. Usted fue mencionado.

Acercándose al televisor, Chien aumentó el volumen.

—¡Pero ahora está hablando sobre el fracaso de las cosechas en la India Popular! Eso no tiene importancia para mí.

—Todo lo que el Líder expone es importante.—Mou Kuei garabateó una marca en la hoja de su anotador, se inclinó ceremoniosamente y se giró—. La orden de venir aquí para que usted enfrentara su negligencia procedía del Departamento Central. Es obvio que consideran importante su atención; debo ordenarle que ponga en marcha el circuito de grabación automática y vuelva a pasar las partes anteriores del discurso del Líder.

Chien hizo un sonido obsceno con la lengua. Y cerró la puerta.

Caminó hasta el televisor, empezó a apagarlo; una luz roja parpadeó de inmediato, informándole que no tenía permiso para hacerlo: en realidad, no podía terminar con la perorata y la imagen, ni siquiera desenchufándolo. “Los discursos obligatorios nos van a matar—pensó—. Nos van a enterrar a todos; si pudiera librarme del ruido de los discursos, librarme del alboroto del Partido cuando ladra para azuzar a la humanidad… ”

Sin embargo, no había ordenanza conocida que le impidiera tomar rapé mientras contemplara al Líder. Así que abrió el paquetito gris y derramó una porción de gránulos negros sobre el dorso de su mano izquierda. Luego alzó la mano con gesto profesional hasta su nariz e inhaló profundamente, haciendo que el polvo le penetrase bien en las fosas nasales. Pensó en la antigua superstición. Que las fosas nasales están conectadas con el cerebro, y en consecuencia la inhalación de rapé afectaba en forma directa la corteza cerebral. Sonrió, otra vez sentado, con la vista fija en la pantalla y en el individuo gesticulante tan conocido por todos.

El rostro se fue achicando, desapareció. El sonido cesó. Estaba ante un vacío, una superficie lisa. La pantalla, frente a él, era blanca y pálida, y en el altavoz sonaba un débil zumbido.

Inhaló golosamente el polvo que quedaba sobre la mano, haciéndolo subir con avidez hacia la nariz, hacia las fosas nasales y—o al menos así lo sentía—hacia el cerebro; se hundió en el rapé, absorbiéndolo con júbilo.

La pantalla permaneció vacía y luego, en forma gradual, una imagen fue tomando forma. No era el Líder. No era el Benefactor Absoluto del Pueblo; a decir verdad, no era nada que se pareciera a una figura humana.

Ante él había un muerto aparato metálico, construido con circuitos impresos, seudópodos giratorios, lentes y una caja chirriante. Y la caja empezó a arengarlo con un clamor zumbante y monótono.

Sin poder apartar los ojos de la imagen pensó: “¿Qué es esto? ,¿La realidad? Una alucinación—decidió—. El vendedor ambulante ha hallado alguna de las drogas psicodélicas utilizadas durante la Guerra de Liberación… ¡La está vendiendo y yo tomé un poco, tomé una porción completa!”

Caminó dificultosamente hasta el videófono y marcó el número de la seccional Polseg más cercana al edificio.

—Quiero informar sobre un traficante de drogas alucinógenas —dijo en el receptor.

—¿Podría decirme su nombre, señor, y la ubicación de su departamento?

Era un burócrata oficial eficiente, enérgico e impersonal.

Le dio la información, luego volvió tambaleando a su sillón a imitación de cuero, para presenciar una vez más la aparición sobre la pantalla televisiva. “Esto es mortal—se dijo—. Debe de ser un producto desarrollado en Washington D. C., o en Londres: más fuerte y más extraño que el LSD-25 que vertieron con tanta eficacia en nuestros depósitos de agua. Y yo creía que iba a aliviarme de la carga de los discursos del Líder… esto es mucho peor, esta monstruosidad electrónica, de plástico y acero, farfullando, contorsionándose, parloteando: es algo terrorífico.”

“Tener que enfrentarme a esto por el resto de mis días…”

El equipo de dos hombres de la Polseg llegó en diez minutos. Y para entonces la imagen familiar del Líder había vuelto a entrar en foco en una serie de pasos sucesivos, reemplazando la horrible construcción artificial que agitaba sus tentáculos y chirriaba sin fin. Temblando, Chien hizo entrar a los dos agentes y los condujo hasta la mesa donde había dejado el paquete con el resto de rapé.

—Toxina psicodélica—dijo con voz apagada—. Efectos de corta duración. La corriente sanguínea la absorbe en forma directa, a través de los capilares nasales. Les daré detalles acerca de cómo la conseguí, quién me la vendió, y demás.

Aspiró con fuerza, tembloroso; la presencia de la policía era reconfortante.

Con los boligrafos listos, los dos oficiales esperaban. Y durante todo ese tiempo sonaba como fondo el discurso interminable del Líder. Como había ocurrido mil veces antes en la vida de Tung Chien. “Pero nunca volverá a ser igual—pensó—, al menos para mí. No después de inhalar ese rapé casi tóxico.”

“¿Eso es lo que ellos pretendían?”, se preguntó.

Le pareció extraño pensar en ellos. Curioso… pero de algún modo correcto. Vaciló un instante, sin dar a la policía los detalles necesarios para encontrar al hombre. Un vendedor ambulante, empezó a decir. No sé dónde; no puedo recordar.

Pero recordaba la intersección exacta de las calles. Así que, con una resistencia inexplicable se lo dijo.

—Gracias, camarada Chien.—El agente de mayor graduación tomó con cuidado lo que quedaba de rapé (quedaba la mayor parte) y lo colocó en el bolsillo de su uniforme severo, elegante—. Le informaremos de inmediato en caso de que tenga que tomar medidas médicas. Algunas de las antiguas sustancias psicodélicas de la guerra eran fatales, como sin duda usted habrá leído.

—He leído—asintió.
Justamente en eso había estado pensando.
—Buena suerte y gracias por avisarnos—dijeron los dos agentes, y partieron.

El informe del laboratorio llegó con rapidez sorprendente, teniendo en cuenta la burocracia estatal. Se lo pasaron por el videófono antes de que el Líder hubiese terminado su discurso televisivo.

—No es un alucinógeno—le informó el técnico del laboratorio Polseg.

—¿No?—dijo perplejo y, extrañamente, sin sentir alivio en ningún aspecto.

—Todo lo contrario. Es una fenotiacina, que como usted sin duda sabe es antialucinógena. Una fuerte dosis por cada gramo de mezcla, pero inofensiva. Puede bajarle la presión arterial o darle sueño. Es probable que la hayan robado de algún escondite de provisiones médicas de la guerra abandonado durante la retirada. Yo en su caso no me preocuparía.

Chien colgó el videófono lentamente, abstraído. Y luego caminó hasta la ventana del departamento, la ventana que daba sobre la espléndida vista de otros edificios horizontales de Hanoi.

Sonó el timbre. Cruzó la sala alfombrada para contestar, como en un trance.

La muchacha que estaba allí de pie, vestida con un impermeable y un pañuelo atado sobre su cabello oscuro, brillante y muy largo, dijo con una tímida vocecita:

—Eh… ¿Camarada Chien? ¿Tung Chien? Del Ministerio de…

—Han estado controlando mi videófono—le dijo; era un disparo al azar, pero una certeza muda le indicaba que era cierto.

—¿Ellos… se llevaron lo que quedaba de rapé?—Miró a su alrededor—. Oh, espero que no; es tan difícil conseguirlo en estos días.

—El rapé es fácil de conseguir—dijo él—. La fenotiacina, no. ¿Es eso lo que quiere usted decir?

La muchacha alzó la cabeza y lo estudió con sus amplios y oscuros ojos lunares.

—Sí, señor Chien… —Vaciló, con una indecisión tan obvia como la seguridad de los agentes de la Polseg—. Cuénteme lo que vio; para nosotros es muy importante estar seguros.

—¿Acaso puedo elegir?—dijo él, irónico.

—S… sí, ya lo creo. Eso es lo que nos confundió; eso es lo que se salió de los planes. No comprendemos; no se adapta a ninguna teoría. —Sus ojos se hicieron aún más oscuros y profundos—: ¿Tomó la forma del horror acuático? ¿O de la cosa con fango y dientes, la forma de vida extraterrestre? Por favor, dígamelo; necesitamos saberlo.

Su respiración era irregular, forzada, el impermeable subía y bajaba; Chien se descubrió contemplando el ritmo con que lo hacía.

—Una máquina—dijo.

—¡Oh!—ella sacudió la cabeza, asintiendo con vigor—. Sí, entiendo; un organismo mecánico que no se parece en nada a un hombre. No es un simulacro, algo construido para parecerse a un hombre.

—Este no parecía un hombre—dijo Tung Chien, y agregó para sí: “y no podía, no pretendía hablar como un hombre”.

—Usted comprende que no era una alucinación.

—Oficialmente me informaron que lo que tomé era fenotiacina. Eso es todo lo que sé.

Decía lo mínimo posible, no quería hablar ni oír. Oír lo que la muchacha pudiera decirle.

—Bien, señor Chien…—lanzó un suspiro hondo, inseguro—. Si no era una alucinación, entonces ¿qué era? ¿Qué es lo que nos queda? Lo que llamamos “super-conciencia”, ¿puede ser esto?

Él no contestó; dándole la espalda, tomó con lentitud los dos exámenes escritos, los hojeó, ignorándola. Esperando la próxima tentativa de la muchacha.

Apareció por sobre su hombro, exhalando un aroma a lluvia primaveral, a dulzura y agitación; su olor era hermoso, y su aspecto, y su modo de hablar. “Tan distinto de los ásperos discursos esquemáticos que oímos en la televisión y que he oído desde que nací.”

—Algunos de los que toman la estelacina, y lo que usted tomó era estelacina, ven una aparición, algunos, otra. Pero han surgido distintas categorías; no hay una variedad infinita. Unos ven lo que usted vio, que llamamos el Chirriante. Otros ven el horror acuático, el Tragón. Y luego están el Pájaro, y el Tubo Trepador, y…—se interrumpió—. Pero otras reacciones nos dicen muy poco.—Vaciló, luego siguió adelante—. Ahora que le ha ocurrido esto, señor Chien, nos gustaría que se uniera a nuestra agrupación y que se unan a su grupo particular los que ven lo que usted ve. El Grupo Rojo. Queremos saber qué es eso realmente…—Hizo un gesto con sus dedos delgados, suaves como la cera—. No puede ser todas esas manifestaciones a la vez.

Su tono era conmovedor, ingenuo. Chien sintió que su tensión se relajaba… un poco.

—¿Qué ve usted?—dijo—. Usted en particular.

—Formo parte del Grupo Amarillo. Veo… una tormenta. Un remolino quejumbroso, maligno. Que lo arranca todo de raíz, tritura edificios horizontales construidos para durar un siglo.—Sobre su rostro apareció una sonrisa melancólica—. El Triturador. Son doce grupos en total, señor Chien. Doce experiencias absolutamente distintas, todas provocadas por las mismas fenotiacinas, todas del Líder cuando habla por televisión. Cuando eso habla, mejor dicho.

Sonrió hacia él, con sus largas pestañas (probablemente artificiales) y su mirada atractiva e incluso confiada. Como si creyera que él sabía algo o podía hacer algo.

—Como ciudadano debería hacerla arrestar—dijo un momento después.

—No hay leyes acerca de esto. Estudiamos los escritos jurídicos soviéticos antes de… encontrar gente que distribuyera la estelacina. No tenemos mucha; debemos elegir cuidadosamente a quién se la damos. Nos pareció que usted era alguien adecuado…, un joven profesional de posguerra en ascenso, muy conocido, dedicado a su trabajo.—Tomó los exámenes escritos que él tenía en la mano—. ¿Le ordenaron hacer Lectu-pol?—preguntó.

—¿Lectu-pol?

No conocía el término.

—Analizar algo dicho o escrito para ver si se adecua a la visión del mundo actual del Partido. En su nivel jerárquico lo llaman sencillamente “leer”, ¿verdad?—Volvió a sonreír—. Cuando suba un escalón más, y esté junto al señor Tso-pin, conocerá esa expresión—agregó sombría—: Y al señor Pethel. Él ha llegado muy alto. No hay escuela ideológica en San Francisco; estos son exámenes fraguados, concebidos para que puedan reflejar un análisis cabal de su ideología política, señor Chien. “Y fue capaz de distinguir cuál texto es ortodoxo y cuál herético?—Su voz era como la de un duende. Se burlaba de él con divertida malicia—. Elija el equivocado y su carrera en flor morirá, se detendrá en seco. Elija el correcto…

—¿Usted sabe cuál es el correcto?—preguntó Chien.

—Sí—asintió ella con sobriedad—. Tenemos micrófonos ocultos en las oficinas internas del señor Tso-pin; controlamos su conversación con el señor Pethel… que no es el señor Pethel sino el Inspector Mayor de la Polseg, Judd Craine. Posiblemente haya oído hablar de él; actuó como asistente en jefe del juez Vorlawsky en los tribunales para crímenes de guerra de Zurich, en el noventa y ocho.

—Ya. .. veo—dijo con dificultad.

Bueno, aquello lo explicaba todo.

—Me llamo Tanya Lee —dijo la muchacha.

Chien no dijo nada; sólo asintió, demasiado aturdido como para hacer funcionar su cerebro.

—Técnicamente soy un empleado sin importancia en su Ministerio—dijo la señorita Lee—. Nunca nos hemos encontrado, al menos que yo recuerde. Tratamos de obtener puestos en todos los lugares que podamos. Los más altos posible. Mi propio jefe…

—¿Le parece correcto que me lo cuente?—señaló el televisor, que seguía encendido—. ¿No lo estarán registrando?

—Instalamos un factor de interferaencia en la recepción visual y auditiva de este edificio—dijo Tanya Lee—. Les llevará casi una hora localizarlo. Así que tenemos…—se fijó en el reloj de pulsera de su delgada muñeca—quince minutos más. Y aún estaremos seguros.

—Dígame cuál de los escritos es el ortodoxo. —¿Eso es lo que le importa? ¿Realmente?
—¿Y qué es lo que debería importarme?—dijo él.

—¿No entiende, señor Chien? Usted ha aprendido algo. El Líder no es el Líder; es otra cosa, pero no podemos saber qué. Aún no. Señor Chien, con el debido respeto, ¿alguna vez hizo analizar su agua corriente? Sé que suena paranoico, ¿pero lo hizo?

—No—dijo Chien—. Por supuesto que no—sabiendo lo que iba a decir la muchacha.

La señorita Lee dijo con rapidez:

—Nuestros análisis demuestran que está saturada de alucinógenos. Lo está, lo estuvo y lo seguirá estando. No del tipo utilizado durante la guerra; no son los desorientadores, sino un derivado sintético, casi un alcaloide, llamado Datrox-3. Usted lo bebe en el edificio desde que se levanta; lo bebe en los restaurantes y en los departamentos que visita. Lo bebe en el Ministerio; llega por las cañerías desde una sola fuente central.—Su tono era frío y feroz—. Resolvimos el problema; apenas efectuamos el descubrimiento supimos que cualquier fenotiacina podía contrarrestarlo. Lo que no sabíamos, por supuesto, era esto: una variedad de experiencias auténticas; desde un punto de vista racional, eso no tiene sentido. Lo que debería cambiar de una persona a otra es la alucinación, y la experiencia de lo real debería ser omnipresente: está dado al revés. Ni siquiera hemos logrado elaborar una teoría adecuada que pueda explicarlo, y Dios sabe que lo hemos intentado. Doce alucinaciones que se excluyen entre sí: eso sería fácil de comprender. Pero no una alucinación y doce realidades.—Dejó de hablar y observó los dos exámenes escritos—. El del poema árabe es el ortodoxo— afirmó—. Si les dice eso confiarán en usted y le otorgarán un cargo más alto. Será un paso adelante en la jerarquía de la oficialidad del Partido. —Sus dientes eran perfectos y adorables. Sonriendo, terminó—: Su carrera está asegurada por un tiempo. Y gracias a nosotros.

—No le creo—dijo Chien.

Instintivamente, la cautela actuaba en su interior, la cautela de toda una vida vivida entre los duros hombres de la rama Hanoi del PC Oriental. Conocían una infinidad de métodos para dejar a un rival fuera de combate: había empleado algunos él mismo. Había visto otros utilizados contra él o contra los demás. Este podía ser un nuevo método, uno que no le resultaba familiar. Siempre era posible.

—En el discurso de esta noche, el Líder se dirigió a usted en especial—dijo la señorita Lee—. ¿No le sonó extraño? ¿Usted entre todos? Un funcionario menor de un pobre Ministerio.

—Lo admito—dijo—. Me dio esa impresión, sí.

—Era auténtico. Su Excelencia está preparando una élite de hombres jóvenes, de posguerra; espera que infunda nueva vida a la jerarquía fanática y moribunda de vejestorios y mercenarios del Partido. Su Excelencia lo eligió a usted por la misma razón que nosotros: si prosigue su carrera en forma correcta, ésta lo llevará a la cúspide. Al menos por un tiempo…, por lo que sabemos. Esas son las perspectivas.

"Así que prácticamente todos confían en mí—pensó Chien—. Salvo yo mismo; y mucho menos después de la experiencia con el rapé antialucinógeno. Eso había sacudido años de confianza. Sin embargo, empezaba a recuperar la serenidad; al principio lentamente, luego de golpe.

Fue hasta el videófono, alzó el receptor y comenzó a marcar el número de la Policía de Seguridad de Hanoi, por segunda vez en esa noche.

—Entregarme sería la segunda decisión regresiva que usted puede hacer—dijo la señorita Lee—. Les diré que me trajo aquí para sobornarme; usted pensaba que por mi posición en el Ministerio yo sabría qué examen escrito elegir.

—¿Y cuál fue mi primera decisión regresiva?—preguntó él.

—No tomar una dosis mayor de fenotiacina—dijo llanamente la señorita Lee.

Mientras colgaba el videófono, Chien pensó: "No entiendo lo que me está pasando. Hay dos fuerzas: por un lado el Partido y Su Excelencia… por el otro esta muchacha con su supuesto grupo. Uno quiere hacerme ascender lo más posible dentro de la jerarquía del partido; el otro…” ¿Qué quería Tanya Lee? Por debajo de las palabras, dentro de una membrana de desdén casi trivial por el Partido, el Líder, los esquemas éticos del Frente Democrático Unido del pueblo: ¿qué pretendía ella respecto a él?

—¿Es usted anti-Partido?—preguntó con curiosidad.

—No.

—Pero…—hizo un gesto—. Eso es todo lo que existe: Partido y anti-Partido. Usted debe de ser del Partido, entonces.—La miró a los ojos, perplejo; ella le sostuvo la mirada con serenidad—. Ustedes tienen una organización y se reúnen. ¿Qué pretenden destruir? ¿El funcionamiento normal del gobierno? Son como los estudiantes desleales de los Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, cuando detenían a los trenes de tropas, hacían demostraciones…

—No era así—dijo la señorita Lee con tono cansado—. Pero olvídelo; ese no es el tema. Lo que queremos saber es esto: ¿quién qué nos está dirigiendo? Debemos avanzar lo suficiente como para enrolar a alguien, un joven técnico en ascenso del Partido, que pueda llegar a ser invitado a una entrevista personal con el Líder, ¿comprende?—Su voz se hizo apremiante; consultó el reloj, era obvio que estaba ansiosa por partir: casi habían pasado los quince minutos—. En realidad, hay muy pocas personas que ven al Líder. Quiero decir verlo verdaderamente.

—Está recluido—dijo él—. Por su avanzada edad.

—Tenemos esperanzas de que si usted pasa la prueba fraguada que le han preparado, y con mi ayuda lo hará, será invitado a una de las reuniones que el Líder convoca de vez en cuando, de las que por supuesto no informan los periódicos. ¿Entiende ahora?—Su voz se hizó aguda, en un frenesí de desesperación—. Entonces sabríamos. Si usted puede entrar bajo la influencia de la droga antialucinógena, podrá enfrentar cara a cara lo que él es realmente…

Pensando en voz alta, Chien dijo:

—Y terminar con mi carrera como servidor público. Y quizá también con mi vida.

—Usted nos debe algo—estalló Tanya Lee, con las mejillas blancas—. Si yo no le hubiera dicho qué texto escoger habría elegido el equivocado y su carrera de servidor público habría terminado de cualquier manera. Habría fallado… ¡fallado en una prueba que ni siquiera sabía qué se pretendía con ella!

—Tenía un cincuenta por ciento de posibilidades a mi favor —dijo él con suavidad.

—No.—La muchacha sacudió la cabeza con furia—. El texto herético está adulterado con un montón de jerga partidista; elaboraron los dos escritos deliberadamente para atraparlo. ¡Quieren que usted falle!

Chien examinó otra vez los textos, confundido. “Tenía ella razón? Era posible. Probable. Conociendo como conocía a los funcionarios, y en particular a Tso-pin, su superior, aquello sonaba convincente. Se sintió cansado. Derrotado. Luego dijo a la muchacha:-

—Lo que están tratando de obtener de mí es un quid pro quo. Ustedes hicieron algo por mí: consiguieron, o pretenden haber conseguido, la respuesta para esta consulta del partido. Pero ya cumplieron con su parte. ¿Qué puede impedirme que la eche de aquí de mal modo? No estoy obligado a hacer absolutamente nada.

Oyó su propia voz, monótona, con la pobreza de énfasis emocional típica de los círculos del Partido.

La señorita Lee dijo:

—Mientras usted siga subiendo en la escala jerárquica, habrá otras consultas. Y las controlaremos también para usted en esos casos.

Estaba tranquila, serena; era obvio que había previsto su reacción.

—¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo?

—Ahora me voy. No tenemos prisa; usted no va a recibir una invitación a la villa del Río Amarillo del Líder ni la semana próxima ni el mes próximo.—Mientras se dirigía a la puerta y la abría, hizo una pausa—. Nos pondremos en contacto con usted a medida que le den las pruebas de clasificación camufladas; le suministraremos las respuestas: se encontrará con uno o más de nosotros en esas ocasiones. Lo más probable es que no sea yo; ese veterano de guerra incapacitado le venderá las hojas con las respuestas correctas cuando usted salga del edificio del Ministerio. —Le brindó una sonrisa breve, como una vela que se apaga—. Pero uno de estos días, seguramente en forma inesperada, recibirá una invitación formal, elegante y oficial para ir a la villa del Líder, y cuando lo haga irá bien sedado con estelacina… quizá la última dosis de nuestra ya escasa provisión. Buenas noches.

La puerta se cerró tras ella: había partido.

"Pueden chantajearme por lo que he hecho—pensó—. Y ni siquiera se molestó en mencionarlo; visto y considerando en lo que están implicados, no valía la pena hacerlo. Ya había informado a la patrulla de la Polseg que le habían dado una droga que resultó ser una fenotiacina. Así que ellos lo saben. Me vigilarán; estarán alerta. Técnicamente, no he violado ninguna ley, pero… estarán vigilando… Sin embargo, siempre vigilan, de un modo u otro.”

Se relajó un poco pensando en eso. Con el paso de los años se había acostumbrado, como todos.

“Veré al Benefactor Absoluto del Pueblo como es—se dijo—.Cosa que posiblemente nadie haya hecho. ¿Qué será? ¿Cuál de las subclases de imágenes no alucinatorias? Clases que ni siquiera conozco… una visión que puede abrumarme por completo. ¿Cómo voy a mantener la calma y el equilibrio durante esa noche, si es como la forma que vi en la pantalla del televisor? El Triturador, el Chirriante, el Pájaro, el Tubo Trepador, el Tragón… o algo peor.”

Se preguntó en qué consistinan algunas de las otras visiones… y luego abandonó ese tipo de especulación; era improductiva. Y provocaba ansiedad.

A la mañana siguiente, el señor Tso-pin y el señor Darius Pethel lo encontraron en su oficina, ambos tranquilos pero expectantes. Sin decir una palabra, les tendió uno de los dos “exámenes escritos”. El ortodoxo, con su breve y angustioso poema árabe.

—Este es obra de un dedicado miembro o candidato a miembro del Partido—dijo con firmeza—. El otro…—arrojó las hojas restantes sobre el escritorio—. Basura reaccionaria. —Se sentía furioso—. A pesar de una superficial…

—Está bien, señor Chien—dijo Pethel, asintiendo—. No necesitamos explorar todas y cada una de las ramificaciones; su análisis es correcto. ¿Oyó que anoche el Líder lo mencionó en su discurso televisivo?

—Por supuesto que sí—dijo Chien.

—Entonces sin duda habrá deducido que hay algo muy importante implicado en lo que estamos intentando—dijo Pethel. El Líder está interesado en usted; eso es evidente. Para ser más precisos, se ha comunicado conmigo al respecto.—Abrió su atestado portafolios y revolvió en su interior—. Extravié el maldito asunto. De todos modos…—Miró a Tso-pin, que asintió levemente—. A Su Excelencia le agradaría verlo en la cena que ofrecerá el próximo jueves por la noche en la villa del Río Yangtsé. Sobre todo, la señora Fletcher aprecia…

—¿La señora Fletcher?—dijo Chien—. ¿Quién es la señora Fletcher? Luego de una pausa Tso-pin dijo con voz seca:

—La esposa del Benefactor Absoluto. El verdadero nombre de Su Excelencia, que sin duda usted no habrá oído nunca, es Thomas Fletcher.

—Es un caucásico—explicó Pethel—. Procede del Partico Comunista Neozelandés; participó en la difícil lucha por el poder en ese país. Esta información no es secreta en sentido estricto, pero por otra parte no se ha divulgado.—Titubeó, jugueteando con cadena de su reloj—. Probablemente sea mejor que la olvide. Desde luego, apenas se encuentre con él cara a cara lo advertirá, se dará cuenta de que es un caucásico. Como yo. Como muchos de nosotros.

—La raza no tiene nada que ver con la lealtad hacia el Líder y el Partido—señaló Tso-pin—. El señor Pethel es un ejemplo.

“Su Excelencia engaña—pensó Chien—. Sobre la pantalla de televisión no parecía ser occidental. ”

—En la televisión…—comenzó a decir.

—La imagen es sometida a una complicada serie de retoques habilidosos— interrumpió Tso-pin—. Por motivos ideológicos. La mayor parte de las personas que ocupan altos puestos lo saben.

Y clavó en Chien una mirada de dura crítica.

“Así que todos están de acuerdo—pensó Chien—. Lo que vemos todas las noches no es real. La cuestión es: ¿hasta qué punto es irreal? ¿Parcialmente? ¿O completamente?”

—Estaré preparado—dijo con rigidez.

“Ha habido un fallo—pensó—. El grupo que representa Tanya Lee no esperaba que yo consiguiera entrar tan pronto. ¿Dónde está el antialucinógeno? ¿Podrán alcanzármelo o no? Es probable que no, con tan poco tiempo. ”

Extrañamente, se sintió aliviado. Iba a presentarse ante Su Excelencia en una situación que le permitiría verlo como ser humano, verlo como él (y todos los demás) lo veían en la televisión. Sería una cena partidista estimulante y alegre, con algunos de los miembros más influyentes del Partido en Asia. “Creo que podremos pasarlo bien sin las fenotiacinas”, se dijo. Y su sensación de alivio aumentó.

—Por fin la encontré—dijo Pethel de pronto, extrayendo un sobre blanco del portafolios—. Su tarjeta de entrada. Usted viajará en sino-cohete hasta la villa del Líder el jueves por la mañana; allí el oficial de protocolo lo instruirá acerca de cómo debe comportarse. Se trata de una cena de etiqueta, con corbata blanca y frac, pero la atmósfera será cordial. Siempre hay brindis en abundancia. He asistido a dos reuniones semejantes.—Emitió una sonrisa chillona—. EI señor Tso-pin no ha sido honrado de la misma forma. Pero como dicen, todo llega para quien sabe esperar. Ben Franklin lo dijo.

—Para el señor Chien la ocasión ha llegado de modo bastante prematuro—dijo Tso-pin. Se encogió de hombros filosóficamente. Pero nunca solicitaron mi opinión.

—Otra cosa—le dijo Pethel a Chien—. Es posible que cuando vea a Su Excelencia en persona se sienta desilusionado en ciertos aspectos. Esté atento para que no se note, si esos son sus sentimientos. Siempre nos hemos inclinado, y hemos sido educados para eso, a considerarlo como algo más que un hombre. Pero en la mesa es… un tonto malicioso. En algún sentido, como nosotros mismos. Por ejemplo, puede dar rienda suelta a un aspecto moderadamente humano de actividad oral agresiva y pasiva; quizá cuente una broma fuera de lugar o beba demasiado… Para ser francos, nadie sabe por anticipado cómo terminarán esas reuniones, pero por lo general duran hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Así que sería sensato que acepte la dosis de anfetaminas que le ofrecerá el oficial de protocolo.

—¿Cómo?—dijo Chien.

Aquello era algo nuevo e interesante.

—Para la tensión nerviosa. Y para equilibrar los efectos de la bebida. Su Excelencia tiene un poder de resistencia admirable; a menudo sigue en pie y ansioso por continuar cuando todos los demás han abandonado.

—Un hombre notable—intervino Tso-pin—. Creo que sus… excesos sólo demuestran que es un compañero magnífico. Y completo; es como el hombre ideal del Renacimiento: como Lorenzo de Médicis, por ejemplo.

—Sí, eso es lo que uno piensa—confirmó Pethel.

Escrutó a Chien con tanta intensidad, que éste volvió a sentir el temor de la noche pasada. “¿Me están llevando de trampa en trampa?—se preguntó—. Aquella muchacha; ¿era en realidad un agente de la Polseg, poniéndome a prueba, buscando en mí una veta desleal, antipartidista?”

Se las arregló para esquivar al vendedor sin piernas de remedios vegetales al salir del trabajo; volvió al departamento por un camino totalmente distinto.

Tuvo éxito. Evitó al vendedor ese día, y también al día siguiente, y así hasta el jueves.

El jueves por la mañana, el vendedor ambulante salió como un bala de abajo de un camión estacionado y le obstruyó el camino enfrentándolo.

—¿Mi medicina?—preguntó el vendedor—. ¿Le sirvió? Sé que lo hizo; la fórmula viene de la dinastía Sung… podría asegurar que surtió efecto. ¿No es así?

—Déjeme—dijo Chien.

—¿Tendría la bondad de contestarme?—El tono no era el lloriqueo esperado, clásico de un vendedor callejero operando en forma marginal; y ese tono llegó con fuerza a Chien; lo oyó alto y claro… según el dicho proverbial de las tropas títeres imperialistas.

—Sé lo que me dio—dijo Chien—. Y no quiero más. Si cambio de idea puedo comprarlo en una farmacia. Gracias.

Empezó a caminar, pero el carrito, con su ocupante sin piernas, lo persiguió. —La señorita Lee estuvo hablando conmigo—dijo el vendedor en voz alta.

—Ajá—dijo Chien, y aumentó en forma automática la marcha distinguió un taxi y empezó a hacerle señas.

—Esta noche va a asistir a la cena de la villa del Río Yang —dijo el vendedor, jadeando por el esfuerzo de mantener el ritmo de marcha—. ¡Tome la medicina… ahora!—Implorante, tendió un envoltorio—. Por favor, Miembro del Partido Chien por su propio bien, por el de todos nosotros. Así podremos saber contra qué luchamos. Buen Dios, podría ser algo extraterrestre ese es nuestro principal temor. ¿No comprende, Chien? ¿Qué su maldita carrera comparada con eso? Si no podemos averiguarlo…

El taxi frenó sobre el pavimento; su puerta se abrió. Chien empezó a abordarlo.

El paquete pasó junto a él, aterrizó sobre el borde inferior de la puerta, luego se deslizó hacia la alcantarilla, mojada por la lluvia reciente.

—Por favor—dijo el vendedor—. Y no le costará nada; hoy es gratis. Sólo agárrelo, úselo antes de la cena. Y no utilice las anfetaminas; son un estimulante talámico, contraindicado cuando se toma un depresivo de las adrenales como la fenotiacina…

La puerta del taxi se cerró tras Chien, y éste se sentó.
—¿Adónde vamos, camarada?—preguntó el mecanismo robot de conducción. Le dio la chapa con el número que indicaba su departamento.

—Ese mercachifle imbécil se las arregló para introducir su mugrienta mercancía en mi inmaculado interior—dijo el taxi—. Fíjese. Está junto a su zapato.

Chien vio el paquete; era sólo un sobre de aspecto común. “Supongo que es así como las drogas llegan a uno”, pensó; de pronto estaba allí. Se quedó inmóvil por un momento. Luego lo levantó.

Como en la primera vez, un papel escrito acompañaba al producto, pero vio que ahora estaba escrito a mano. Una letra femenina: de la señorita Lee:

Nos sorprendió por lo repentino. Pero gracias al cielo estábamos preparados. ¿Dónde se encontraba el martes y el miércoles? De todos modos, aquí lo tiene y buena suerte. Me pondré en contacto con usted durante la semana; no quiero que trate de localizarme.

Le prendió fuego a la nota y la hizo arder en el cenicero del taxi. Y se quedó con los gránulos negros.

“Durante todo este tiempo—pensó—. Alucinógenos en nuestra agua corriente. Año tras año. Décadas. Y no en tiempo de guerra sino de paz. Y no de parte del enemigo sino de nuestro propio campo. Quizá debiera tomar esto; quizá debiera averiguar qué es él o eso y dejar que el grupo de Tanya Lee lo sepa.”

Lo haré, decidió. Y además… tenía curiosidad.

Una emoción perniciosa, lo sabía. Sobre todo en las actividades del Partido la curiosidad era un estado de ánimo que podía poner punto final a su carrera.

Un estado de ánimo que por el momento lo invadía por completo. Se preguntó si duraría hasta la noche, si inhalaría en realidad la droga cuando llegara el instante preciso.

El tiempo lo diría. Eso y todo lo demás. Como lo expresaba el poema árabe, “somos capullos en flor sobre la llanura, donde los elige la muerte”. Trató de recordar el resto del poema, pero no pudo. Tal vez no tuviera importancia.

El oficial de protocolo de la villa, un japonés llamado Kimo Okubara, alto y fornido, sin duda un ex luchador, lo examinó con hostilidad innata, incluso luego de haberle presentado su invitación grabada y demostrarle en forma fehaciente su identidad.

—Me sorprende que se haya molestado en venir—murmuró Okubara—. ¿Por qué no quedarse en casa y mirar la TV? Nadie le echa de menos. Hasta ahora lo pasamos bien sin usted.

—Ya he mirado la televisión—dijo Chien, envarado.

Y, de todos modos, rara vez se televisaban las cenas del Partido; eran demasiado indecentes.

La pandilla de Okubara lo cacheó dos veces en busca de armas incluyendo la posibilidad de un supositorio anal, y luego le devolvieron la ropa. Sin embargo, no encontraron la fenotiacina. Porque ya la había tomado. Sabía que los efectos de dicha droga duraban unas cuatro horas. Era más que suficiente. Y tal como Tanya le había dicho, era una dosis fuerte. Se sentía perezoso, inepto y mareado, la lengua se le movía en espasmos, en un falso mal de Parkinson, un efecto secundario desagradable que no había previsto.

A su lado pasó una muchacha, desnuda a partir del pecho, con largo cabello cobrizo cayéndole sobre los hombros y la espalda. Interesante.

Una muchacha desnuda a partir de las nalgas apareció en sentido opuesto. Interesante, también. Las dos parecían desocupadas y aburridas, y completamente dueñas de sí mismas.

—Usted también debe entrar así—informó Okubara a Chien.

Alarmado, Chien dijo:

—Tenía entendido que debía llevar corbata blanca y frac.

—Es broma—dijo Okubara—. Sólo las muchachas van desnudas. Hasta puede llegar a disfrutarlo, a menos que sea homosexual.

“Bueno—pensó Chien—, supongo que será mejor que me guste.” Comenzó a vagar entre los demás invitados. Usaban corbata blanca y frac, como él, y las mujeres vestidos largos de noche, y se sintió ansioso, a pesar del efecto tranquilizante de la estelacina. “¿Por qué estoy aquí?”, se preguntó. No se le escapaba la ambigüedad de su situación. Estaba allí para adelantar en su carrera

dentro del aparato del Partido, para obtener el gesto de aprobación íntimo y personal de Su Excelencia… Y por otro lado estaba allí para demostrar que Su Excelencia era un engaño. No sabía qué tipo de engaño, pero lo era: un engaño contra el Partido, contra todos los pueblos democráticos y amantes de la paz de la Tierra. Siguió mezclándose con la gente.

Una muchacha de pechos pequeños, brillantes, iluminados, se acercó a pedirle fuego. Sacó el encendedor con gesto abstraído.

—¿Qué es lo que hace resplandecer sus pechos?—le preguntó—. ¿Inyecciones radiactivas?

La muchacha se encogió de hombros y no dijo nada. Pasó por su lado, dejándole solo. Sin duda había actuado en forma incorrecta.

Quizá se tratase de una mutación de la época de la guerra, estimó.

—¿Una copa, señor?

Un sirviente le tendió una bandeja con elegancia. Aceptó un martini (que era el trago de moda entre las clases altas del Partido en China Popular) y probó el sabor seco y helado. Un buen gin inglés. O posiblemente la mezcla original holandesa; con enebro o algo así. No estaba mal. Siguió avanzando, sintiéndose mejor. En realidad, la atmósfera del lugar le resultaba agradable. Aquí la gente tenía confianza en sí misma. Habían triunfado y ahora podían relajarse. Evidentemente, era un mito que estar cerca de Su Excelencia producía ansiedad neurótica: al menos allí no veía el menor indicio, y él mismo apenas la sentía.

Un hombre calvo, maduro y fornido lo detuvo por el simple procedimiento de apoyar su copa contra el pecho de Chien.

—La pequeña que le pidió fuego—dijo el hombre, y resopló—. La tipa con los pechos como adornos navideños… era un muchacho, de compañía—soltó una risita—. Aquí hay que tener cuidado.

—¿Y dónde puedo encontrar mujeres auténticas, si es que las hay?—preguntó Chien—. ¿Entre las corbatas blancas y los fracs?

—Muy cerca—dijo el hombre, y partió con un tropel de invitados hiperactivos, dejando a Chien a solas con su martini.

Una mujer alta, elegante, bien vestida, que estaba de pie cerca de Chien, le agarró de pronto el brazo con la mano; Chien sintió que los dedos de la mujer se tensaban y ella le decía:

—Ahí viene Su Excelencia. Es la primera vez que lo veo. Estoy un poco asustada. ¿Tengo bien el pelo?

—Espléndido—dijo Chien, pensativo, y siguió la mirada de la mujer para ver por primera vez al Benefactor Absoluto.

Lo que cruzaba la habitación hacia la mesa del centro no era un hombre.

Y Chien advirtió que tampoco se trataba de un aparato mecánico. No era lo que había visto en la televisión. Evidentemente, aquello era un sencillo dispositivo para emitir discursos, así como Mussolini había utilizado un brazo artificial para saludar los desfiles largos y tediosos.

“Dios—pensó, y se sintió enfermo—. ¿Era esto lo que Tanya ee llamaba el "horror acuático”?“ No tenía forma. Ni pseudópodos de carne o metal. En cierto sentido no estaba allí. Cuando lograba mirarlo de frente, la forma se desvanecía. Veía a través de ella, veía la gente al otro lado: pero no la forma en sí misma. Su embargo, si giraba un poco la cabeza y la miraba de lado, la captaba y podía determinar sus limites.

Era terrible; lo abrumó de horror. A medida que avanzaba absorbía la vida de cada persona; devoró a la gente allí reunida, siguió su camino, volvió a comer, siguió comiendo con un apetito insaciable. Aquello odiaba. Chien sentía su odio. Aquello aborrecía. Chien sentía cómo aborrecía a todos los presentes: en realidad, él compartía su aborrecimiento. De repente, Chien y todos los que estaban en la enorme villa eran cada uno una babosa retorcida, y por encima de los caparazones de babosa caídos, la criatura saboreaba, se demoraba, pero siempre yendo hacia él: ¿o era una ilusión? "Si esto es una alucinación—pensó Chien—, es la peor que he tenido en mi vida. Si no lo es, entonces es una realidad maligna. Es algo maligno que mata y lastima.” Vio el rastro de sobras de hombres y mujeres pisoteados, amasados que el ser dejaba a su paso; los vio tratando de reponerse, de actuar con sus cuerpos tullidos: oyó cómo trataban de hablar.

“Sé quién eres—pensó Tung Chien—. Tú, el caudillo supremo de la estructura mundial del Partido. Tú, que destruyes cuanto objeto viviente tocas. Comprendo aquel poema árabe, la búsqueda de las flores de la vida para comerlas: te veo montado a horcajadas sobre la llanura que para ti es la Tierra, una llanura sin profundidades ni alturas. Vas a todas partes, apareces en cualquier momento, devoras todo. Edificas la vida y luego la engulles, y disfrutas al hacerlo. Eres Dios.”

—Señor Chien—dijo la voz que venía del interior de su cráneo y no del espíritu sin boca que se iba formando directamente ante él—. Me alegra volver a verle. Usted no sabe nada. Váyase. Usted no me interesa. ¿Por qué tendría que importarme el barro? Barro. Estoy atascado en él. Debo excretarlo, y así lo hago. Puedo destrozarlo, señor Chien. Incluso puedo destrozarme a mí mismo. Debajo de mí hay rocas filosas. Desparramo objetos con puntas agudas por encima del pantano. Hago que los sitios ocultos, profundos, hiervan como en una marmita. Para mí el mar es como un pote de ungüento. Las partículas de mi carne están unidas a todo. Usted es yo. Yo soy usted. No importa, como no importa si la criatura de pechos encendidos era una muchacha o un muchacho. Uno puede aprender a disfrutar de cualquiera de los dos.

Se rió.

Chien no podía creer que le estuviera hablando. No podía imaginar —era demasiado terrible— que le hubiera elegido a él.

—Los he elegido a todos—dijo aquello—. Nadie es demasiado pequeño. Cada uno cae y muere y yo estoy allí para contemplarlo. Sólo necesito contemplar. Es automático. Fue dispuesto de ese modo.

Y entonces dejó de hablarle. Se autodisgregó. Pero Chien lo seguía viendo. Sentía su presencia múltiple. Era un globo que colgaba en la habitación, con cincuenta mil ojos, con un millón de ojos…, miles de millones. Un ojo para cada ser viviente mientras esperaba que cada ser cayera, y luego lo pisoteaba cuando yacía debilitado. Había creado los seres para eso, y Chien lo sabía. Lo comprendía. Lo que en el poema árabe parecía ser la muerte no era la muerte sino Dios. O, mejor dicho, Dios estaba muerto, aquello era una fuerza, un cazador, una entidad caníbal, y fallaba una y otra vez, pero como tenía toda la eternidad por delante podía permitirse fallar. Advirtió que era como en los dos poemas. También el de Dryden. La gastada procesión. Eso es nuestro mundo y tú lo estás fabricando. Urdiéndolo para que así sea. Amarrándonos.

“Pero al menos me queda mi dignidad”, pensó.

Con dignidad abandonó su copa, se dio vuelta, caminó hacia las puertas del salón y pasó a través de ellas. Caminó por un largo vestíbulo alfombrado. Un sirviente de la mansión, vestido de púrpura, le abrió una puerta. Se encontró de pie afuera, en la oscuridad de la noche, en una galería, solo.

Pero no estaba solo.

El ser lo había seguido. O ya estaba allí antes de que él llegara. Sí, lo había estado esperando. En realidad no había terminado con él.

—Allá voy—dijo Chien, y se precipitó sobre la baranda.

Estaba en un sexto piso, y abajo brillaba el río, y la muerte, la verdadera muerte, no lo que había vislumbrado el poema árabe.

Mientras trataba de saltar, aquello apoyó una extensión de sí mismo sobre su hombro.

—¿Por qué?—dijo Chien.

Pero se detuvo, intrigado y sin comprender nada.

—No caigas por mí—dijo.

Chien no podía verlo porque se había colocado detrás de él. Pero lo que estaba apoyado sobre su hombro… había comenzado a parecerse a una mano humana.

Y entonces el ser rió.

—¿Qué hay de gracioso?—preguntó Chien, mientras se balanceaba sobre la baranda, sostenido por la falsa mano.

—Estás haciendo mi trabajo—dijo—. No estás esperando. ¿No tienes tiempo para esperar? Te escogeré entre los demás. No necesitas acelerar el proceso.

—¿Y qué pasa si lo hago por repulsión a ti?

El ser rió y no contestó.

—Ni siquiera me lo vas a decir—dijo Chien.

Tampoco esta vez hubo respuesta. Comenzó a deslizarse hacia atrás, hacia la galería. Y la presión de la falsa mano se aflojó de inmediato.

—¿Tú fundaste el Partido?—preguntó Chien.

—Fundé todo. Fundé el anti-Partido y el Partido que no es un partido, y los que están a favor de él y los que están en contra, los que tú llamarías Yanquis Imperialistas, los del campo reaccionario, y así hasta el infinito. Fundé todo. Como si fueran hojas de hierba.

—¿Y estás aquí para disfrutarlo?

—Lo que quiero es que me veas como soy, como me has visto, y que luego confíes en mí—dijo el ser.

—¿Qué? ¿Confiar en ti para qué?—preguntó Chien temblando.

—¿Crees en mí?

—Sí. Puedo verte.

—Entonces vuelve a tu empleo en el Ministerio. Cuéntale a Tanya Lee que soy un anciano gastado, obeso, que bebe mucho y pellizca el trasero de las muchachas.

—Oh, Cristo—dijo Chien.

—Mientras sigas viviendo, incapaz de detenerte, te atormentaré —dijo aquello.— Te quitaré partícula por partícula todo lo que posees o deseas. Y cuando estés destrozado hasta la muerte te revelaré un misterio.

—¿Cuál es el misterio?

—Los muertos vivirán, los vivos morirán. Yo mato lo que vive, salvo lo que ha muerto. Y te diré esto: hay cosas peores que yo. Pero no te encontrarás con ellas

porque para entonces te habré matado. Ahora regresa al salón y prepárate para la cena. No cuestiones lo que estoy haciendo. Hacía lo mismo antes de que existiera alguien llamado Tung Chien y lo seguiré haciendo mucho después de que deje de existir.

Chien lo golpeó con la máxima fuerza posible. Y experimentó un intenso dolor en la cabeza. Y oscuridad, con una sensación de caída. Luego, otra vez oscuridad.

“Te alcanzaré—pensó—. Me ocuparé de que tú también mueras. De que sufras. Vas a sufrir, como nosotros, exactamente del mismo modo. Volveré a enfrentarte, y te sujetaré con clavos. Juro por Dios que te crucificaré contra algo. Y dolerá. Tanto como me duele a mí ahora.”

Cerró los ojos.
Lo sacudían con rudeza. Y oía la voz de Kimo Okubara.
—Deténgase, borracho. ¡Vamos!
Sin abrir los ojos, dijo:
—Necesito un taxi.
—El taxi ya espera. Váyase a casa. Desastre. Hacer el ridículo ante todos. Poniéndose temblorosamente en pie, abrió lo ojos, se examinó.

“El Líder a quien seguimos—pensó—es el Unico Dios Verdadero. Y el enemigo contra el que luchamos y hemos luchado también es Dios. Tienen razón: está en todas partes. Pero no entiendo lo que eso significa.” Clavó la mirada en el oficial de protocolo y pensó: “Tú también eres Dios. Así que no hay escapatoria, quizá ni siquiera saltando. Como yo empecé a hacerlo, instintivamente.”

Se estremeció.

—Mezclar copas con drogas—dijo Okubara con tono ofendido—. Arruinar la carrera. Lo he visto muchas veces. Desaparezca.

Vacilante, caminó hacia la gran puerta central de la villa del Río Yangtsé. Dos criados, vestidos como caballeros medievales, con penachos de plumas, le abrieron ceremoniosamente la puerta. Uno de ellos dijo:

—Buenas noches, señor.

—Para usted—dijo Chien, y entró en la noche.

A las tres menos cuatro de la mañana, mientras estaba sentado e insomne en la sala de estar de su departamento, fumando un Cuesta Rey Astoria tras otro, sonó un golpe en la puerta.

Cuando abrió se encontró frente a Tanya Lee, con su impermeable y el rostro marchito de frío. Sus ojos ardían, interrogantes.

—No me mires así—dijo él ásperamente. Su cigarro se había apagado. Volvió a encenderlo—. Ya me han mirado lo suficiente.

—Lo viste—dijo ella.

El asintió.

La muchacha se sentó en el brazo del sillón y tras un momento dijo:

—¿Quieres contármelo?

—Vete lo más lejos posible ~ijo Chien—. Bien lejos.

Y luego recordó. No había camino que se alejara bastante. Recordó haber leído también eso.

—Olvídalo—dijo.
Poniéndose en pie, fue con paso torpe hasta la cocina y empezó a preparar café. Siguiéndolo, Tanya dijo:
—¿Fue… tan malo?

—No podemos ganar—dijo él—. Ustedes no pueden ganar. No quise incluirme. Yo no entro en eso. Sólo quiero seguir haciendo mi trabajo en el Ministerio y olvidarme. Olvidarme de todo el maldito asunto.

—¿Es extraterrestre? —Sí.
—¿Es hostil a nosotros?
—Sí—dijo Chien—. No. Las dos cosas. Sobre todo hostil.

—Entonces tenemos que…

—Vete a casa y acuéstate.—La escrutó con cuidado. Había permanecido sentado un largo rato y había pensado mucho acerca de muchas cosas—. ¿Estás casada?—preguntó.

—No. Ahora no. Lo estuve.

—Quédate conmigo esta noche—dijo él—. Por lo menos el resto de la noche. Hasta que salga el sol. Durante la noche es horrible.

—Me quedaré —dijo Tanya, desabrochándose el cinturón del impermeable—, pero necesito algunas respuestas.

—¿Qué quería decir Dryden con eso de que la música destemplaría el cielo?—dijo Chien—. ¿Qué puede hacer la música al cielo?

—Que todo el orden celestial del universo termina—dijo la muchacha mientras colgaba el impermeable en el armario del dormitorio. Debajo llevaba un suéter anaranjado a rayas y pantalones elásticos.

—Eso es lo malo—dijo Chien.

La muchacha hizo una pausa, reflexionando.

—No sé. Supongo que sí.

—Es concederle mucho poder a la música.

—Bueno, ya conoces la antigua idea pitagórica acerca de la “música de las esferas”.

Con gestos precisos se sentó en el borde de la cama y se sacó sus zapatos livianos como chinelas.

—¿Crees en eso?—dijo Chien—. ¿O crees en Dios?

—¡Dios!—rió la muchacha—. Eso desapareció junto con la caldera a vapor. ¿De qué estás hablando? ¿De Dios o de dios?

Se acercó a él, mirándole a los ojos.

—No me mires tan de cerca—dijo Chien con voz aguda, retrocediendo—. No quiero que me vuelvan a mirar así.

Se apartó, irritado.

—Creo que si hay un Dios le importan muy poco los asuntos humanos—dijo Tanya—. Bueno, esa es mi teoría. Quiero decir que a Él no parece importarle que triunfe el mal o que la gente y los animales sean heridos y mueran. Francamente, no veo Su presencia a mi alrededor. Y el Partido siempre ha negado cualquier forma de…

—¿Alguna vez lo viste a Él?—preguntó Chien—. ¿Cuándo eras niña? —Oh, desde luego, cuando niña. Pero también creía…

—¿Alguna vez se te ocurrió que el mal y el bien son nombres que designan la misma cosa? ¿Qué Dios podría ser al mismo tiempo bueno y malo?

—Te prepararé un trago—dijo Tanya, y entró descalza a la cocina.

—El Triturador, el Chirriante, el Tragón y el Pájaro y el Tubo Trepador…—dijo Chien—, más otros nombres, otras formas. No sé. Tuve una alucinación. En la cena. Una alucinación enorme. Terrible.

—Pero la estelacina… —Provocó una peor—dijo él.

—¿Hay algún modo de luchar contra lo que viste?—dijo Tanya sombríamente—. ¿Contra ese fantasma al que llamas alucinación pero que sin duda no lo era?

—Creer en él—dijo Chien. —¿Qué lograremos con eso?

—Nada—dijo él, agotado—. Absolutamente nada. Estoy cansado. No quiero un trago… Acostémonos.

—Está bien.—Regresó silenciosa al dormitorio, comenzó a sacarse el suéter a rayas por encima de la cabeza—. Lo discutiremos a fondo más tarde.

—Una alucinación es algo misericordioso —dijo Chien—. Me gustaría haberla tenido. Quiero que vuelva la mía. Quiero estar antes de que tu vendedor ambulante me encuentre con aquella fenotiacina.

—Ahora ven a la cama. Seré amable. Toda calor y ternura.

Chien se sacó la corbata, la camisa… y vio, sobre su hombro derecho, la marca, el estigma que le había dejado aquello cuando le impidió saltar. Marcas lívidas que parecían estar allí para siempre. Entonces se puso la chaqueta del pijama: ocultaba las marcas.

—De todos modos tu carrera ha adelantado muchísimo—dijo Tanya cuando él entró en la cama—. ¿No estás contento?

—Por supuesto—dijo él, asintiendo invisible en la oscuridad—. Muy contento.

—Ven, acércate a mí—dijo Tanya, rodeándolo con los brazos—. Y olvídate de todo lo demás. Al menos por ahora.

Entonces Chien la atrajo hacia él, haciendo lo que ella pedía y él quería hacer. La muchacha fue limpia; se movió con eficacia, con rapidez y cumplió su parte. No se molestaron en hablar hasta que por fin Tanya dijo “¡Oh!”, y se relajó.

—Me gustaria que pudiéramos seguir para siempre —dijo Chien.

—Lo hicimos—dijo Tanya—. Es algo fuera del tiempo. No tiene límites, como un océano. Así éramos en la época cámbrica, antes de que emigráramos a la tierra. Es como las antiguas aguas primordiales. El único momento en que retrocedemos es cuando lo hacemos. Por eso es tan importante para nosotros. Y en aquellos días no estábamos separados: era como una gran gelatina, como esas burbujas que flotan hasta la playa.

—Que flotan y allí se quedan, a morir—dijo Chien.

—¿Puedes alcanzarme una toalla?—preguntó Tanya—. ¿O un trapo? Lo necesito.

Chien caminó descalzo hasta el baño, y entró a buscar una toalla. Allí, y ahora completamente desnudo, vio por segunda vez su hombro, vio el sitio donde el ser lo había aferrado y lo había sostenido, tirándolo hacia atrás, quizá para juguetear con él un poco más.

Las marcas, inexplicablemente, sangraban.

Se limpió la sangre. En seguida brotó más, y al verla se preguntó cuánto tiempo le quedaba. Era probable que sólo unas horas.

Volviendo a la cama, dijo:
—¿Puedes seguir?
—Por supuesto. Si te queda energía. Tú decides.

La muchacha lo miraba sin pestañear, apenas visible en la difusa luz nocturna. —Me queda—dijo Chien.
Y la atrajo con fuerza hacia él.


© Philip K. Dick

G

Lección de cocina

MAGG MYRANDA

La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez, esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes, los pasos de goma de las afanadoras, la presencia oculta de la enfermedad y de la muerte? Qué me importa. Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder, Kirche. Yo anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en cafés; desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para adquirir otras. Por ejemplo, elegir el menú. ¿Cómo podría llevar al cabo labor tan ímproba sin la colaboración de la sociedad, de la historia entera? En un estante especial, adecuado a mi estatura, se alinean mis espíritus protectores, esas aplaudidas equilibristas que concilian en las páginas de los recetarios las contradicciones más irreductibles: la esbeltez y la gula, el aspecto vistoso y la economía, la celeridad y la suculencia. Con sus combinaciones infinitas: la esbeltez y la economía, la celeridad y el aspecto vistoso, la suculencia y… ¿Qué me aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados? Abro un libro al azar y leo: “La cena de don Quijote.” Muy literario pero muy insatisfactorio. Porque don Quijote no tenía fama de gourmet sino de despistado. Aunque un análisis más a fondo del texto nos revela, etc., etc., etc. Uf. Ha corrido más tinta en torno a esa figura que agua debajo de los puentes. “Pajaritos de centro de cara.” Esotérico. ¿La cara de quién? ¿Tiene un centro la cara de algo o de alguien? Si lo tiene no ha de ser apetecible. “Bigos a la rumana.” Pero ¿a quién supone usted que se está dirigiendo? Si yo supiera lo que es estragón y ananá no estaría consultando este libro porque sabría muchas otras cosas. Si tuviera usted el mínimo sentido de la realidad debería, usted misma o cualquiera de sus colegas, tomarse el trabajo de escribir un diccionario de términos técnicos, redactar unos prolegómenos, idear una propedéutica para hacer accesible al profano el difícil arte culinario. Pero parten del supuesto de que todas estamos en el ajo y se limitan a enunciar. Yo, por lo menos, declaro solemnemente que no estoy, que no he estado nunca ni en este ajo que ustedes comparten ni en ningún otro. Jamás he entendido nada de nada. Pueden ustedes observar los síntomas: me planto, hecha una imbécil, dentro de una cocina impecable y neutra, con el delantal que usurpo para hacer un simulacro de eficiencia y del que seré despojada vergonzosa pero justicieramente.

Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia “carnes” y extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La disuelvo en agua caliente y se me revela el título sin el cual no habría identificado jamás su contenido: es carne especial para asar. Magnífico. Un plato sencillo y sano. Como no representa la superación de ninguna antinomia ni el planteamiento de ninguna aporía, no se me antoja.

Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a punto de echarse a sangrar. Del mismo color teníamos la espalda, mí marido y yo después de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.

Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba dormido. Bajo la yema de mis dedos —no muy sensibles por el prolongado contacto con las teclas de la máquina de escribir— el nylon de mi camisón de desposada resbalaba en un fraudulento esfuerzo por parecer encaje. Yo jugueteaba con la punta de los botones y esos otros adornos que hacen parecer tan femenina a quien los usa, en la oscuridad de la alta noche. La albura de mis ropas, deliberada, reiterativa, impúdicamente simbólica, quedaba abolida transitoriamente. Algún instante quizá alcanzó a consumar su significado bajo la luz y bajo la mirada de esos ojos que ahora están vencidos por la fatiga. Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una enorme extensión arenosa, sin otro desenlace que el mar cuyo movimiento propone la parálisis; sin otra invitación que la del acantilado al suicidio.

Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que sueña; yo no soy el reflejo de una imagen en un cristal; a mí no me aniquila la cerrazón de una conciencia o de toda conciencia posible. Yo continúo viviendo con una vida densa, viscosa, turbia, aunque el que está a mi lado y el remoto, me ignoren, me olviden, me pospongan, me abandonen, me desamen.

Yo también soy una conciencia que puede clausurarse, desamparar a otro y exponerlo al aniquilamiento. Yo… La carne, bajo la rociadura de la sal, ha acallado el escándalo de su rojez y ahora me resulta más tolerable, más familiar. Es el trozo que vi mil veces, sin darme cuenta, cuando me asomaba, de prisa, a decirle a la cocinera que…

No nacimos juntos. Nuestro encuentro se debió a un azar ¿feliz? Es demasiado pronto aún para afirmarlo. Coincidimos en una exposición, en una conferencia, en un cine-club; tropezamos en un elevador; me cedió su asiento en el tranvía; un guardabosques interrumpió nuestra perpleja y hasta entonces, paralela contemplación de la jirafa porque era hora de cerrar el zoológico. Alguien, él o yo, es igual, hizo la pregunta idiota pero indispensable: ¿usted trabaja o estudia? Armonía del interés y de las buenas intenciones, manifestación de propósitos “serios”. Hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme? No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento.

Así que permanezco inmóvil, respirando rítmicamente para imitar el sosiego, puliendo mi insomnio, la única joya de soltera que he conservado y que estoy dispuesta a conservar hasta la muerte.

Bajo el breve diluvio de pimienta la carne parece haber encanecido. Desvanezco este signo de vejez frotando como si quisiera traspasar la superficie e impregnar el espesor con las esencias. Porque perdí mi antiguo nombre y aún no me acostumbro al nuevo, que tampoco es mío. Cuando en el vestíbulo del hotel algún empleado me reclama yo permanezco sorda, con ese vago malestar que es el preludio del reconocimiento. ¿Quién será la persona que no atiende a la llamada? Podría tratarse de algo urgente, grave, definitivo, de vida o muerte. El que llama se desespera, se va sin dejar ningún rastro, ningún mensaje y anula la posibilidad de cualquier nuevo encuentro. ¿Es la angustia la que oprime mi corazón? No, es su mano la que oprime mi hombro. Y sus labios que sonríen con una burla benévola, más que de dueño, de taumaturgo.

Y bien, acepto mientras nos encaminamos al bar (el hombro me arde, está despellejándose), es verdad que en el contacto o colisión con él he sufrido una metamorfosis profunda: no sabía y sé, no sentía y siento, no era y soy.
Habrá que dejarla reposar así. Hasta que ascienda a la temperatura ambiente, hasta que se impregne de los sabores de que la he recubierto. Me da la impresión de que no he sabido calcular bien de que he comprado un pedazo excesivo para nosotros dos. Yo, por pereza, no soy carnívora. Él, por estética, guarda la línea. ¡Va a sobrar casi todo! Sí, ya sé que no debo preocuparme: que alguna de las hadas que revolotean en torno mío va a acudir en mi auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los desperdicios. Es un paso en falso de todos modos. No se inicia una vida conyugal de manera tan sórdida. Me temo que no se inicie tampoco con un platillo tan anodino como la carne asada.
Gracias, murmuro, mientras me limpio los labios con la punta de la servilleta. Gracias por la copa transparente, por la aceituna sumergida. Gracias haberme abiertola jaula de una rutina estéril para cerrarme la jaula de otra rutina que, según todos los propósitos y las posibilidades, ha de ser fecunda. Gracias por darme la oportunidad de lucir un traje largo y caudaloso, por ayudarme a avanzar el interior del templo, exaltada por la música del órgano. Gracias por… ¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? Bueno, no debería de importarme demasiado.porque hay que ponerla al fuego a última hora. Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos? ¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una intuición que, según mi sexo, debo poseer pero no poseo, un sentido sin el que nací que me permitiría advertir el momento preciso en que la carne está a punto.

¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la descubriste yo me sentí como el último dinosaurio en un planeta del que la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad sino por apego a un estilo. No soy barroca. La pequeña imperfección en la perla me es insoportable. No me queda entonces más alternativa que el neoclásico y su rigidez es incompatible con la espontaneidad para hacer el amor. Yo carezco de la soltura del que rema, del que juega al tenis, del que se desliza bailando. No practico ningún deporte. Cumplo un rito y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario. ¿Acechas mi tránsito a la fluidez, lo esperas, lo necesitas? ¿O te basta este hieratismo que te sacraliza y que tú interpretas como la pasividad que corresponde a mi naturaleza? Y si a la tuya corresponde ser voluble te tranquilizará pensar que no estorbaré tus aventuras. No será indispensable — gracias a mi temperamento— que me cebes, que me ates de pies y manos con los hijos, que me amordaces con la miel espesa de la resignación. Yo permaneceré como permanezco. Quieta. Cuando dejas caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que recuerdes quién es a la que posees.

Soy yo. ¿Pero quién soy yo? Tu esposa, claro. Y ese título basta para distinguirme de los recuerdos del pasado, de los proyectos para el porvenir. Llevo una marca de propiedad y no obstante me miras con desconfianza. No estoy tejiendo una red para prenderte. No soy una mantis religiosa. Te agradezco que creas en semejante hipótesis. Pero es falsa.
Esta carne tiene una dureza y una consistencia que no caracterizan a las reses. Ha de ser de mamut. De esos que se han conservado, desde la prehistoria, en los hielos de Siberia y que los campesinos descongelan y sazonan para la comida. En el aburridísimo documental que exhibieron en la Embajada, tan lleno de detalles superfluos, no se hacía la menor alusión al tiempo que dedicaban a volverlos comestibles. Años, meses. Y yo tengo a mi disposición un plazo de…

¿Es la alondra? ¿Es el ruiseñor? No, nuestro horario no va a regirse por tan aladas criaturas como las que avisaban el advenimiento de la aurora a Romeo y Julieta sino por un estentóreo e inequívoco despertador. Y tú no bajarás al día por la escala de mis trenzas sino por los pasos de una querella minuciosa: se te ha desprendido un botón del saco, el pan está quemado, el café frío.
Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana, no puedo cambiar de amo. Debo, por otra parte, contribuir al sostenimiento del hogar y he de desempeñar con eficacia un trabajo en el que el jefe exige y los compañeros conspiran y los subordinados odian. En mis ratos de ocio me transformo en una dama de sociedad que ofrece comidas y cenas a los amigos de su marido, que asiste a reuniones, que se abona a la ópera, que controla su peso, que renueva su guardarropa, que cuida la lozanía de su cutis, que se conserva atractiva, que está al tanto de los chismes, que se desvela y que madruga, que corre el riesgo mensual de la maternidad, que cree en las juntas nocturnas de ejecutivos, en los viajes de negocios y en la llegada de clientes imprevistos; que padece alucinaciones olfativas cuando percibe la emanación de perfumes franceses (diferentes de los que ella usa) de las camisas, de los pañuelos de su marido; que en sus noches solitarias se niega a pensar por qué o para qué tantos afanes y se prepara una bebida bien cargada y lee una novela policíaca con ese ánimo frágil de los convalecientes.

¿No sería oportuno prender la estufa? Una lumbre muy baja para que se vaya calentando, poco a poco, el asador “que previamente ha de untarse con un poco de grasa para que la carne no se pegue”. Eso se me ocurre hasta a mí, no había necesidad de gastar en esas recomendaciones las páginas de un libro.

Y yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. De soltera leía cosas a escondidas. Sudando de emoción y de vergüenza. Nunca me enteré de nada. Me latían las sienes, se me nublaban los ojos, se me contraían los músculos en un espasmo de náuseas.

El aceite está empezando a hervir. Se me pasó la mano, manirrota, y ahora chisporrotea y salta y me quema. Así voy a quemarme yo en los apretados infiernos por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero niñita, tú no eres la única. Todas tus compañeras de colegio hacen lo mismo, o cosas peores, se acusan en el confesionario, cumplen la penitencia, la perdonan y reinciden. Todas. Si yo hubiera seguido frecuentándolas me sujetarían ahora a un interrogatorio. Las casadas para cerciorarse, las solteras para averiguar hasta dónde pueden aventurarse. Imposible defraudarlas. Yo inventaría acrobacias, desfallecimientos sublimes, transportes como se les llama en Las mil y una noches, récords. ¡Si me oyeras entonces no te reconocerías, Casanova!

Dejo caer la carne sobre la plancha e instintivamente retrocedo hasta la pared. ¡Qué estrépito! Ahora ha cesado. La carne yace silenciosamente, fiel a su condición de cadáver. Sigo creyendo que es demasiado grande.

Y no es que me hayas defraudado. Yo no esperaba, es cierto, nada en particular. Poco a poco iremos revelándonos mutuamente, descubriendo nuestros secretos, nuestros pequeños trucos, aprendiendo a complacernos. Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la palabra “fin”.

¿Qué pasa? La carne se está encogiendo. No, no me hago ilusiones, no me equivoco. Se puede ver la marca de su tamaño original por el contorno que dibujó en la plancha. Era un poco más grande. ¡Qué bueno! Ojalá quede a la medida de nuestro apetito.

Para la siguiente película me gustaría que me encargaran otro papel. ¿Bruja blanca en una aldea salvaje? No, hoy no me siento inclinada ni al heroísmo ni al peligro. Más bien mujer famosa (diseñadora de modas o algo así), independiente y rica que vive sola en un apartamento en Nueva York, París o Londres. Sus affaires ocasionales la divierten pero no la alteran. No es sentimental. Después de una escena de ruptura enciende un cigarrillo y contempla el paisaje urbano al través de los grandes ventanales de su estudio. Ah, el color de la carne es ahora mucho más decente. Sólo en algunos puntos se obstina en recordar su crudeza. Pero lo demás es dorado y exhala un aroma delicioso. ¿Irá a ser suficiente para los dos? La estoy viendo muy pequeña.
Si ahora mismo me arreglara, estrenara uno de esos modelos que forman parte de mi trousseau y saliera a la calle ¿qué sucedería, eh? A la mejor me abordaba un hombre maduro, con automóvil y todo. Maduro. Retirado. El único que a estas horas puede darse el lujo de andar de cacería.

¿Qué rayos pasa? Esta maldita carne está empezando a soltar un humo negro y horrible. ¡Tenía yo que haberle dado vuelta! Quemada de un lado. Menos mal que tiene dos.

Señorita, si usted me permitiera… ¡Señora! Y le advierto que mi marido es muy celoso… Entonces no debería dejarla andar sola. Es usted una tentación para cualquier viandante. Nadie en el mundo dice viandante. ¿Transeúnte? Sólo los periódicos cuando hablan de los atropellados. Es usted una tentación para cualquier x. Silencio. Síg-ni-fi-ca-ti-vo. Miradas de esfinge. El hombre maduro me sigue a prudente distancia. Más le vale. Más me vale a mí porque en la esquina ¡zas! Mi marido, que me espía, que no me deja ni a sol ni a sombra, que sospecha de todo y de todos, señor juez. Que así no es posible vivir, que yo quiero divorciarme.

¿Y ahora qué? A esta carne su mamá no le enseñó que era carne y que debería de comportarse con conducta. Se enrosca igual que una charamusca. Además yo no sé de dónde puede seguir sacando tanto humo si ya apagué la estufa hace siglos. Claro, claro, doctora Corazón. Lo que procede ahora es abrir la ventana, conectar el purificador de aire para que no huela a nada cuando venga mi marido. Y yo saldría muy mona a recibirlo a la puerta, con mi mejor vestido, mi mejor sonrisa y mi más cordial invitación a comer fuera.

Es una posibilidad. Nosotros examinaríamos la carta del restaurante mientras un miserable pedazo de carne carbonizada, yacería, oculto, en el fondo del bote de la basura. Yo me cuidaría mucho de no mencionar el incidente y sería considerada como una esposa un poco irresponsable, con proclividades a la frivolidad, pero no como una tarada. Ésta es la primera imagen pública que proyecto y he de mantenerme después consecuente con ella, aunque sea inexacta.

Hay otra posibilidad. No abrir la ventana, no conectar el purificador de aire, no tirar la carne a la basura. Y cuando venga mi marido dejar que olfatee, como los ogros de los cuentos, y diga que aquí huele, no a carne humana, sino a mujer inútil. Yo exageraré mi compunción para incitarlo a la magnanimidad. Después de todo, lo ocurrido ¡es tan normal! ¿A qué recién casada no le pasa lo que a mí acaba de pasarme? Cuando vayamos a visitar a mi suegra, ella, que todavía está en la etapa de no agredirme porque no conoce aún cuáles son mis puntos débiles, me relatará sus propias experiencias. Aquella vez, por ejemplo, que su marido le pidió un par de huevos estrellados y ella tomó la frase al pie de la letra y… .ja, ja, ja. ¿Fue eso un obstáculo para que llegara a convertirse en una viuda fabulosa, digo, en una cocinera fabulosa? Porque lo de la viudez sobrevino mucho más tarde y por otras causas. A partir de entonces ella dio rienda suelta a sus instintos maternales y echó a perder con sus mimos…
No, no le va a hacer la menor gracia. Va a decir que me distraje, que es el colmo del descuido. Y, sí, por condescendencia yo voy a aceptar sus acusaciones.

Pero no es verdad, no es verdad. Yo estuve todo el tiempo pendiente de la carne, fijándome en que le sucedían una serie de cosas rarísimas. Con razón Santa Teresa decía que Dios anda en los pucheros. O la materia que es energía o como se llame ahora.
Recapitulemos. Aparece, primero el trozo de carne con un color, una forma, un tamaño. Luego cambia y se pone más bonita y se siente una muy contenta.

Luego vuelve a cambiar y ya no está tan bonita. Y sigue cambiando y cambiando y cambiando y lo que uno no atina es cuándo pararle el alto. Porque si yo dejo este trozo de carne indefinidamente expuesto al fuego, se consume hasta que no queden ni rastros de él. Y el trozo de carne que daba la impresión de ser algo tan sólido, tan real, ya no existe.

¿Entonces? Mi marido también da la impresión de solidez y de realidad cuando estamos juntos, cuando lo toco, cuando lo veo. Seguramente cambia, y cambio yo también, aunque de manera tan lenta, tan morosa que ninguno de los dos lo advierte. Después se va y bruscamente se convierte en recuerdo y… Ah, no voy a caer en esa trampa: la del personaje inventado y el narrador inventado y la anécdota inventada. Además, no es la consecuencia que se deriva lícitamente del episodio de la carne.

La carne no ha dejado de existir. Ha sufrido una serie de metamorfosis. Y el hecho de que cese de ser perceptible para los sentidos no significa que se haya concluido el ciclo sino que ha dado el salto cualitativo. Continuará operando en otros niveles. En el de mi conciencia, en el de mi memoria, en el de mi voluntad, modificándome, determinándome, estableciendo la dirección de mi futuro.

Yo seré, de hoy en adelante, lo que elija en este momento. Seductoramente aturdida, profundamente reservada, hipócrita. Yo impondré, desde el principio, y con un poco de impertinencia las reglas del juego. Mi marido resentirá la impronta de mi dominio que irá dilatándose, como los círculos en la superficie del agua sobre la que se ha arrojado una piedra. Forcejeará por prevalecer y si cede yo le corresponderé con el desprecio y si no cede yo no seré capaz de perdonarlo.
Si asumo la otra actitud, si soy el caso típico, la femineidad que solicita indulgencia para sus errores, la balanza se inclinará a favor de mi antagonista y yo participaré en la competencia con un handicap que, aparentemente, me destina a la derrota y que, en el fondo, me garantiza el triunfo por la sinuosa vía que recorrieron mis antepasadas, las humildes, las que no abrían los labios sino para asentir, y lograron la obediencia ajena hasta al más irracional de sus caprichos. La receta, pues, es vieja y su eficacia está comprobada. Si todavía lo dudo me basta preguntar a la más próxima de mis vecinas. Ella confirmará mi certidumbre.
Sólo que me repugna actuar así. Esta definición no me es aplicable y tampoco la anterior, ninguna corresponde a mi verdad interna, ninguna salvaguarda mi autenticidad. ¿He de acogerme a cualquiera de ellas y ceñirme a sus términos sólo porque es un lugar común aceptado por la mayoría y comprensible para todos? Y no es que yo sea una rara avis. De mí se puede decir lo que Pfandl dijo de Sor Juana: que pertenezco a la clase de neuróticos cavilosos. El diagnóstico es muy fácil ¿pero qué consecuencias acarrearía asumirlo?
Si insisto en afirmar mi versión de los hechos mi marido va a mirarme con suspicacia, va a sentirse incómodo en mi compañía y va a vivir en la continua expectativa de que se me declare la locura.

Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan absurdos, tan metafísicos como los que yo le plantearía. Su hogar es el remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones, en el Momento de la Decisión Definitiva. No con lo que me he topado hoy que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo…


© Rosario Castellanos

G

Se ha perdido una niña

MAGG MYRANDA

Cuando la hija de mi hermana cumplió trece años, en 1998, yo olvidé comprarle un regalo. Peor aún, me acordé de la fiesta una hora después de que empezara. No tuve más remedio que ir a mi librero: como hice un semestre de letras, mucha gente cree que me gusta leer y me regala libros, que luego yo regalo. Así he salido de apuros muchas veces.

Lo malo fue que nunca había ido a mi librero en busca de algo para una niña: tuve que buscar durante otra hora, y por un rato pensé que tendría que elegir entre un juego engargolado de fotocopias de La muerte de Superman (en inglés), un manual de autoconstrucción y La isla de los perros de Miguel Alemán Velasco. La verdad es que tampoco acostumbran a regalarme libros para niños.

Entonces, en el estante más bajo del librero, detrás de los dos tomos que me quedaban del Diccionario Enciclopédico Espasa, encontré otro libro, de color rosa mexicano, con una flor y una niña con alas en la portada. Así fue como Ilse (la hija de mi hermana) recibió un ejemplar nuevecito, o casi, de Se ha perdido una niña, escrito por una tal Galina Demikina y publicado en español, en 1982, por la Editorial Progreso de la URSS.

Como llegué cerca de las diez de la noche, cuando ya se habían ido todos, mi hermana se disgustó, y no sirvió de nada que me disculpara, ni que le dijera que el libro era muy bueno.

—¿Lo leíste siquiera?
—Bueno…, no, pero esos libros siempre eran muy buenos. Había muchísimos cuando existía la URSS, ¿te acuerdas? Los vendían en todas partes…

Pensaba improvisarle algo sobre que el libro le iba a servir a Ilse, para que conociera cómo se vivía en la URSS en aquellos tiempos o algo así, cuando ella, es decir Ilse, llegó, abrió el libro, se puso a hojearlo y casi de inmediato me dijo:

—Está padrísimo.
—¿Qué? —le dije.

Y ella me dio las gracias. Por un momento no entendí de qué me daba las gracias.

Varios días más tarde volví a ir a la casa de mi hermana. Ella me reclamó que fuese tan despegado (siempre dice lo mismo), pero también me dijo que Ilse estaba muy contenta con el libro. Resultó que no era de la vida real en la URSS: era un cuento, de esos impresos con letra grande, y se trataba de una niña que visitaba un mundo fantástico. Sólo ella podía hacer el viaje y los demás no entendían nada.

—Ah —dije, y mi hermana se dio cuenta de que no me interesaban los detalles, así que me dio más: la niña se perdía en ese mundo, en el que se había metido a través de un cuadro y en el que vivía gente muy amistosa o duendes o algo parecido. Había una rosa que tenían que cuidar, como en La Bella y la Bestia. Al final aparecía el tío de la niña, que era pintor pero también una especie de mago (él había hecho el cuadro mágico, pues), y el final era feliz. El mensaje del libro era como una «reflexión» sobre la familia, pero también sobre el mundo verdadero, y sobre el arte y los artistas…

—Ah —repetí, y no pude recordar cómo había llegado aquello a mi librero, pero me alegré de no haberlo leído.
—Le encantó —dijo mi hermana—. Todo el día está hablando de lo mismo.

Y entonces me metió al cuarto de Ilse y me habló en voz baja, como siempre que va a pedirme algo. Lo único malo de todo el asunto, me dijo, era que Ilse, de tan entusiasmada, estaba escribiendo una carta a la editorial.

—¿A dónde?

Mi hermana me mostró la siguiente nota, que estaba al final del libro:

AL LECTOR

La Editorial le quedará muy reconocida si le comunica usted su opinión del libro que le ofrecemos, así como de su traducción, presentación e impresión.

Le agradeceremos también cualquier otra sugerencia. Nuestra dirección:
Editorial Progreso. Zúbovski bulvar, 17. Moscú, URSS.

—Ah —dije una vez más.
—Quiere mandarles una carta —dijo mi hermana.
—Ya entendí. ¿Qué tiene?
—La URSS ya no existe, Roberto.
(Me llamo Roberto.)
—¿Y? —dije—. ¿Qué más da? No creo que sea mucho gasto un sobre…
—Pero es que yo ya le dije que la carta no va a llegar a ningún lado, ya le expliqué todo eso, lo de la URSS, y no me hace caso. Me tendría que haber hecho caso.

Admito que no entendí.

—Es una niña, Sara —mi hermana se llama Sara.
—Tiene trece años —respondió ella—. A ti no te gustaba que te dijeran niño a los trece años.
—No es lo mismo —dije—. Yo… Bueno, está encaprichada, pues.
—¿Pero por qué? Nunca le ha gustado leer, ni nada…
—Es bueno que lea, ¿no? —respondí, y le aconsejé que la dejara hacer lo que quisiera.
—Roberto, es que es muy raro, te digo…
—No le hace daño —la interrumpí.

(En realidad yo soy menor que ella, y siempre soy el que tiene que ayudarla para todo.)

Al final, mi hermana me forzó a esperar que Ilse volviera de la escuela para explicarle que la URSS había sido un país socialista, formado por Rusia y otras regiones cercanas que se habían unido después de la Revolución Rusa de 1917, pero se habían vuelto a separar en 1991.

—Cuando tú tenías seis años —le dije.

Y resultó que Ilse realmente no veía ningún impedimento para que su carta llegara a los editores de Se ha perdido una niña y, tal vez, hasta a la misma Galina Demikina.

—El libro está padrísimo —dijo, y agregó algo como que su carta no podía no llegar. Yo no quise acompañarla a la oficina de correos, pero tampoco le importó demasiado.

Y el problema, desde luego, fue que su carta sí llegó.

O que alguien se tomó la molestia de responder, desde Moscú o desde algún otro sitio, con una carta en un sobre con la dirección de Editorial Progreso, Zúbovski bulvar y todo lo demás, y estampillas que decían CCCP.

—Es decir —le expliqué a mi hermana y a Ilse, en cuanto pude ir a verlas—, SSSR pero en el alfabeto cirílico, o sea URSS pero en ruso… Vaya, las siglas de la URSS en idioma ruso son SSSR, y las letras SSSR en alfabeto ruso…
—Ya entendí —me interrumpió Ilse, y se fue.

Pero eso sí, estaba como loca por la dichosa carta, aunque no pasaba de un par de frases de agradecimiento. Pensé que se parecía demasiado a su madre; entonces ella (es decir, mi hermana) me dijo que el tipo que había escrito la carta hablaba de la URSS.

—¿Ah, sí?
—En la carta dice URSS —me explicó ella—. No puede ser. 
—¿Qué no puede ser?
—¿Qué no entiendes? Te estoy diciendo que este tipo… 
—¿Quién?
—El de la editorial, el que firma la carta.
—¿Cómo se llama?
—¡No importa! Te digo que ese tipo habla como si no hubiera pasado nada… Como si la URSS todavía existiera, pues.
—A lo mejor tiene síndrome de Alzheimer y no se acuerda —bromeé.

La discusión que siguió fue muy desagradable. Por otra parte, mi hermana tenía razón. La carta terminaba así: «Si alguna vez tienes ocasión de venir a la URSS, no dejes de visitarnos. Nos entusiasma conocer a nuestros lectores de todo el mundo, y Galina Demikina, la autora de Se ha perdido una niña, de seguro se alegrará al saber de ti».

Luego vino la segunda carta de Ilse, agradeciendo la que le habían enviado. Mi hermana me llamó y me dijo:

—¿Qué hago, Roberto? ¿La dejo que la mande? Le dije que sí.
—Ni modo que no. No es nada malo.
—¿Qué tal si, no sé, si es un pervertido?
—Por favor, la URSS está muy lejos…
—La URSS no existe —dijo mi hermana.
—Más a mi favor.

Luego vino la segunda carta de la editorial, con un catálogo de novedades de 1998.

—Ahí está —dije yo, más tranquilo.
—¿Qué?
—La explicación, Sara. La Editorial Progreso existe todavía. Estará privatizada o será del gobierno ruso o algo, pero existe. —Pero el catálogo dice URSS.
—A lo mejor es viejo.
—Pero es de este año.

Yo empecé a decir que los rusos siempre hacen las cosas con mucho avance.

—¿No te acuerdas? Nos lo enseñaron en la secundaria: los planes quinquenales. Todo lo hacen con quince años de adelanto…, o cinco…
—¿Y también hacen los catálogos de las editoriales? —me preguntó mi hermana—. Además, eso de los planes era de los socialistas.
—¿No tendrán eso todavía en Rusia?
—Pero le hubieran puesto…, no sé, algo, una etiqueta para tapar el «URSS» y poner «Rusia».
—No sé, no han de tener dinero para eso… En serio, Sara: si lo hicieron por adelantado… Ahorita Rusia está arruinada, es como aquí, todo está lleno de narcos, de políticos corruptos…

Luego Ilse quiso encargar, por correo, otro libro de Galina Demikina que estaba en el catálogo, titulado La historia del señor Pez, pero como mi hermana estaba muy nerviosa por todo el asunto le dijo que no. Y se armó una escena de esas horribles:

—Yo no voy a pagar ese libro.
—¡Mamá, por favor!
—Haz lo que quieras. Ya dije.
—¿Pero por qué no?
—Pues… porque no. Porque no está bien. —¿Pero por qué no está bien?

Y aquí mi hermana cometió su primer error, porque perdió los estribos.

—¡Porque no quiero que lo pidas! ¡Punto! ¿Me entiendes? No lo vas a pedir.

Y su segundo error: que se arrepintió y dijo:

—Ay, Ilse…, Ilse, mira, es que quién sabe a quién le estás escribiendo, yo no… esto…, es muy raro, no entiendo…

Siempre los comete en el mismo orden. El único libro que he comprado es uno de cómo criar a los hijos, para ella, pero tampoco le gusta leer.

—Nunca me dejas hacer nada —murmuró Ilse con una voz que, según mi hermana, nunca le había escuchado antes.

Ella preguntó:

—¿Qué fue lo que dijiste?
—¡Te odio! —le gritó Ilse, y se fue corriendo. El libro llegó uno o dos meses más tarde, a principios de 1999.

Cuando me enteré y fui a verlas, Ilse me recibió con un abrazo y me aseguró que el libro era tan bueno como Se ha perdido una niña. Me sorprendió tanta efusividad (luego me enteré de que a todo el mundo le hacía la misma fiesta), y más aún que leyera tan rápido: el libro tenía sus buenas trescientas páginas, y hasta el año anterior Ilse había leído lo que le dejaban en la escuela y absolutamente nada más.

Por su parte, mi hermana seguía yendo a su trabajo, haciendo la comida, lo de todos los días, pero estaba mal. Deprimida: estaba engordando, tenía ojeras, todo el cuadro.

Siempre le pasa lo mismo.
Así que la seguí por la casa (ése es otro síntoma: se pone a limpiar todo como loca, una y otra vez) hasta que la acorralé: 

—A ver, Sara, ya. Qué tienes.
—Es que no entiendo —me contestó—. Ilse…
—Ilse ya no es una niña, Sara.
—¡Es que no es posible, Roberto!
—¿Qué no es posible? —dije, y mi hermana me contó que, en el último mes o dos meses, había ido tres veces a la oficina de correos, a preguntar por los envíos a la URSS, y nadie había podido explicarle nada; luego había ido a la oficina central, es decir la del centro, y lo mismo; luego al aeropuerto, a donde llega el correo aéreo, y lo mismo; luego a la embajada de Rusia…

Ahí no la dejé continuar.

—¿Fuiste a la embajada de Rusia? ¿Fuiste? ¿Estás loca? 
—Nadie me quiso decir nada, Roberto. Les dije que me dejaran hablar con el embajador, con alguien… 
—¿Y te recibieron?

Creo que no entendió que me estaba burlando.

—Según ellos, nadie sabe…, nadie me supo decir cómo llegaron esas… cosas con dirección de la URSS. Ni cómo pudieron llegar las cartas de Ilse…

Ahí se le quebró la voz, y me pareció que iba a empezar a llorar, y eso sí no puedo soportarlo.

—¿Qué querías, Sara? —le pregunté—. ¿Investigar?
Me contestó que sí.
—A ver… Ven acá —la abracé—. Mira, Sara. No es… No es como en la tele, como en los Expedientes X. Estamos en México. ¿Quieres salir en un programa de lo insólito, de los de ovnis? Aquí la gente no se pone a investigar así como en… ¡Aquí las cosas no se saben, pues! Digo, no sé, vaya, sí está raro, lo que tú quieras… Pero ¿qué vas a hacer? ¿Llamar a la judicial? ¿A Derechos Humanos? ¿A la CIA?

Se rio, lo que siempre es buena señal, y yo seguí. Era muy raro, sí, pero no era malo. No le hacía daño a Ilse. En realidad, ella seguía siendo la misma. Iba a la escuela, tenía sus amigas, veía la tele, como siempre. ¿Qué importaba que le gustaran dos libros de una rusa? No eran malos libros, nunca está de más leer… Además Ilse era una muchacha muy inteligente, muy madura…

—Nada más te digo que te calmes, Sara. De verdad. No tiene nada de malo que ella lea. ¿Fue de veras muy caro el libro? No, ¿verdad? ¿Entonces? No puedes estar así toda la vida —y para terminar le dije que qué más podía pasar.

Al día siguiente llegó la carta en la que la embajada de la URSS, enterada de la correspondencia entre Ilse y la Editorial Progreso, ofrecía a mi sobrina una convocatoria llegada de la URSS: la de un concurso para ganar un viaje de tres meses a la URSS, para dos personas, escribiendo en dos cuartillas o menos las razones por las que le gustaría hacerlo, es decir, viajar a la URSS.

—¿Ya viste, mamá? —le dijo Ilse, muy emocionada, a mi hermana.
—Sí —respondió ella, y me llamó para pedirme que fuera otra vez. Me disgusté, aunque en realidad no tenía gran cosa que hacer, y fui uno o dos días más tarde.

Y me arrepentí al verla:

—Sara, ¿qué te pasó? —se me escapó. Estaba sentada en el suelo de su cuarto, con la cara roja y abotagada y una botella vacía a su lado…

Me tranquilicé al notar que la botella era de cooler, y más cuando supe que Ilse estaba en la escuela. Y volví a sentirme explotado cuando mi hermana me confesó, con ese tono de voz que usa cuando quiere hablar muy en serio, que era una persona insegura. Y lo de siempre: que Fernando, el padre de Ilse, la había dejado muy lastimada. Que había quedado embarazada a los diecinueve. Que le había costado mucho trabajo dejar la universidad, casarse, criar a su hija sola porque el otro, así dijo, la había dejado como a los seis meses de embarazo, es decir dos de matrimonio.

—No he madurado, Roberto. Le puse Ilse a Ilse por…, por la de las Flans —y era cierto, es decir, le había puesto así por la cantante de un grupo de aquel entonces, que ya ni existía, y que ahora se dedicaba, es decir la cantante, a anunciar refrigeradores o una cosa así.

Pero comenzó a llorar y no fui capaz de decir nada. La abracé y traté de consolarla:

—Al menos no le pusiste Ivonne como la otra del grupo, la loca…

Esta vez no se rio.

—Además…, bueno, no tiene nada de malo…
—¿Que se llame Ilse?
—Que concurse, Sara. Digo…, ¿qué tal si no gana?
—¿Y si sí? ¿Qué tal si se quiere ir?
—Pues… —lo pensé un momento—. Oye, Sara, ¿el viaje no es para dos personas?

Ella me respondió que sí pero que le daba miedo la KGB. 

—¿No te acuerdas de todas las cosas horribles que hacía la KGB?
—Eso lo leíste en Selecciones. —Tú eras el que estaba suscrito.
—La suscripción me la dio mi papá —le recordé.

Cambiamos de tema bruscamente cuando mi hermana comenzó a llorar de nuevo. Una vez más me dijo no saber qué hacer. Y que todo aquello era muy raro.

Peor aún, Ilse estaba redactando sus dos cuartillas o menos.

—Bueno —le dije—, ¿qué hacemos? ¿La llevamos con un psiquiatra para que la convenza de no entrar al concurso?
—¡No, si no está loca!
—¿Entonces qué hacemos?

Seguíamos discutiendo cuando Ilse llegó de la escuela, fue a su cuarto, regresó a toda prisa (apenas nos dio tiempo de esconder la botella bajo la cama de mi hermana) y nos leyó sus cuartillas.

—Las hice en un receso —nos dijo, y yo no le creí, pero no dije nada. Lo que había escrito estaba muy bien y se lo dijimos.
—¿De veras?
—Claro que sí —le aseguré—. Muy, muy bien.
—Ya ves que tu tío estudió letras.
—Además, de allá, de…, de allá son muchos escritores famosos —dije yo—: Pushkin, Dostoyevski…, Isaac Asimov… 
—¿Si gano me acompañas, mamá? Además del viaje van a dar un curso de ruso, y un paseo por la editorial Progreso, y… Oír esto no me gustó nada, porque sí, había estado pensando en acompañarla yo. Pero claro, ella era su madre. Por otro lado, era de las primeras veces que se hablaban sin disgusto desde…, bueno, desde su disgusto.
—Tienes que ir, Sara —le dije, como si todo el tiempo hubiera pensado que ella debía ir. Además, siempre estaban las enormes probabilidades en contra de que Ilse ganara…

Cuando Ilse ganó el concurso, y le llegó la felicitación y una invitación a la embajada de la URSS, creímos que todo se resolvería. O hicimos lo posible por convencernos. A fin de cuentas, nosotros sabíamos dónde estaba la embajada de la URSS. O dónde había estado, porque lo que ahora estaba allí era la embajada de Rusia y la dirección (quiero decir, en la invitación) era la misma.

—Vamos y aclaramos todo —le dije a mi hermana—. A lo mejor…, a lo mejor, no sé, tienen el servicio de contestar las cartas mandadas a la URSS…
—Sí, ¿verdad? Por si alguien no se ha enterado.
—¿Y qué tal si de veras alguien no se ha enterado? —¿Aparte de los de Editorial Progreso? —mi hermana se estaba burlando, por supuesto.

Así discutimos durante todo el viaje y, de hecho, seguíamos discutiendo cuando llegamos a la embajada. Entonces los de la puerta no dejaron entrar a mi hermana, porque la reconocieron (¡no quiero ni pensar en el escándalo que debe de haber armado!) y yo les discutí tanto, para que la dejaran, que Ilse tuvo que entrar sola.

De todos modos, una hora más tarde estábamos los tres de vuelta en casa de mi hermana, e Ilse, sana y salva, feliz, tenía una libreta de cheques de viajero y dos boletos de viaje redondo por Aeroflot.

—¿Todavía existe Aeroflot? —me preguntó mi hermana, y su voz me alarmó.
—Sí, Sara, eso sí, Aeroflot todavía existe —le contesté. —¿Seguro?

Le sugerí que interrogáramos (no usé esa palabra, por supuesto) a Ilse. Nunca lo hubiera hecho. No sólo estaba sana y salva, sin heridas de ninguna especie, sin ningún signo de tortura física ni psicológica, sino que tomó a mal nuestra preocupación.

—Ya no soy una niña —dijo.
—Ya lo sabemos, mi vida… —le contestó mi hermana. —Pero es que nos preocupas —agregué—. Nos preocupa… que hayas ido sola.

La discusión, como era de esperar, se desvió a la forma en la que Ilse resentía tanto celo. Casi una hora nos pasamos en eso, y nunca llegamos a saber qué había ocurrido en la embajada.

Entre ese día y el de la salida me la pasé pensando, tratando de recordar de dónde había salido mi copia de Se ha perdido una niña. Y nada. Además de que no me regalan libros para niños, a mi papá de verdad le caía mal la URSS. Otra vez me puse a revisar, y el único libro en mi librero que mencionaba al país era uno de discursos de Richard Nixon, que nunca me he atrevido a dar a nadie.

Por eso, cuando llegué a casa de mi hermana para llevarlas al aeropuerto, y vi que Ilse estaba sentada en un sillón y releyendo su libro, primero se me ocurrió que a lo mejor era un gran libro, y que había hecho muy mal en no leerlo jamás, pero luego ya no pude aguantar y dije:

—Ilse.
—¿Qué? —respondió ella, sin mirarme (ya le hablaba bien y todo a mi hermana, claro, pero a fin de cuentas yo no era más que su tío).
—Este… Oye, Ilse, una cosa, dime: ¿por qué te gusta tanto ese libro?
—Tú me lo regalaste. ¿No lo has leído?
—Lo… No…, no, sí, claro, lo compré…, compré otro ejemplar… porque…, porque pensé que podría gustarte… Pero no pensé que te fuera a gustar tanto. Digo, me alegro mucho, vaya…, ya sabes lo que siempre decimos tu mamá y yo sobre que hay que leer… pero… es que…

Se hartó o tuvo piedad de mí.

—Es que está padrísimo —dijo—. Eso de que te metes como en un cuadro, y te vas a otro mundo… Está padrísimo.
—¿Qué es lo que más te gusta del libro?
—Todo. El cuento, los dibujos… Te digo que está padrísimo. 
—Pero… No sé, vamos, ¿qué tiene de diferente a otros libros, o a las películas…?

Me miró como si yo fuera un retrasado mental. Y, francamente, me tardé mucho en decirle:

—Bueno… Oye, ¿ya tienen todos los papeles, el pasaporte, eso?
—Sí.
—Y están sellados para la URSS, lo de la visa.
—Pues sí. Fui a la embajada a que los sellaran.
—Ilse… Ilse, ¿te acuerdas de lo que te comentábamos alguna vez, hace como un año, sobre que la URSS ya no existe? 
—¿Cómo?
—Sí, que la URSS no existe. Se disolvió hace ocho años.
—¿Cómo? —volvió a decir.
—Sí, que ahora es Rusia y…
—¿Cómo?

Aquí, por primera vez, me asusté.

Le expliqué, paso a paso, lo que había sucedido con la URSS (Gorbachov, Yeltsin, todo), y no me entendió.

No me entendía. Después de un rato me di cuenta de que siempre ponía la misma cara: entreabría la boca, ladeaba la cabeza, dejaba caer un poco, casi nada, los párpados. Y decía:

—¿Cómo?

En ese momento mi hermana me llamó, gritando. Fui a verla y la encontré tirada en la cama. Tenía un dolor horrible en el vientre, me dijo, y no podía levantarse. Le pregunté si había comido algo que le hubiera hecho daño. Ella dijo que era apendicitis. Yo pensé en la vesícula, en una úlcera…

—No puedo ir así. Vete tú —me pidió, como si fuera su última voluntad.

Yo le dije que el boleto estaba a su nombre.

—¿No te acuerdas que Ilse te dijo que fueras con ella? —le pregunté, y de inmediato pensé que era muy injusto.

Ella me sugirió que me vistiera de mujer.

No sé por qué, pensé en una inspectora de aduanas como campesina rusa que vi en una película (cuadrada, de cara ancha y tosca) metiéndome en un reservado para ver si no traía droga bajo la falda o algo por el estilo…

Llegamos corriendo al aeropuerto pero, eso sí, estaba vestido de hombre. Naturalmente, no me dejaron abordar el avión. Hasta el final pensé que podría hacerlo: seguía discutiendo cuando alguien fue a avisarnos (a mí, al del mostrador de Aeroflot y a los diez o doce más que estaban con nosotros) que el avión había despegado. Pensé que había sido muy previsor de mi parte el mandar a Ilse a que abordara.

—Ahorita te alcanzo, pero si no, escribes —le había dicho; según yo, había sido una broma.

Fueron los tres meses más horribles de mi vida. Mi hermana me llamó irresponsable, retrasado mental, mal hombre, asesino…, vaya, hasta tratante de blancas. Y da nada servía recordarle que ella se había enfermado, porque en realidad había sido su dolor profundo, como ella lo llama.

—Nunca pensé que te diera así —le decía yo.
—¿Por qué no ha escrito? —me gritaba ella, bañada en lágrimas—. ¿Por qué no ha llamado?
—A lo mejor…, no sé, a lo mejor regresa antes que las cartas, ya sabes cómo es el correo.

Pero ella no me hacía caso y seguía gritando por su niña muerta, o perdida para siempre, o presa en una cárcel…

—¡O en Siberia de puta!
—¡Sara! —grité, porque nunca antes la había oído decir «puta».

E Ilse volvió cuando tenía que volver, es decir a los tres meses, y sus cartas, todas, llegaron quince días más tarde.

—Te las mandaba cada semana —le explicó Ilse a su mamá—. Pensé que era más bonito escribirte, para que te fueran llegando —y mi hermana le sonrió como si nada, y la abrazó y la cubrió de besos.
—Sí, mi amor, está bien… Tu tío era el que estaba como loco, pero ya ves cómo es…

Ilse la había pasado muy bien. Se había asustado al verse sola en el avión, pero todos habían sido muy amables con ella. Al llegar la habían llevado sin mayor problema con sus anfitriones…

—Y ya de ahí fue padrísimo —nos dijo—. Aprendí mucho.

No pudimos juzgar su ruso, naturalmente, pero además de que hablaba de lo mismo todo el día estaban las fotos: Ilse sonreía por igual en la Plaza Roja, ante la tumba de Lenin, junto al monumento a Marx y Engels, en Leningrado (no entendió cuando le dijimos que aquello era San Petersburgo), en la casa en la que se había quedado. Y ante el edificio de la Editorial Progreso. Y junto a una prensa. Y con una mujer, de cabello blanco y lentes redondos, que era Galina Demikina.

—Es muy linda —nos dijo. Y mientras nos contaba cuán linda era, qué amable se había portado, qué autógrafo tan hermoso le había escrito en su ejemplar de Se ha perdido una niña, yo pensé en los sellos de su pasaporte, todos llenos de hoces, martillos y las letras CCCP. Y se me ocurrió llamar, ahora sí, a la CIA.

No lo hice porque a) detesto a los gringos, b) no tengo ni idea de cómo llamar a la CIA y c) de todos modos hubiera sido ridículo.

Pero también porque, tengo que admitirlo, de pronto sentí una envidia enorme. De Ilse. Es la verdad.

Quiero decir, a pesar de todo, a pesar de las circunstancias del viaje, a pesar de que seguíamos sin entender a dónde había ido, ella estaba feliz. ¿Y por qué no? Había visitado sitios muy hermosos, conocido gente diferente, visto (aunque suene horrible) nuevos horizontes… Había ido mucho más lejos que cualquiera en la familia. Teníamos que estar orgullosos. ¡Lo más lejos que ha llegado mi hermana es a Zipolite, y yo ni eso!

En los años siguientes vi que ella, mi hermana, se sentía como yo, porque dejamos de hablar del asunto y preferimos no inquietarnos por los hermosos viajes subsecuentes, las nuevas fotos, el cada vez mejor ruso, hasta donde podíamos apreciarlo, de Ilse. O su beca para la preparatoria. O su beca para la universidad. O su novio, Piotr Nikolaievich Ternovsky, de Leningrado (no San Petersburgo), que conoció en 2004. O su último viaje, en 2007, y su vuelta a México que se retrasaba, y se retrasaba… O su llamada, una noche, para anunciarnos que estaba muy enamorada y que se iban a casar.

—Ay, mi hijita —dijo mi hermana la última vez. Estaba conmovida. Ilse cumplía ventitrés años, llevaba casi uno de casada y había podido llamarnos.

(Ilse llama, o por lo menos escribe, cada tres meses, más o menos. Tenemos su teléfono, por supuesto, pero cuando llamamos nunca está o las líneas se cruzan y la llamada acaba quién sabe dónde.)

Platicaron y mi hermana se enteró de que ella y Piotr habían decidido aplazar un poquito más al pequeño Nikolai, así se llama el papá de Piotr, o a la pequeña Sara. (El que eligieran esos nombres me disgustó un poco, pero supongo que es algo infantil de mi parte.)

—¿Entonces ya no voy a ser abuela? —preguntó mi hermana, pero Ilse le explicó que la razón del aplazamiento era que acababan de aceptarlos en la Academia de Ciencias de la URSS. Nunca nos ha dicho exactamente para qué, pero hemos llegado a la conclusión de que tiene que ver con el programa espacial: van a estar, según nos dijo, en el cosmódromo de Baikonur, con algunos de los cosmonautas que serán llevados, muy pronto, a la nueva estación espacial, la Mir 4.

(Claro, podrían ser parte del equipo de tierra, que va a estar en Baikonur durante toda la misión. O no tener nada que ver con eso… La verdad es que Ilse nunca nos platica con muchos detalles. Y, desde luego, las noticias de la televisión o los periódicos siempre hablan de Rusia.)

—Qué maravilla —dije yo, de todos modos, cuando me tocó hablarle.

Luego vinieron las quejas. Siempre es muy incómodo cuando le platicamos cómo nos va a nosotros… Pero ella nos consoló, como siempre: en realidad el socialismo tampoco es una utopía, nos dijo, ni mucho menos.

—La burocracia es terrible. Ni Gerasimov puede con ellos —Gerasimov es el jefe del Partido y, según muchos (o eso dice Ilse), un nuevo Nikita Jruschov.

Hablamos algo más, nos despedimos, colgamos… Y yo veo que mi hermana está muy orgullosa. No puede decirle a nadie dónde está su hija, y todo el mundo se extraña cuando les cuenta que vive en Rusia (que está arruinada, llena de narcos y políticos corruptos, y no se parece nada o casi nada a la antigua URSS), pero a ella no le importa.

Por mi parte, sólo puedo pensar que Ilse es una mujer muy afortunada. Y me consuela, a fin de cuentas, el hecho de que ella me recuerda, siempre que puede, cuánto tengo que ver con su felicidad.

—Tú eres el tío del libro —me dice. Se refiere al de Se ha perdido una niña, que ella tiene en la URSS y por lo tanto sigo sin leer.


© Alberto Chimal, 2012.

G

Rudisbroeck o los Autómatas

MAGG MYRANDA

1
A los diez días de marcha hacia el Oeste, la ciudad del otoño perpetuo se recorta en el horizonte como un espejismo trémulo, como una alucinación difusa que va tomando el aspecto, conforme avanza el viajero, de un conglomerado de torres, agujas y murallones cubiertos de enredadera. Una vez que pisamos las márgenes del río que circula en torno a la ciudad y cuyas aguas hirvientes la vuelven inexpugnable, tenemos que aguardar, en el embarcadero desierto, a un ceñudo Caronte para cruzar al otro lado. Luego, durante la travesía, el barquero nos dice el nombre del río (Tang) y de la ciudad (Penumbria) y nos pregunta: “¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Ha cruzado el pantano verdinegro? ¿Ha rasgado la cortina de zarzas? ¿Ha tomado el empalme de los gnomos?” Respondemos afirmativamente, aunque no sea cierto, por temor a su rostro pálido, a su mirada de gato. Cuando nos hallamos en tierra firme, nos parece abordar simplemente una barca más grande, que se balancea de modo imperceptible. También sentimos, pasado un rato, que la realidad tiene la textura, el color y la luz de un cuadro: la realidad es un cuadro y nosotros formamos parte de él. Después, nos enteramos de que el cielo es un tinte sepia surcado por nubes que prometen tormenta (sin cumplir nunca su promesa) y de que acaban de dar, para siempre, las cinco de la tarde: aún persiste el rumor de la última campanada, hecho al que tardamos un poco en acostumbrarnos. Cuando lo logramos, nuestros pensamientos tienen la misma resonancia de ese plañido, están como encantados por él, sólo se piensan pensamientos de las cinco de la tarde y quizá por eso los libros redactados en Penumbria son libros para leer en el ocaso. Pero, aunque la luz es la misma siempre, hay un sol y una luna que indican “ahora es de día” o “ahora es de noche”, que sirven para hablar del ayer, del hoy, en ocasiones del mañana, sin que haya el oscurecimiento ni la luminosidad correspondientes a la noche y al día, pues la ciudad irradia esa luz ambarina con el objeto de que sean, eternamente, las cinco de la tarde.
Penumbria conserva algunos ojos de agua, “restos de la lluvia de la noche anterior al día del encantamiento”, que no se evaporaron nunca. ¿Lugares de interés? Un cementerio, una iglesia, una plaza, una escuela religiosa para niñas y, sobre todo, la torre de Johan Rudisbroeck, tan alta que se pierde entre las nubes: nadie, hasta ahora, ha visto su cúspide. Sobre esa torre hay una leyenda, que narraré más tarde. Quisiera evocar, por el momento, la imagen de Penumbria tal y como se me apareció hace veinte años: radiante, del color de la miel, porosa; húmeda y cálida a la vez como un cadáver en descomposición, pero fascinante y bella como una hoguera.
Yo erré por sus callejuelas, expurgando cada rincón y cada esquina, deteniéndome a mirar aparadores, entrando en librerías polvosas, pateando una botella rota o silbando, con la cabeza en blanco. Me senté en las bancas de la plaza, deambulé por los muelles. Visité la tienda de antigüedades del perverso Mefisto, donde, bajo un techo del que cuelgan falos de trapo y en un ambiente cargado de porcelanas, prismas y baúles el cliente deja pasar el tiempo, sorpresa tras sorpresa, y donde, apenas halla lo que buscaba, una nueva maravilla le sale al paso. Mefisto, último vástago de una familia de aristócratas dedicados a la compraventa de objetos preciosos, es un hombre de pelo cano y rostro de bruja que al reír muestra una cadena de dientes ennegrecidos y una lengua blanca. Sus ojos fueron amarillos: ahora no tienen color. Una especie de mameluco gris rayado de arabescos envuelve sus formas femeninas, y cuando se nos acerca desde la trastienda, contoneándose, dudamos por un instante de su verdadero sexo. Con voz de pájaro nos pregunta qué puede hacer por nosotros y antes de que respondamos comienza a mostrarnos, como él dice, su “modesto repertorio de bizarrías”. Quiere actuar un poco: tomando una cajita de marfil ensalza sus virtudes, nos cuenta cómo la obtuvo y para qué sirve, agitando sus manos esqueléticas, rebosantes de anillos; se pone una diadema, ensaya una sonrisa cándida que resulta patética, nos dice que la diadema tiene cualidades mágicas y las enumera; nos invita a bajar al sótano, donde guarda sus verdaderas joyas, “sus tesoros”: un collar dé amatistas “para regalar a la esposa el día de su cumpleaños”, del que nadie puede desembarazarse una vez que ha ceñido el cuello y que va reduciendo su diámetro hasta estrangularnos; un reloj que da la hora sólo momentos antes de la muerte de su dueño; un retrato que cobra vida, se sale del cuadro y merodea por la tienda cuando Mefisto se va; un pequeño bailarín de cuerda que toma proporciones gigantescas mientras duerme el niño o la niña a quien lo obsequiaron; un huevo de jade que al ser agitado emite una risa diabólica; un caballito de carrusel que relincha, voltea la cabeza y se encabrita para horror del jinete; una llave de plata que, suspendida en el aire, busca el ojo de cerradura más arbitrario, ya sea el de la puerta que nos conduce al infierno o el de la que nos lleva al paraíso, y que nos obliga a seguir su curso hasta llegar a esa puerta y abrirla…
Estos y otros objetos desfilan ante nuestro reiterado asombro, como una troupe de fenómenos al compás de un pregonero delirante. Salimos del sótano agobiados, nos despedimos de Mefisto y, en la calle, nos damos cuenta de que no hemos comprado nada. Recuerdo que yo prometí no volver jamás, que anduve un buen rato por el malecón y que terminé, con el vago propósito de mitigar los nervios, en la primera taberna que se me puso enfrente: La mansión del Zu, donde, como el título indica, se bebe Zu, elíxir que suelta la lengua y predispone al ensueño. Los hombres de mar, los capitanes nostálgicos, los antiguos grumetes pendencieros frecuentan ese lugarejo, para soñar y recordar tempestades, para jugar a los dados y escuchar cuentos. Yo ocupé una mesa remota, con la intención de beber a solas, pero no pasó mucho tiempo antes de que un anciano medio borracho se sentara frente a mí y exigiera ser escuchado. Me habló de muchachas de ojos de gacela, me habló de planicies habitadas por gigantes, me habló de cuestiones marinas y terrestres con una voz que no era marina ni terrestre. Yo bebía y escuchaba, y al fin le pregunté por Rudisbroeck. Su cara se ensombreció. Dijo que no sabía nada y miró su copa vacía. Sin titubear pedí otra, advirtiendo: “Yo invito.” La bebió de un solo trago y guardó silencio. ¿Cuántas copas de Zu le soltarían la lengua? Ordené tres más, que bebió sin decir palabra. Cuando me disponía a invitar la última dijo que sería inútil: “De Rudisbroeck nadie habla ni hablará.” Entonces miré mi reloj. “Mire”, le dije. “El único reloj que anda en toda Penumbria.” Lo examinó, azorado. “Será suyo si me habla de Rudisbroeck.” Ordenó otra copa de Zu y, guardándose el reloj en un bolsillo de su deteriorado gabán, recitó:
“¿Ha visto la escuela religiosa de la calle Mommo? Pues bien… a ella acuden sólo las jovencitas más hermosas de Penumbria y permanecen internas varios años, aprendiendo a hilar en la rueca, a comportarse bien y a escribir sagas en estilo elegante. No ha estado usted ahí, seguramente. Yo trabajé de barrendero, hace mucho. Es un sitio melancólico, lleno de fuentes redondas y de sauces milenarios. Las niñas andan en cueros por el patio, juegan en cueros, trabajan en cueros. La idea es imponer un clima de libertad que haga soportables el encierro, el aburrimiento, las infinitas tareas: desnudez, juegos y el alivio ocasional de un chico aparentemente furtivo que en realidad sostiene tratos con Sor Orfila, la directora, o con cualquiera de las maestras. Ese día es la gloria para el muchacho, como podrá imaginarse. Además, sólo se le concede una vez en su vida… Una especie de iniciación por la que todos los hombres de Penumbria han pasado de jóvenes, excepto yo.” Señaló la región correspondiente a su ingle y murmuró: “La perdí en una invasión, hace doscientos años.”

2
Hubo un vacío entre nosotros, que mi amigo intentó llenar de Zu. Como no bastara con ello, las palabras fueron brotando… en orden riguroso, lo que me hizo pensar que no era la primera vez que contaba la historia:
“De los primeros jóvenes que probaron la tibia hospitalidad de Sor Orfila, el más singular fue Johan Rudisbroeck. En la torre que ahora lleva su nombre, Johan vivía entregado a grimorios, al opio, a la composición de sonetos eróticos y sobre todo a sus autómatas, a sus terribles muñecos inanimados, a sus maniquíes de pesadilla que, bajo las manos incansables de aquel artífice, parecían escuchar, mirar, oler con una intensidad mayor que la de los hombres. Algo sagrado, algo infernal desplazaba a esos robots por las escaleras de caracol y por el sombrío jardín interior de Rudisbroeck; los hacía hablar, cantar o reír con sus voces metálicas, los hacía bailar con sus piernas de hierro, fregar platos, barrer patios atestados de hojas muertas, desempolvar anaqueles…
“Ya era grande su fama cuando Rudisbroeck fue invitado por Sor Orfila, imprudentemente, a pasar una noche en su colegio con una chiquilla de apenas trece años, hija del entonces rey de Penumbria y de un hada oscura, tan oscura que de ella no pervive nada sino el testimonio de su cólera…
“La joven, llamada Glinda, respondió aquella noche a los embates de Johan como una verdadera amante, lo enardeció y apaciguó a capricho, le hizo perder la cabeza y recobrarla y perderla de nuevo. Al despuntar el alba, fatigados los dos, pactaron con sangre y urdieron un plan:
“Rudisbroeck, en la soledad propicia de su torre, fabricaría un androide rigurosamente idéntico a Glinda, su doble exacto, que tendría el deber de sustituirla en el colegio una vez que ambos amantes se hallaran juntos. Para Glinda, que conocía una puerta secreta ignorada por las monjas, escapar no era difícil: Johan transmitiría mentalmente a Glinda, llegada la noche, que la primera parte del plan había tenido éxito. Entonces, Glinda acudiría a la puerta secreta, dejaría pasar a su réplica y se fugaría con Rudisbroeck…
“No sonaba mal. A Johan y a Glinda les pareció muy fácil. Pero, tres meses después, ante la segunda versión mecánica de Glinda, Johan se percató de que el mágico soplo de vida (esa violenta coloración en las mejillas) que había insuflado a su muñeca ocultaría por tres años, cuando mucho, la estratagema: tenía que hacerla crecer, naturalmente, como todas las muchachas, envejecer y morir como todas las mujeres. Además, tenía que hablar como Glinda, guardar los recuerdos, el historial y las manías de su amada. El tejido de caucho imitaba fielmente la porosa textura de la carne de Glinda; los ojos azules, las manos con hoyuelos, la suave curva de la espalda, las nalgas prominentes y las piernas rollizas correspondían al modelo original. Su voz, al cabo del tiempo, fue adoptando las modulaciones apropiadas. También los recuerdos (en ese complicado mecanismo de relojería que es el cerebro de un robot) llegaron a ser los mismos: imágenes, pesadillas y fantasías que Johan escuchó por primera vez, en agotadoras sesiones de percepción extrasensorial, salidas de los labios de Glinda II. El movimiento de aquellos labios era turbador, pero Johan sabía que Glinda, su Glinda, palpitaba en cada palabra dicha por el androide, y que el androide aprendía en las mañanas y en las noches, siempre que Glinda le suministraba lentamente, desde su alcoba o desde los patios del colegio, la información indispensable, anotada por Rudisbroeck, apenas salía de los labios del dummy, en una libreta verde. Al finalizar cada sesión Johan y Glinda se comunicaban brevemente, ya sin el tamiz de Glinda II, para decirse ‘hasta mañana’ o ‘hasta la noche’, descansaban y dejaban descansar a la muñeca.
“Johan fue olvidándose de sus otros golems, de modo que éstos detuvieron sus faenas y quedaron inmóviles, oxidados por la lluvia. Glinda II era casi perfecta, era su obra maestra, su golpe final. Pero Glinda I había crecido, imperceptiblemente: pronto cumpliría los catorce años, mientras Glinda II permanecía instalada en los trece y ahí seguiría, impasible, a menos que Rudisbroeck ideara algo. Y ese algo no estaba en los ajados volúmenes de electricidad. ¿Estaría en los de magia.. ?
“Glinda no le dio tiempo de responder a esa pregunta. En una de tantas mañanas le ordenó: ‘Recógeme hoy en el colegio, a las cinco de la tarde. Las monjas rezan hasta pasadas las seis, y ya estoy harta’. Johan respondió: ‘¡Nos descubrirán..! La muñeca funciona indefinidamente, pero no envejece…’ Y Glinda: ‘Ya idearemos algo. Por favor, Johan… antes de que sea demasiado tarde…”
“Johan accedió: habiéndole indicado Glinda la correcta ubicación de la puerta secreta, se dirigió a ella seguido por el androide, que andaba como una verdadera princesa y que preguntaba constantemente: ‘¿Me veo bien? ¿Me veo bien?’; Johan respondía: ‘Tan bien como Glinda’, y reanudaban la marcha.”

3
Llegado a este punto, el viejo se detuvo. Elocuentemente: cayó al suelo, llevándose una botella consigo (desde hacía un rato su voz titubeaba). Un marinero se acercó para ayudarme a levantarlo. Quiso abrirle los ojos con golpecitos en la mejilla y le puso una copa entre los labios. El viejo negó con la cabeza y dijo: “Mañana, quizás… vuelva mañana.” Pensé que no podría dormir sin haber escuchado el final de la historia; que perdería algo mucho más valioso que mi reloj si me largaba en ese instante. Pero convencerlo era imposible: su memoria, o su inspiración, estaba embotada, y en pocos minutos comenzaría a delirar. “Mañana”, le dije, “volveré. Y quiero un final redondo.” Asintió con la cabeza. “Tendrá su final. Si así lo quiere, tendrá dos.” El marinero me tomó del brazo. “Venga conmigo”, dijo. “Es la hora de los comediantes.” Lo miré a la cara. No tenía nariz, era tuerto y la nuez de Adán le bailaba en la garganta. Escupió, insistiendo: “Es la hora de los comediantes. Venga conmigo.” Lo seguí. Había un amontonamiento a la salida de la taberna. Gente que gritaba. Rostros pintarrajeados. Entre la multitud, gesticulando, vi a Mefisto. “¡Queremos a los comediantes!”, era el grito más notable. Un merolico pregonaba obscenidades, juraba complacer a los espectadores con exóticas danzas y fenómenos curiosos de la naturaleza, con maravillas del mundo visible y del mundo invisible. “¡Queremos a los comediantes!”, respondía la multitud. El marinero, con aspecto de veterano, palmeaba en el hombro a los individuos que nos rodeaban. Ellos, mirándolo, sonreían. Luego, al mirarme a mí, reían a carcajadas. Alguien, por encima de mi hombro, susurró: “Forastero, ¿eh?.. Llega usted a tiempo.” Volví la cabeza. Una doble cadena de dientes afiladísimos y un par de luciérnagas ávidas fue todo lo que distinguí bajo aquella capucha. La multitud me arrastró, confusamente, al fondo de un teatro en tinieblas, en cuyo frontispicio alcancé a leer:

PAPÁ FRITZ Y SU GRAN GUIÑOL
VUELVEN A PENUMBRIA
OFRECIENDO NUEVOS
CAPRICHOS DE LA NATURALEZA
EN UN ESPECTÁCULO INOLVIDABLE
DE
PORNOGRAFÍA MÁGICA

4
No era un invernadero… a menos que pudiera evocarse la noción, levemente atroz, de un invernadero edificado sin el propósito de alojar plantas. Pero un olor a lirios descompuestos, un olor húmedo que se adhería a la ropa como pelusa, un olor irritante y maléfico llenaba el local. Aquella cueva de vidrio rematada por un tablado rústico sin decorados ni telón, iluminada por la luz mortecina que proyecta el alma sobre ciertos paisajes, ventilada por agujeros de noche y sueño, era un teatro ideal, el teatro que los Señores del Tang, en el comienzo de las edades, donaron a los otoñales habitantes de Penumbria. Éstos, como siempre debieron hacerlo, guardaban un respetuoso silencio que fue roto sólo momentos después, con las primeras escenas del primer acto de la primera obra, extrañamente llamada La Cristofagia o el Evangelio según San Judas (pieza en dos actos y una moraleja). Yo sospechaba que la función comenzaría cuando alguien tomara el altavoz que vislumbré en uno de los rincones del escenario, pero no fue así: nadie tomó el altavoz: éste se levantó solo, flotó en el aire y dejó salir una voz dulcísima, como de ángel caído, que pronunció lentamente las palabras de bienvenida y nombró el repertorio, los títulos de las obras, las virtudes supuestas de cada una de ellas y de sus actores. La multitud guardaba silencio. Entonces, lo que yo había tomado por escenario desapareció para verse suplantado por un cielo azul, azul como nunca se ve en Penumbria, un cielo azul en tres dimensiones, lleno de nubes blancas y de gaviotas. Una parvada de gaviotas enloquecidas invadió el recinto, gritando salvajemente, volvió al cielo azul y acabó posándose en las ramas de un olivo solitario enmedio de un campo de amapolas. Hacía calor, un calor sofocante. Y luego… brisas, también cálidas, vinieron a mí desde el… ¿escenario?
La imagen de las gaviotas posadas en el olivo fue borrándose paulatinamente, como si la cubriera el agua. Y una nueva imagen tomó su lugar: la de un hombre desnudo, muy delgado, clavado en una cruz, mirándonos con algo parecido al odio. La cruz dominaba, desde lo alto de una colina verdeante, paisajes de color y movimiento difusos: ora rojos, ora negros, ora llenos de gente, ora vacíos… Resultaba imposible distinguir escenas concretas o atrapar imágenes claras. El único elemento constante era el hombre de la cruz, en quien se reconocía ya, mudo y sangrante, al Cristo de los pintores y de los poetas, aunque sin Dimas ni Gestas ni romanos ni fieles. ¿De quién era la silueta, firme y a la vez trémula, que se acercaba por la derecha..? “¡San Pedro!”, dijo una voz, la de Papá Fritz acaso. Hubo un acercamiento a la cara curtida del viejo apóstol. Copiosas gotas de sudor se mezclaban con las gruesas gotas de saliva que resbalaban por su quijada. Tenía hambre, un hambre feroz. Voces andróginas llenaron el aire, murmurando: “Lo bajan de la cruz… Lo bajan de la cruz. ..” y el rostro de San Pedro se iluminó, cambió, pasó sucesivamente a ser el de una linda muchacha de labios rojos, el de un perro, el de un lobo, el de un monje con los dientes cariados y por último el del Cristo mismo… “Lo bajan de la cruz, insistían las voces, mientras la imagen (en aquel escenario fuera del tiempo y del espacio) proponía ahora un banquete caníbal, cuyos concurrentes fueron siendo nombrados: Mateo, Juan, Lucas, Marcos, Pedro…
Y del manjar, del divino manjar, pronto quedó sólo un montón de huesos y de vísceras que los buitres fueron disputándose ante mis ojos horrorizados…
El primer acto de la función terminó cuando, salido del tétrico festín, uno de los buitres dejó caer entre el público un muñón semidevorado y la voz, la inconcebible voz de Cristo, pronunció estas palabras:
” ¡Tomadme, tomadme si me amáis..! ¡No hay mejor hostia que mi sagrado cuerpo..!”

5
Como pasé media hora vomitando en las letrinas subterráneas del teatro —sin dejar de oír los gemidos del público, más alborozado que nunca— no pude asistir al segundo acto ni a la moraleja. Vomité ininterrumpidamente, sobre un piso de mosaicos rotos de vivos colores que se agrupaban formando peces y demonios, un piso… ¿de mosaicos realmente? Más bien se trataba de una superficie esponjosa que absorbía los productos líquidos de quien esto escribe y de los demás concurrentes que, dicho sea de paso, eyaculaban y orinaban en vez de vomitar. Los hombres desalojaban sus testículos y las mujeres sus vientres sobre aquel suelo engañosamente sólido y desaparecían tras los cortinajes de la salida que los conduciría de nuevo a la parte superior del teatro. En cosa de unos segundos satisfacían sus necesidades más apremiantes y, con la energía recobrada, se apuraban, corrían, volvían a subir.
El olor de las letrinas no era desagradable… un olor a musgo, a estanque de lotos.
Vi a una mujer descomunal —en molicie y en fealdad— que, inmóvil junto a una especie de guerrero negro, sudaba, sudaba, sudaba como no he visto sudar a nadie. Cerca de ella, un anciano enjuto con aspecto doctoral se quitó los quevedos para llorar… un verdadero torrente. Pero al llorar… sonreía. “No llora”, pensé. “Le sucede algo, pero no llora. La gente no llora así.” Luego: “Está enfermo. Estoy enfermo. Todos estamos enfermos. Nadie orina ni eyacula ni suda en realidad Lo que hacen, lo que hago, es alimentar al suelo: eso es todo… Dar de comer al suelo, al monstruo.”
Fue entonces cuando me percaté de que mis ganas de vomitar eran falsas y me retiré discretamente.

6
En el escenario habían puesto una guillotina con soportes de marfil y cuchilla de hierro, provista de un tablero de madera preciosa que contaba con dos huecos destinados a dos cabezas. El acto se llamaba, creo, Dos pájaros de un tiro. Por el lado derecho salió un pigmeo encapuchado arrastrando a una mujer desnuda que tenía —espanto supremo— dos cabezas, dos cabezas que rogaban piedad al unísono y hacían muecas horribles, gimoteando. El pigmeo tomó por los cabellos a una de las cabezas y la estrelló contra el suelo, haciéndola sangrar por las narices. “Así aprenderás a cerrar el pico”, dijo, “en ocasión tan solemne.” La otra cabeza miró a los espectadores con el rabillo del ojo izquierdo y escupió. Al ver eso el pigmeo hundió su dedo pulgar en el ojo culpable de la infortunada y lo vació de un solo impulso.? (1) “¡Sabes muy bien que no te está permitido mirar al público!”, sentenció, mientras colocaba a las hermanas siamesas en el tablero. La decapitación no se hizo esperar: ambas cabezas rodaron, seguidas por un doble chorro de sangre negra que salpicó a los espectadores de la primera fila, ya definitivamente extáticos. Lo que vino después sigue pareciéndome inexplicable: las cabezas rodaron en sentido inverso, colocáronse de nuevo en sus cuellos, la cuchilla ascendió tan violentamente como había descendido, el enano levantó a las hermanas siamesas, el ojo vaciado regresó a su cuenca y el hilo de sangre a las narices… los mismos actos, en suma, que había presenciado minutos antes, pero realizados al revés, contra el reloj y las leyes físicas…

7
A manera de intermedio, un tranquilo cuadro de Sir Lawrence Alma-Tadema (2) vino a sacarnos del profundo sopor en que nos había hundido la decapitación. Digo un cuadro, pero las figuras vivían, se estremecían los pinos, una espléndida luz lo llenaba todo, a lo lejos el mar rumiaba eternidades, la negra banderola del centro ondeaba y un plácido efebo comía una naranja, echado entre las piernas de una emperatriz. Diez minutos, quince… y una gigantesca mano invisible arrojó ácido corrosivo sobre la tela viviente, derritiendo las imágenes.

8
Sonia (ojos verdes, pieles opulentas, blancas, envolviendo un rostro más pálido aun) me dijo:
“Soy la virgen de las faldas alzadas. Actúo en una obra llamada La Espera, en el rol de monja. No digo nada, no respondo a las preguntas que me hacen, guardo silencio a lo largo de toda la obra.”
Sonia (mirada oblicua, lengua ardiente, vaga coloración en las mejillas) me dijo:
“Soy la que algunos llaman Glinda. Cualquier parecido con la bruja buena del Sur es pura coincidencia.”
Finalmente Sonia (vientre convexo, boca de fresas, nariz respingada, olor a Rusia) me dijo:
“Soy la asistente a una obra, que tuvo lugar el viernes, pasada la medianoche. No existo.”
Sonia (rasgos de otoño desfigurado por el ajenjo) me atrajo con violencia, envolviéndome en su piel de foca. Estornudé al posar mis labios en su cuello: lo habían espolvoreado con pimienta.
“No temas”, añadió. “Me verás actuar en pocos minutos. ¿Oyes cabalgar a Papá Fritz..? Los cascos de su caballo verde golpean el camino empedrado… Ya desmonta. Penumbria toda quiere ver La Espera. ¿Y tú?”
Sonia mordía un collar de perlas. “Mi rosario”, dijo. “Mi rosario sin cruz.” No sé cuándo apareció mi Sonia, mi difuso personaje tentador.
Porque Sonia era el diablo. “Me verás actuar en algunos minutos, en el rol de monja. ¿Quieres… besarme?”
Sonia era de humo, una muchacha perfumada con especias que apareció en algún instante, entre la presentación del cuadro viviente y La Espera, y que no volví a ver después. La monja de La Esperaera distinta.
Sonia se parecía a las muchachas que agitan sus pañuelos en el muelle para despedir a sus muchachos, tocadas por un sombrero de paja con un lazo rojo. Sonia se parecía a las nanas que pasean a sus bebés por el parque a las seis de la tarde. Sonia se parecía a las rameras que ofrecen sus senos al paseante para que deje en ellos un mordisco o un beso. Sonia se parecía a mucha gente, pero no a la monja de La Espera. La monja de La Espera era una mujer gorda, entrada en años, de carnes repugnantemente rosadas. La Espera, obra larga y aburrida, de trama y diálogo escasos, pretendía embrujarnos con la reiteración de frases, de actitudes soñadoras, con el truco del misterio a ultranza: cinco personajes melancólicos (monja, oficial, prostituta, viejo astrólogo, poeta) esperan a alguien. La ventana del cuarto en que se hallan da a una ciudad muerta, más parecida a Brujas que a Penumbria. Ni una brizna de aire: un calor sofocante. Diálogos ambiguos. No se sabe a quién esperan. Hay alusiones a un trío de ciegos, al Mesías, al Anticristo, pero nada es claro. Mientras duermen, exhaustos, entra un cuervo por la ventana, o una paloma blanca, que deja un lirio entre las manos de la monja. En el segundo acto, muy corto, la monja ha desaparecido, aunque sus ropas están todavía ahí. El oficial lee un párrafo sobre mesmerismo… con lo cual la obra concluye. Telón: de pronto hubo telón en el escenario.
Aquel párrafo sobre mesmerismo daba la clave de la obra, sugería un algo espantoso que, luego de la caída del telón, seguía acechándonos desde algún punto situado más allá de la realidad visible. Yo no supe adivinar la naturaleza de ese algo, y creo que el resto de los espectadores tampoco.

9
De entre la multitud, un personaje de sexo indefinido me deslizó un folleto en papel satinado que la mortecina luz del teatro me permitió leer:

“Alguien ha dicho que la hipertricosis no tiene lugar de origen. Tratados de erotología y revistas como La Nature abundan en ejemplos del Cáucaso, del Congo, del Tirol. Krao, mitad mono, mitad niña, era de los confines del Indostán. El antropólogo que la examinó, un tal Keane, creía hallarse frente al ‘eslabón perdido’. Nada de eso: a pesar de sus facciones simiescas y de sus patas prensiles, Krao nació de hombre y mujer, también velludos, pero sin duda pertenecientes a la especie homo sapiens. Penumbria, tierra fecunda en prodigios, no podía ser una excepción. Braulio, llamado también ‘el hombre león’, ‘el hombre perro’ y ‘el hombre más feo del mundo’ nació en Penumbria, de padres normales, hace un par de siglos. Ha encanecido un poco. Dicen que se tiñe el pelo. Cuando Papá Fritz lo descubrió tenía doce años, y se alimentaba de carne cruda. Sus padres, temerosos del odio popular, lo encerraron en una bohardilla oscura… inútilmente, pues el rumor de que la casita de aspecto inofensivo alojaba a un monstruo se corrió desde el nacimiento de éste, y la gente rehuía el contacto físico con los desafortunados padres, movida por la superstición del contagio, por el horror sagrado que también irradia la lepra.
“Contra la hipertricosis, que puede ser parcial (mujeres barbudas) o general (Braulio y sus colegas) no hay medicinas ni embrujos eficientes. Los más antiguos casos, como Nabucodonosor, y los más modernos, como Julia Pastrana, ‘la mujer gorila’ exhibida en los circos europeos al declinar el siglo, coinciden en lo esencial: capilaridad monstruosa. Pelo aquí, pelo allá, pelo en todas partes. En la nariz, en las piernas, en las manos, en los pies, en la espalda. Hombres hirsutos, masas peludas. La desagradable sorpresa después del parto. Las bases reales de un mito legendario: la licantropía. Un hombre en cada millón padece hipertricosis. Extremadamente raro. Chocante, pero soportable… a menos que se tenga una sensibilidad muy delicada. Barnum registra, en su diario, el caso de una mujer que, después de asistir a una de sus famosas soirées, entró en pánico y murió loca, gritando:
“¡Me ha tocado la perruna! ¡Me han pegado la lupina!
“Braulio, sin embargo, es una excepción dentro de la excepción. Su amplia sabiduría, que por cierto no tomó de los libros, le permite responder con ingenio y verdad a las preguntas más complicadas. Como nadie ha podido averiguar de dónde proviene tal derroche de conocimientos, lo común es atribuirle un origen mágico. De todos los monstruos de Papá Fritz, Braulio es el más singular y constituye el ‘plato fuerte’ de su horrible menú. Domina quince idiomas y cuatro dialectos, conoce y discute artes y ciencias, recuerda incidentes antiguos con precisión de historiador, destaca como poeta ‘espontáneo’ (un oficio de gran prestigio y dignidad en Penumbria) y es un connoisseur en materia de hierbas venenosas y alucinógenas. Viste con buen gusto, aunque dramáticamente. Las joyas le fascinan. Usa sandalias negras con bordados de oro, chaquetillas de torero y pantalones de terciopelo muy ajustados. Aparece, con atuendos siempre distintos pero siempre magníficos, echado en un gran cojín de Samarcanda, fumando ganjaen una pipa de marfil y cepillándose el pelo, esa cabellera global que lo cubre de la cabeza a los pies y que ahora lo enorgullece, pues hace de él una especie de ángel o de demonio ‘tocado por el dedo de la musa’, una de cuyas frases favoritas es:
Dios hizo a Braulio a su imagen y semejanza.”

10
La cosa que vieron mis ojos correspondía más que fielmente a la semblanza esbozada por el folleto: no faltaba ni un pelo… y sobraban muchos. Braulio reposaba en su cojín, alumbrado por una luz amarillenta, fumando su pipa, cepillándose el pelo y mirándonos, impasible, desde su bizarro universo. Pensé: “No somos menos mágicos que él. ¿Por qué sonríe?” Un hombre, tal vez el anciano de los quevedos que momentos antes había visto llorar en las letrinas, ascendió las gradas que llevaban al tablado y se arrodilló frente a Braulio, como un adorador frente al objeto de su culto. Braulio le alargó la pipa. El hombre la tomó y le dio tres hondas fumadas. Luego, la devolvió a Braulio, que fumó también. El hombre preguntó, con voz lo suficientemente alta como para que todos lo escucháramos: “¿Existe Dios?”
Braulio parecía meditar. La respuesta fue perceptible, a pesar de una ronquera leonina que entorpecía su voz:
“El Dios que creó al universo ha muerto, pero el dios que creó a Braulio vive.”
Un dilatado fragor de reverencias cundió entre los espectadores. El hombre que había preguntado besó la pata de Braulio y descendió los escalones. Una niña muy pequeña, de largo traje blanco y velo de novia, subió al escenario, se arrodilló ante Braulio, fumó de la pipa con él y preguntó:
“¿Cuál es el peor miedo de todos?”
“El miedo de tener miedo”, dijo Braulio.
“¿No tienes miedo?”, fue la segunda pregunta.
“No”, respondió el monstruo.
La niña guardó silencio. Luego, nuevamente, con altivez, interrogó:
“¿Qué es más difícil: entrar en el cielo o entrar en el infierno?”
Braulio advirtió un dejo humorístico en la cuestión, pues respondió sonriendo, con ternura:
“Entrar en el infierno es tan difícil como entrar en el cielo, pero los caminos que conducen a él no son los mismos.”
Emotivos aplausos activaron la vanidad de la pequeñuela, que bajó, contoneándose, después de haberle besado la pata al “hombre perro”. Yo pensé: “Si el monigote lo sabe todo, debe conocer sin duda el final de la historia de Rudisbroeck.” Me adelanté, con esa idea en la cabeza, y una vez en el escenario llevé a cabo mi versión de la ceremonia que había visto representada ya dos veces, a la que Braulio se prestó con el mismo desinterés. Había un destello en sus ojos, algo familiar…
“¿Cuál es, oh maestro, el final de la historia de Rudisbroeck?”
El público se deshizo en carcajadas. Yo reconsideré mi pregunta, sin encontrar nada gracioso en ella. Por lo visto, Braulio tampoco, pues levantando los brazos exigió silencio y, poniéndose de pie, me contestó:
“Lo verás con tus propios ojos. Ven conmigo.”
“Pero… ¿y la función?”
“La función continúa. Tus ojos son los ojos del espectador, de cualquier espectador. Todos verán lo que veas tú.”
Me condujo tras el telón de fondo. Bajamos a lo que parecía ser un sótano, por escaleras de fierro en espiral. Recorrimos pasillos y aposentos (Braulio se movía pesadamente) hasta llegar a una especie de invernáculo de paredes cubiertas por espejos que reflejaban plantas… pero no había plantas por ningún lado. La luz que iluminaba el cubículo era, como antes, la luz del alma, la luz de mi espíritu receloso. Sin decir nada, Braulio empujó uno de los espejos, que giró para dejarlo pasar. Me quedé solo. El sonido minucioso de un gotear distante alternaba con los latidos de mi corazón. Aguardé un buen rato. Por curiosidad, empujé el mismo espejo que había dejado pasar a Braulio: no logré moverlo ni un centímetro. Las plantas que los espejos reflejaban eran helechos, diminutas palmeras y lianas muy tupidas. Además, la vegetación crecía junto con mi examen de aquellos espacios ilusorios. Pronto no hubo más que selva a mi alrededor. La luz se, filtraba entre las hojas y los tallos: una luz verde, africana… “Meandros de pesadilla”, se me ocurrió pensar. De un puntapié hice polvo el espejo que había frente a mí. La abertura me mostró la perspectiva desierta de una calle de Penumbria: la calle que me llevaría a la torre de Rudisbroeck. No había más que un paso del cubículo a la calle, de manera que lo di. La torre, a lo lejos, parecía el mástil postrero de un buque hundiéndose. Me encaminé hacia ella. Pasé frente a la tienda de Mefisto y me asomé al aparador. Nuevos objetos (nada particularmente insólito) reposaban en sus estuches abiertos. ¿Cómo es que las baratijas y los instrumentos caseros podían suplantar a las refinadas máquinas de tortura y primeras ediciones lujosísimas que había visto antes? No me detuve a considerarlo demasiado. Una cosa me urgía: visitar y examinar la torre de Rudisbroeck. Además, la promesa de Braulio me daba vueltas: “Lo verás con tus propios ojos.”
Apresuré la marcha. La vereda arenosa declinó en un camino empedrado: era, por fin, la senda que conducía a la puerta. Corrí. Atravesé un jardín lleno de túmulos. “¿El panteón familiar?” Brumas espesas. Charcos. Llegué al umbral. Cuando abrí la gran puerta de roble claveteado, una tela de araña me acarició la frente.

11
Me encontraba en un recinto circular de radio muy escaso y altitud aparentemente infinita, con una escalera de caracol enmedio que ofrecía las promesas, nada tentadoras, de una bruma henchida de telarañas: muy lejos, muy arriba. Me atreví a subir tres o cuatro peldaños, con ligereza. La escalera tembló. ¿Demasiado frágil? Tuve que subir con más cuidado. Aun así, no pude advertir a tiempo que faltaba un peldaño y casi me mato. Quedé un momento en suspenso, con una mano aferrada al barandal y el resto de mi cuerpo en el vacío. Una rata enorme pasó junto a mí como una flecha y se destripó millas abajo. No sé cuántas horas ascendí helado de pavor, ni cómo de pronto llegué a mi destino, pero supongo que lo hice “fatalmente”. Mi destino era aquello, cualquier cosa, que hubiera detrás de la tuerta cerrada que me salió al paso. La empujé. Cedió. Tinieblas. ¿Realmente? No: muy oscuro. Una luz. A la derecha. ¡Cuidado! He tropezado con algo, una mesa, y he roto algo, una botella, sin fijarme. Avanzo. La luz proviene de una hendidura. ¿Otra puerta? Sí. La empujo. Cede. Una luz deslumbrante. ¿De veras? No. Una luz mortecina, la de siempre. Son mis ojos los que, hipnotizados por la oscuridad de un momento antes, resienten cada rayo luminoso. Las cosas van aclarándose. “¿Dónde estoy?”

12
¡Oh..! La imagen que me había formado del laboratorio se veía disminuida, empobrecida por la realidad: un techo elevado, cónico, del cual pendía una gran lámpara eléctrica de potencia dudosa; un librero empotrado con algunos volúmenes; una especie de mesa de operaciones cubierta por una sábana blanca o una mortaja; suciedad y polvo; matraces rotos; un gran crisol; una chimenea enorme; retortas verdes; extraños tubos caracoleantes de vidrio; bobinas, alambres y botones en máquinas incomprensibles. Yo esperaba algo más. “¿Qué, por ejemplo?”, dijo una voz, extrañamente familiar. Volví la cabeza. Nadie. “Vamos, responde. ¿Qué esperabas?” La voz se parecía a la de Braulio, a la de Mefisto, a la de…
“¡Por supuesto!”, añadió. “Has adivinado.”
Yo me preguntaba mentalmente algo y la voz contestaba. Una voz que era como… ¿la esencia del eco? Una voz…
“Telepatía”, dijo la voz. “Tú piensas, yo escucho. Soy veterano en la materia, como recuerdas.”
“¡Rudisbroeck!”, grité. “¡Quiero verlo! ¡No me basta su voz!”
“Ah… eres insaciable. ¿Cuántas veces me has visto ya? ¿Cuántas veces has oído mi voz?”
No quise decir nada: esas palabras y ese tono me confundían.
“La primera vez que oíste mi voz fue en la tienda de antigüedades. ¿Recuerdas?”
“No puede ser. Mefisto…”
“Y no sólo Mefisto. ¿Quién te narró la leyenda, la leyenda inconclusa?”
“No. Aguarde. Un viejo…”
“El viejo soy yo.”
Del extremo izquierdo, hundido en tinieblas, brotó un hombre muy alto, de piel reseca y blanca, de ojos azules, de nariz aguileña, de pelo cano, de boca delgada y de pómulos hundidos. No sé por qué, me recordó a mi padre. Llevaba puesta una bata de médico, una bufanda y un monóculo.
Rudisbroeck.
“El viejo soy yo… en cierto sentido. Todo creador es, también, sus creaciones.”
“No es tiempo de bromas”, dije. “Puede guardarse sus bromas. Las bromas…”
“Basta. Querías verme y aquí estoy. ¿No quieres oír el final de la historia?”
Clavaba en mí su mirada azul. Decidí seguirle la corriente:
“Me prometió dos finales”, dije.
“Y los tendrás, muchacho. Uno narrado y otro vivido. ¿Cuál quieres primero?”
“No entiendo.”
“Mira. Estás en Penumbria por amor al misterio. Saldrás de Penumbria por odio al misterio.”
“Sigo sin entender.”
“Calla y escucha. Hemos convenido en algo. Tú me regalaste un reloj. Lo aprecio. Tú me pagaste unas copas. Lo aprecio. ¿Recuerdas que prometí narrarte el final de la historia a la mañana siguiente?”
“Recuerdo.”
“Pues bien. Hemos firmado un pacto, simbólicamente. Debemos, pues, llenar las condiciones del pacto. Mira…”
Sacó mi antiguo reloj del bolsillo de su bata.
“Son las siete de la noche. Ha pasado un día… según el horario de tu país. Tú sabes… aquí son siempre las cinco de la tarde.”
“Lo he notado, sí.”
“Bien. Lo estipulado dice que, en este instante, deberíamos hallarnos en la taberna, frente a dos copas de Zu.”
“Tiene razón. ¿Qué quiere que haga?”
“Oh, sólo beber un poco.”
“¿Beber? ¿Beber qué?”
Del mismo bolsillo, Rudisbroeck extrajo una botella de cristal llena de un líquido verde. La acercó a mis narices.
“¡Uf!”, exclamé. “Huele a podrido.”
“Esencia de tiburón de Poltarnees”, informó, sonriente. “Bebe un sorbo, no temas.”
“¿Esencia..?”
“O agua del olvido, del sueño. La utilizo en experimentos, para desplazar cuerpos sólidos a largas distancias… Bebe. Yo beberé después.”
Obedecí. Me asaltaron náuseas; la imagen de Rudisbroeck se desvaneció en pocos segundos; me hundí en un sueño espeso como el fango…

13
¡Qué distinto es el sueño de todos los días al negro sopor que inducen los narcóticos! La sustancia verdosa que Rudisbroeck me hizo beber provocó en mí efectos similares a los que, según los entendidos, provoca el opio: ante mis ojos desfilaron interminables hileras de columnas basálticas, grandes extensiones de agua, remolinos de caras, jardines de metal, hombres de humo, laberintos de carne, pájaros blancos y negros… imágenes sincopadas, imprecisas, que se tornasolaban, alargaban, cambiaban…

14
Desperté, muy mareado, en la misma mesa remota de La mansión del Zu, con el viejo narrador de leyendas frente a mí. Tardé un poco en espabilarme. Apenas lo hice, me incorporé y, fulminando al viejo con la mirada, le dije:
“¿No va a narrar de una buena vez el final de su maldita historia?”
El viejo dejó de sonreír.
“Un trato es un trato”, dijo. “¿En dónde nos quedamos?”
“Oh… cuando Rudisbroeck y la réplica de Glinda se encaminan al colegio. Ella pregunta: ‘¿Cómo me veo’ y él responde: ‘Tan bien como Glinda’, y reanudan la marcha.”
“Reanudan la marcha y llegan ante la puerta del colegio. Sí. Rudisbroeck golpea la puerta. Son tres golpes muy fuertes. Glinda no responde. Rudisbroeck…”
“Aguarde. Va muy rápido. No ha descrito la tarde, los muros del colegio, la tensión.”
“Una tarde… pesada. Es casi de noche. ¿Los muros del colegio? Roñosos, húmedos. Verdosidades. Podredumbre. Orín de murciélagos en el aire…”
“¿Y el espíritu de Rudisbroeck?”
“Tenso como un lince que vigila a su presa.”
“Continúe.”
“Glinda, su amada Glinda, no acude ni responde a sus llamados. Comienza a impacientarse. Aparece la luna, entre un desgarrón de nubes…”
“Caen gotas de lluvia.”
“Sí. Caen gotas de lluvia de repente, que lo obligan a arrebujarse dentro de su gabán. Tiene frío. Se siente desvalido. Mira a Glinda II con incertidumbre. Glinda II lo abraza y pregunta: ‘¿No quieres que yo la busque?’ Rudisbroeck accede: no hay más remedio. Glinda II entra en el colegio.”
“¿Cómo? ¿Forzando la cerradura?”
“No hay necesidad. La puerta ha estado abierta todo el tiempo. Recuerda: es una puerta que las monjas no conocen.”
“Por supuesto.”
“Rudisbroeck espera cinco, diez minutos, media hora… y nada; Cae la noche. La lluvia se convierte en aguacero, y el aguacero en diluvio. Relámpagos violetas estremecen el cielo. Los muros del colegio se iluminan de pronto y vuelven a hundirse en la noche. Rudisbroeck decide guarecerse en el colegio. Empuja la puerta. Un bulto pesado le cae encima.”
“¿Glinda?”
“Eres tú quien se apresura. Un relámpago, esta vez amarillo, le permite identificar al bulto. Es, en efecto, Glinda.”
“¿Cuál de las dos?”
“La original: Glinda de carne y hueso.”
“No comprendo.”
“Su amada Glinda tiene un cuchillo clavado en la espalda. Su amada Glinda ha sido acuchillada. Está muerta.”
“¡Dios! ¿Y quiénes son los asesinos?”
“Femenino del singular, por favor. Glinda II, que aparece entonces con las manos manchadas de sangre, se confiesa culpable, cierra los ojos y declara, llorando, su amor a Rudisbroeck. Luego… cuéntame el resto.”
“Bueno… supongo que Rudisbroeck, en un súbito arranque de furia, reduce a un montón de fierros y de poleas a su fatal muñeca…”
“Oh, no. Eso implicaría un final lleno de moralejas, una suerte de fábula… No. La reacción de Rudisbroeck es distinta. Es comprensiva. Triste y solemne, pero comprensiva. Mientras la lluvia acribilla el rostro de su antigua amada, que ahora yace en el fango; mientras un torrente de sangre brota de la espalda de la hermosa Glinda I y se mezcla con el agua mugrienta en el quicio de la puerta, Rudisbroeck se aleja con un brazo alrededor de los hombros de Glinda II y, dominándose, la consuela, le promete un amor incorruptible…”
“Qué final tan espantoso. Me defrauda…”
“Todavía no llegamos al final. Amanece. Las cosas son visibles ahora, el crimen es visible para las monjas, para la ciudad, para el rey de Penumbria y, sobre todo, para el hada oscura, madre de Glinda, cuyo nombre no ha resistido al paso del tiempo…”
“Eso es absurdo siendo, como es, un personaje clave.”
“Tienes razón. Pero escucha… El hada oscura, enferma de pena y de venganza, interroga a su espejo mágico…”
“¿Dónde vive este singular personaje?”
“En el palacio del rey, muy cerca del colegio religioso. Es… era una construcción gótica bastante notable, de la que ya no queda nada. Ocurrió hace tanto tiempo…”
“Claro. Prosiga.”
“La madre de Glinda interroga a su espejo mágico, un espejo redondo con marco dorado y diseños vegetales. El espejo responde con imágenes. Las mismas, cruentas imágenes que te he narrado; la llegada, la espera, la lluvia, el bulto, la identificación del bulto, el cuchillo clavado en la espalda, la confesión, la declaración de amor… Todo.”
“¿Y luego?”
“Trama su venganza. Pero no la reduce a Rudisbroek y al sosías de Glinda: en su desesperación, extiende su dolor por toda Penumbria, para siempre.”
“¿Cómo?”
“Fabricando un monumento simbólico: una tarde perpetua. Para eternizar aquel crimen, elige la hora ambigua que lo precedió, una hora en sombras que en Penumbria anuncia la llegada de la noche: las cinco de la tarde… y dilata, valiéndose de sus poderes, esa hora para siempre. ¿Qué mejor venganza, la de suprimir las mañanas prometiendo eternamente una noche que nunca llega?”
Miré al viejo. Estaba cansado. Pedí unas copas de Zu. El mesero, un joven de aspecto hindú, puso las copas en la mesa. Le deslicé tres grammas (moneda de Penumbria) en la mano. Luego alcé mi copa, invitando al viejo a brindar. Lo hicimos.
“¿Por quién?”, pregunté.
“Por ti. Por un feliz regreso a casa.”
Dudé antes de beber el sorbo, Me pareció un brindis trivial. Hubo un silencio incómodo. Me apresuré a calificar:
“Una bella historia. Muy hermosa, de veras. Gracias.”
“No hay porqué darlas. Pero la historia es falsa. Todos la creen verdadera, pero es falsa. La verdadera historia es otra.”
“¿Cómo?”
“Sí. Glinda nunca ha existido, ni tampoco el rey, ni el hada oscura. Sólo Rudisbroeck es real. Y Penumbria.”
“Pero… ¿de dónde proviene entonces el nombre de la ciudad?”
“Penumbria siempre ha sido Penumbria. Creí que ya lo sabías.”
“No. Yo pensé que la historia era simplemente una justificación del nombre de la ciudad…”
“Y así lo es. Por mágica que sea, la historia nos tranquiliza a todos.”
“Entonces, ¿cuál es la verdadera historia?”
“Ve a la torre de Rudisbroeck y convéncete por ti mismo.”
Enarqué las cejas. Ir de nuevo a la torre de Rudisbroeck, sin “esencia de tiburón” de por medio, era una idea fatigosa. Además, no podía saber si lo que encontraría allí sería agradable, con tantos hechos confusos. La verdad es que temía sinceramente volver a la torre de Rudisbroeck, y así se lo hice saber al viejo.
“No puedes negarte ahora. Si has comenzado algo, termínalo de una vez. ¿Tienes miedo de saber la verdad?”
Eso era un reto. Me levanté con decisión y extendí la mano:
“Ha sido un gusto conocerlo. Tal vez no volvamos a vernos. .”
“Tal vez. Hasta pronto.”
Extendió su mano y estrechó la mía. En la puerta, volví la cabeza y dije:
“Adiós.”
“Hasta pronto”, insistió el viejo, clavando en mí su mirada azul.


© Emiliano González, 1978.

G

Tu superpoder.

MAGG MYRANDA

Yo tampoco me lo esperaba, sinceramente. 
Creí que esto ya había terminado. Qué satisfacción.
Entonces regresas y te burlas de mi estabilidad. Tú mandas.
Aguardo. Tal vez lo hice bien. Tal vez ahora sea diferente. Aguardo. 
¿Ya te vas? ¿Por qué no me respondes?
Wow. Eres increíble. No lo puedo creer, ganaste otra vez. No lo puedo creer. Después de seis años, aún de vez en cuando, me haces sentir miserable. 
Yo pensé.   
No pensé.   
Ahora sí: no importa todo lo que crezca como persona. Nunca. Jamás seré suficiente para ti.